El socialismo es irrevocable en Cuba. Al menos, eso afirma la
modificación constitucional aprobada por la Asamblea Nacional en La
Habana a fines de junio. A principios de mes, el gobierno había lanzado
una campaña de movilizaciones prácticamente sin igual en los últimos 43
años. Lo primero que hizo fue convocar manifestaciones gigantescas a lo
largo y ancho de la isla en favor de la reforma constitucional. Luego
siguió una ofensiva para recoger firmas de apoyo a la iniciativa: se
abrieron 129.523 puntos de acceso para firmar y casi la totalidad de los
electores (98,97%) la suscribieron. Por último, la Asamblea Nacional
discutió la propuesta durante tres días –declarados festivos para que
el pueblo siguiera de cerca las sesiones trasmitidas en directo– y la
aprobó unánimemente. ¿Qué duda podría caber acerca de cuál es la
voluntad popular?
Bush, Carter y el Proyecto Varela
El discurso del presidente George W. Bush, el 20 de mayo pasado, fue,
supuestamente, el acicate de este despliegue. Cierto es que Bush había
exigido a La Habana elecciones libres y que el suyo no era un discurso
cualquiera, ya que se pronunció en Miami, coincidiendo con el centenario
de la República de Cuba. Lo sorprendente, sin embargo, no fueron las
exigencias planteadas, habituales en la retórica de Washington, sino que
éstas se hicieran en el marco de la Constitución cubana. Bush se
refirió a las elecciones para la Asamblea Nacional a principios del año
2003 y dijo que si éstas eran realmente libres, EEUU estaría dispuesto
al diálogo. Nunca antes Washington había reconocido que el actual
sistema político cubano podría ser un punto de partida para los cambios.
Por lo demás, no hubo el endurecimiento esperado por sectores del Miami
cubano. Por su parte, el Comandante respondió dejando caer la posibilidad
de cerrar la Sección de Intereses de EEUU en La Habana y de abrir las
costas cubanas a la emigración.
El blanco estadounidense de las movilizaciones cubanas fue el ex
presidente Jimmy Carter y no Bush, aunque el nombre del primero no
apareciera en ninguna pancarta. Del 12 al 17 de mayo, Carter había
viajado a Cuba con un doble propósito: abogar por la mejora de las
relaciones EEUU-Cuba y proclamar los valores de la democracia. Y así fue.
Por una parte, el ex mandatario declaró que el primer paso para aliviar
el "estado de beligerancia" entre los dos países lo debería
dar Estados Unidos por ser la nación más poderosa, al mismo tiempo que
afirmó que las restricciones del embargo "no son la causa de los
problemas económicos de Cuba". Su defensa de la democracia fue clara
y puntual, sugiriendo, incluso, que ésta pudiera ser garante de la
soberanía nacional: "Cuando los cubanos ejerzan este derecho para
pacíficamente cambiar sus leyes mediante un voto directo, el mundo verá
cómo son los cubanos y no los extranjeros quienes decidirán el futuro de
este país".
En su discurso, Carter hizo mención al Proyecto Varela y a los incisos
constitucionales que avalan el derecho ciudadano a proponer cambios en el
orden jurídico por medio de una petición (mínimo de 10.000 firmas).
Ésta debe ser elevada a la Asamblea Nacional, que es la que tiene la
facultad constitucional de decidir si procede una consulta popular al
respecto. Unos días antes de la llegada de Carter, Oswaldo Payá
Sardiñas y otros varelistas le habían entregado a la Asamblea una
petición suscrita por más de 11.000 personas centrada en cinco puntos:
1) plenas garantías a la libertad de expresión; 2) total libertad de
asociación; 3) amnistía para los presos políticos; 4) derecho de los
cubanos a formar empresas y 5) una nueva ley electoral. Hasta el momento,
la Asamblea ha pasado por alto la solicitud de referéndum sobre todos
ellos.
El Proyecto Varela fue, sin duda, un factor determinante para las
exaltadas movilizaciones y la precipitada reforma de la Constitución. En
cierto modo, la oposición puede sentirse satisfecha de haber forzado al
gobierno a reaccionar en extremo. Una respuesta menos estrepitosa hubiera
sido que la Asamblea considerara el proyecto y dictaminara que no
procedía un referéndum. Tanto afán en rebatir a 11.000 ciudadanos y el
empeño casi unánime de la ciudadanía no hicieron más que agudizar el
escepticismo lógico sobre la voluntad popular en Cuba. ¿Es verosímil
que una comunidad humana esté de acuerdo en un 98,97 por ciento? El
propósito de la maniobra no era demostrar la existencia de un amplio
consenso. Lo principal era dejar bien claro a todos –a los reformistas
en el gobierno, a la oposición activa y latente, a los cubanos de a pie,
al mundo– lo que ya se sabe: la máxima dirigencia no tiene voluntad
alguna de cambio.
El inmovilismo oficial
Al igual que las exigencias electorales estadounidenses, la renuencia
cubana en estos temas no es nada nuevo. Lo novedoso es la encrucijada en
que se encuentra La Habana. Una mirada retrospectiva puede confirmar la
sospecha de que con la pantomima reciente concluyó el ciclo iniciado a
principios de los años noventa. Entonces eran muchos los que, en Cuba y
en el extranjero, pensaban en un ocaso inminente del régimen, o al menos
que éste implementaría reformas profundas. Pero no sucedió así. La
Habana sobrevivió sin mayores concesiones: las reformas económicas
fueron modestas y no hubo revisiones políticas de sustancia. La máxima
dirigencia abandonó las propuestas de mayor trascendencia –la
legalización de las PYME, la separación de funciones con el nombramiento
de diferentes titulares en la presidencia y la secretaría general del
Partido Comunista, así como la creación del cargo de primer ministro, la
integración de algunos opositores a la Asamblea Nacional y el cambio de
nombre del Partido al de Partido de la Nación Cubana– y la elite se
alineó verticalmente con esta postura.
A mediados de la década, La Habana había logrado una suerte de
reconstitución. El reforzamiento del embargo mediante las leyes
Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996) permitía al gobierno seguir
jugando el rol de David contra Goliat, a la par que la comunidad
internacional se preguntaba por qué Estados Unidos no cambiaba de
política. Las reformas coadyuvaron a una recuperación económica
moderada, aunque éstas fueron frenadas en 1995. Excepto por la crisis de
los balseros en 1994 y el motín en el malecón habanero en 1995, la
ciudadanía aparentaba calma. Las demandas políticas sobre los ciudadanos
de a pie no eran tan exigentes como antes y las movilizaciones, menos
frecuentes. Aunque crecía y se extendía, la oposición activa era aún
modesta. Mientras la población se mantuviera políticamente pasiva y la
oposición fuera limitada, el régimen no tenía que temer por su
estabilidad. Por su parte, la dirigencia redobló su atención al Partido
Comunista: una elite cohesionada había logrado ser fundamental en el
desafío a los pronósticos de principios de los años noventa y seguía
siendo clave para retener el poder. La reconstitución lograda, sin
embargo, se basaba en un delicado equilibrio de factores nacionales e
internacionales.
Fue entonces cuando Elián González llegó a las costas de Florida y la
campaña desatada para lograr su retorno a Cuba introdujo nuevos factores
a tener en cuenta. La reunificación del niño con su padre tuvo cierta
resonancia popular y, al menos al principio, las movilizaciones expresaron
sentimientos genuinos en ese sentido. Elián, sin embargo, fue convertido
rápidamente en una plataforma política contra la "mafia" de
Miami y la dirigencia no se demoró mucho en anunciar un nuevo giro bajo
el manto de la "Gran Batalla de Ideas". Desde entonces, noche
tras noche, la televisión trasmite mesas redondas informativas sobre
temas considerados candentes. Todos los sábados se celebra, en algún
pueblo o ciudad de la Isla, una llamada Tribuna Abierta de la Revolución.
Se han creado Unidades de Vigilancia Revolucionaria y Comisiones de
Fidelidad. El llamado "Juramento de Baraguá" –que alude a la
rebeldía del General Antonio Maceo ante el acuerdo que puso fin al
fallido esfuerzo independentista de la Guerra de los Diez Años
(1868-1878)– circuló en fábricas y barrios, escuelas y oficinas,
comprometiendo a los firmantes a defender el honor de la Patria hasta sus
últimas consecuencias. El régimen alteró el acuerdo tácito alcanzado
con la población en la década de los noventa, que suponía una especie
de tregua en la convocatoria de manifestaciones populares de apoyo a la
dirigencia. Desde el estallido del caso Elián, se le ha exigido a la
sociedad una performance casi constante. Lo de la irrevocabilidad
del socialismo sólo fue un paso más.
Sin embargo, incluso antes de esta última campaña, el equilibrio
alcanzado en la década pasada ya empezaba a tambalearse. La visita de
Carter contribuyó, sin duda, a reforzar esta tendencia y a que el mundo
se preguntara con mayor insistencia por qué Cuba no cambia. Después del
11-S, la economía cubana ha retrocedido, como bien indican las bajas del
turismo y las remesas, la incertidumbre en el suministro de petróleo y el
cierre de casi la mitad de los centrales azucareros. Mientras tanto, el
Congreso estadounidense parece acercarse a un levantamiento de las
restricciones a los viajes y al acceso a créditos a Cuba para la compra
de alimentos en EEUU. Una moderación del embargo le restaría fuerza al
síndrome de David y Goliat.
Una encrucijada de tres caminos
La Habana se encuentra ante una triple encrucijada. La primera sería
seguir con las pautas de la "Gran Batalla de Ideas", pero
reduciendo la intensidad de la reciente campaña. Sin embargo, este camino
posiblemente esté llegando a su fin. Desde el regreso de Elián, el tren
de las movilizaciones no rueda con el mismo impulso: su marcha depende
ahora de los "Cinco Héroes Cubanos Prisioneros del Imperio"–condenados
por espionaje en EEUU hace 18 meses– y su causa no resuena en los
hogares cubanos como inicialmente lo hizo la de Elián. En lo económico
se mantendría el statu quo, es decir, no se emprenderían reformas
adicionales. Pero el problema es que la economía está de nuevo
francamente enferma y las reformas ya aplicadas dieron todo lo que podían
dar. Por lo contrario, si se consiguiera parar el descenso económico aun
sin medidas adicionales, el mantenimiento de un modelo light de
movilizaciones sería más viable.
Aunque arriesgado, el segundo camino pasa por lanzar una nueva oleada de
frenéticas movilizaciones. La dirigencia gobierna como si el teatro de
los últimos años fuera la realidad y no una simple y gran pantomima.
Como la ciudadanía ha participado hasta ahora del espectáculo sin
mayores contratiempos, no hay razón para desechar el teatro. Pero la
resistencia popular no es ilimitada. El aumento en la intensidad de las
movilizaciones bien pudiera convertirse en un bumerán si se exigiera al
pueblo ir más allá de un límite, aún no fijado y que, posiblemente, no
sea fácil de establecer por la elite reinante. Si se prosigue en esa
dirección, también pudiera producirse una nueva espiral de
enfrentamientos con EEUU, con sabe Dios qué resultados. Aunque las
amenazas de junio, de cerrar la Sección de Intereses y abrir las costas
cubanas, fueron rápidamente disipadas por el propio gobierno cubano, no
se puede descartar el atractivo de un escenario numantino en el laberinto
mental del Comandante. A Castro le resulta más fácil imaginar una
conclusión heroica que asumir las consecuencias de unas reformas
profundas y verdaderas. Por suerte, el Ejército probablemente sea un muro
de contención ante esos delirios.
La tercera senda sería la de una reestructuración económica auténtica,
tipo China o Vietnam, lo cual implicaría reducir las movilizaciones,
bajar el volumen propagandístico y colocar la economía en el centro de
la política. Se empezaría por desempolvar las propuestas para
profundizar las reformas económicas abandonadas a mediados de los años
noventa. Esta situación requeriría, eventualmente, una emulación de las
proclamas de János Kádár en Hungría después de 1956 (Let’s eat
sausage!) y de Deng Xiaoping en China (¡A enriquecerse!). Sin
embargo, para la máxima dirigencia cubana sería como un anatema convocar
a la población bajo la consigna de "pan con lechón" para
todos: sería un deshonor a la dignidad de la Patria. Si bien esta
alternativa es la más sensata, es la menos probable a corto plazo.
El verano de 2002
La temporada que acaba de concluir debió haber sido de preparación
para el próximo congreso del Partido Comunista, inicialmente previsto
para octubre. Se esperaba que entonces se aprobaran medidas económicas
claves, especialmente en relación a las PYME. Pero, hasta ahora, no se ha
fijado fecha para la reunión, ni se han hecho públicos los documentos
preparatorios de la misma. Incluso no hay certeza de que éstos se hayan
redactado. Tras las sesiones extraordinarias celebradas para reforma
constitucional, la Asamblea suspendió su reunión ordinaria del 5 de
julio, aunque sí se anunció la apertura del ciclo electoral al que
hiciera referencia Bush. Si nos dejamos llevar por los temas que aparecen
en los medios de comunicación, los "cinco prisioneros del imperio"
son un tema nacional más urgente que el atolladero en que se encuentra el
país. A puertas cerradas, sin embargo, es de suponer que la dirigencia
esté enfrascada en una dura discusión en torno a cuestiones algo más
importantes.
Así lo sugiere la noticia veraniega más contundente dada a principios de
agosto: tres años después de su destitución, el ex canciller Roberto
Robaina fue expulsado del Partido. En un vídeo difundido a los militantes
comunistas, el general Raúl Castro lo acusó de deslealtad al Comandante,
corrupción y autopromoción como candidato de la transición. Respecto al
último cargo, hizo referencia a una conversación grabada a fines de 1998
entre Robaina y el ex ministro español de Relaciones Exteriores Abel
Matutes, donde éste decía que el entonces canciller era su candidato. El
general Castro igualmente sacó a relucir al también defenestrado Carlos
Aldana, secretario ideológico del Partido hasta 1992, quien fuera acusado
de querer ser el Gorbachov de Cuba. Cuando estaba en la cima del poder, a
Robaina se le atribuían visos reformistas y posiblemente –¿por qué
no?– contemplara ambiciones políticas mayores. Aldana, por su parte,
fue uno de los principales impulsores de una mayor apertura a principios
de los años noventa.
Si no es porque la realidad ha obligado a la dirigencia a retomar la
discusión marginada a mediados de la década ¿qué sentido tiene haber
desempolvado a Robaina y a Aldana? Lo ideal para el sector de los duros
sería volver a la "Gran Batalla de Ideas" light y lograr
una modesta recuperación sin tener que pasar por impulsar una
reestructuración. La reconstitución fue una especie de gatopardismo
caribeño que les permitió "cambiar" algo para que todo
siguiera (casi) igual. ¿Podrán repetir el malabarismo? Es posible, pero
no parece probable.
Se dice que hace una década, Raúl Castro y otros generales fueron a ver
al Comandante y le preguntaron si estaba dispuesto a dar la orden de
desplegar el Ejército por las calles cubanas. Y le dijeron que si no se
tomaban las medidas propuestas, ése era un escenario casi inevitable.
Aunque disgustadísimo, aceptó –a medias. Ahora toca la otra mitad.
¿Le pedirán otra cita los generales? Quizás hoy la situación sea más
crítica y no sólo por el agotamiento nacional y la creciente impaciencia
internacional. Si bien todavía sin fecha fija, el tema de la sucesión
está hoy más cerca que antes y la elite tiene que considerar no sólo
sus intereses actuales sino también los de después del velatorio. De
continuar el inmovilismo, éste podría afectar a su propio futuro. Al
mismo tiempo, a los que se pasen de la raya, bien les pudiera aguardar
hacer compañía a Robaina y Aldana. ¿Podría peligrar la cohesión de la
elite? Si así fuera, sería la primera vez en 43 años.
También hay que tener en cuenta el tema de la población. Si bien es
cierto que ésta prioriza sus acuciantes problemas económicos sobre otras
cuestiones, el tema de fondo no es sólo la economía. Está en juego,
igualmente, la existencia de una sociedad abierta y libre, en fin, de una
democracia, ya que sólo ella nos permitirá saber cuál es la voluntad
popular. El inmovilismo continuado o -peor todavía- el escenario de los
delirios, pudiera provocar la revuelta popular que hasta ahora se ha
evitado, poniendo en peligro mortal lo que es deseable para todos en la
isla y en el extranjero: la transición pacífica a una Cuba nueva. ¿Será
capaz la elite cubana de hacer lo que tiene que hacer – incluso en vida
del Comandante – para impedir ese escenario desastroso? Si así fuera,
sería, igualmente, una novedad.
Marifeli Pérez-Stable
Universidad Internacional de la Florida
Cuba hoy, una visión socialdemócrata
Primera parte: los retos
Manuel Cuesta Morúa
Secretario General
Corriente Socialista Democrática Cubana
.
www.corriente.org
Introducción por Dirk Van den Broeck economista,
miembro activo del partido SP.a (partido socialdemócrata en Flandes -
Bélgica).
En abril 2000 en Bruselas conocí al dirigente
socialista, el afrocubano e historiador Manuel Cuesta Morúa,
actualmente de 39 años, a un tiro de piedra de los locales de los
partidos sociademócratas flamencos y francófonos de Bélgica. Pero en
aquella época esas puertas todavía no se abrían para el.
El régimen castrista le había vendido a Manuel
Cuesta una visa de salida muy cara (cosa excepcional en Cuba), lo que le
permitió visitar Europa a cuenta del partido socialista italiano (PSD).
Habló delante de una comisión del parlamento italiano, asistió a una
reunión de la Internacional Socialista (I.S.), tuvo contactos con altos
funcionarios italianos, suecos, españoles, franceses, y fue
entrevistado por varios diarios (entre ellos De Morgen). Sin
embargo, la I.S. mantenía a distancia a los opositores socialistas
cubanos. Muchos partidos socialistas y sindicatos sostienen contactos
exclusivos y cordiales con los comunistas cubanos, y pasan por alto
ampliamente a su organización hermana en Cuba. Delegaciones van y
vuelven, sucumbiendo generalmente al ambiente nostálgico y a las
conversaciones ( muy bien ingeniadas y traducidas) con cubanos
encantadores que se deshacen en elogios del régimen .
Pero como lo dice Cuesta mas adelante: "Obligados
a vivir y a expresarnos a través de instituciones que monopolizan y
totalizan públicamente la vida social, los cubanos generalmente
fingimos nuestras lealtades. Esto no debe perderse de vista en los
análisis sobre Cuba".
Mientras tanto, Cuba se encuentra en una espiral
descendente. La economía cubana vive su peor crisis desde la caída de
su antiguo asistente social, la URSS. La dualizacion de la sociedad es
dramática, la inflación desvalora los salarios, 100.000 trabajadores
pierden de golpe su empleo en el sector cañero, el país pierde su
solvencia por su deuda externa muy alta. En vez de iniciar una apertura
democrática, hace un año el septuagenario Castro (76 años) nombró a
su hermano, de 71 años de edad, como heredero de su trono. Y en julio
pasado hizo declarar al régimen comunista como constitucionalmente
irrevocable ad eternam: una primacía mundial, en el momento que el
régimen vive sus postrimerías.
La oposición interna se va estructurando cada día
mas fuerte, los números de sus miembros van creciendo. Los socialistas
cubanos en este sentido se sitúan en la primera fila. Para la
Internacional Socialista quedó cada vez mas injustificable quedarse
atrás de las otras internacionales, y no reconocer oficialmente ni
apoyar efectivamente a su partido hermano en Cuba.
Un cambio clave se dio el 20 de julio pasado. En
presencia del representante en el exilio de los socialistas de la Isla,
el consejo de los partidos socialistas/socialdemócrata latinoamericanos
en Caracas decidió, unánimemente y bajo aplausos, hacer su próxima
reunión en el 2003 en La Habana.
Para Castro eso va ser una nuez difícil de cascar.
Es probable que esta decisión anuncie el fin de un flirteo que duro
décadas con un régimen autoritario e ineficiente. Parece acercarse el
momento del reconocimiento oficial por parte de la I.S., y del apoyo que
eso conlleva, el cual los socialistas cubanos han anhelado tanto tiempo.
Este reconocimiento resulta tardío, aunque quizás no demasiado. Ya
este régimen, tan extremamente personalizado, no sobrevivirá mucho
tiempo la desaparición del máximo líder.
Ya se inició la carrera hacia la transición. La
pregunta pues no es si se realizara la transición, sino quienes en ese
proceso van a marcar la pauta. El que llega tarde a la vida, será
sancionado por ella....
Esta primera contribución de Manuel Cuesta Morúa
esboza la realidad cubana.
En la segunda parte que aparecerá en el numero de
octubre de "Samenleving en politiek", Manuel Cuesta
tratara del proyecto social, económico, político y cultural de la
Corriente Socialista, que persigue una democratización ‘positiva’
de Cuba, sin perjudicar a las realizaciones sociales del último
período.
Dirk Van den Broeck
dirk.vandenbroeck@pandora.be
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Cuba hoy, una visión socialdemócrata
Primera parte: los retos
Un socialdemócrata en Cuba, que escriba para un
público europeo, tiene que enfrentar cuando menos seis retos conexos.
El primero tiene que ver con los mitos: Cuba sigue
teniendo su encanto político en medio del tercer mundo: la combinación
entre justicia social y antiimperialismo brinda un paisaje que se
debe conservar como demostración de que otra vía es posible.
El segundo reto se vincula al primero. La crítica en
Cuba se considera la contrarrevolución en marcha de aquellos que
están únicamente interesados en un regreso al pasado histórico y
político del país.
El tercer reto nace del segundo. Todo crítico en Cuba
es sospechoso de coincidir con esas posiciones norteamericanas que no
toleran la pérdida de una muy cercana zona de influencia. Según esta
visión, los opositores en Cuba son, en principio, pronorteamericanos.
Del tercero al cuarto reto. Si se entiende que la
crítica de la Revolución Cubana tiene una inclinación natural
hacia los Estados Unidos, ésta no debe ser socialdemócrata. Todo el que
se sitúa en la tradición de la socialdemocracia mantiene una sana
distancia con Norteamérica, lo que no parece verdad en el caso de la
izquierda socialdemócrata cubana.
De donde el quinto reto. Un socialdemócrata cubano
debe ser un invento rosa de los Estados Unidos con fines política
y socialmente retrógrados.
Sexto reto finalmente. Parece mejor una socialdemocratización
de la sociedad cubana vía el partido comunista (PCC) que a través de
la socialdemocracia.
Nuestra posición como socialdemócratas es incómoda.
Se nos mira con sospecha desde tres centros de poder: el PCC, los Estados
Unidos y algunos partidos socialdemócratas.
Pese a todo, tenemos una visión que combina tres
sensibilidades: por la justicia social, por la democracia y por la
soberanía nacional.
Una
realidad sin futuro
La Cuba de hoy no está respondiendo coherentemente a
estas sensibilidades. Los múltiples déficits sociales y políticos de mi
país –la comparación con el resto de América Latina me parece más
una compensación sicológica que demostrativa– no deben ser ignorados
por ningún socialdemócrata.
Contamos con un sistema de educación y un sistema de
salud gratuitos y universales. Las dificultades en estos ámbitos
comienzan a partir de aquí.
En casi todos los niveles, la educación no es de buena
calidad: no existe una adecuada correspondencia entre la instrucción y
las bases culturales de una enseñanza moderna: al estudiante no se le
enseñan las actitudes para pensar, analizar y actuar de manera autónoma
y crítica, tal y como sería necesario para la formación de una
personalidad tolerante y democrática. Por otro lado, la combinación
entre el estudio y el trabajo agrícola, por el que los estudiantes
participan como unos trabajadores más en la cadena productiva del país,
limita el tiempo de aprendizaje, lo que deteriora la capacidad y los
niveles de conocimiento, y conlleva la explotación del trabajo
adolescente.
Exceptuando las técnicas, el resto de las
especialidades continúa bajo una pedagogía que partidiza e ideologiza la
enseñanza y limita las fronteras de lo que se puede saber y comunicar y
de quiénes pueden saber lo comunicable. Ello establece diferencias en las
posibilidades de acceso al conocimiento - lo que no solamente afecta a la
enseñanza -. ¿Un ejemplo visible?: el de los periodistas. Un comunicador
social en Cuba tiene que ser comunista por definición o por identidad. No
hay acceso a internet sino vía la empresa u otra colectividad, y solo
para unos pocos autorizados.
La estructura de esta enseñanza no es, por otra parte,
democrática: los padres no pueden escoger el tipo de educación que dar a
sus hijos, los estudiantes no tienen opciones para determinar qué y cómo
quieren aprender y los maestros y profesores no cuentan con la libertad de
cátedra que facilite un sistema de enseñanza más abierto y flexible.
Todo ello dentro de un sistema excesivamente centralizado que no da
autonomía a las comunidades y poderes locales.
Vemos muchos estudiantes que dejan sus estudios,
jóvenes que se prostituyen, profesionales que emigran o abandonan sus
profesiones; rompiendo, estos últimos, la costosa cadena de conocimiento
acumulado, primordial para el desarrollo sostenible del país.
Muchos padres, que desconfían de la enseñanza
pública, pagan profesores para que les den clases privadas a sus hijos
sobre diversas materias: matemáticas, física, química e idioma inglés.
De hecho, en el caso de la enseñanza del inglés, el Estado otorga
licencias para que los profesores puedan impartir clases y cobrar por
ellas. Esto es un embrión de enseñanza privada a la que acuden
masivamente aquellos que pueden pagarla. Y se manifiesta en todos los
niveles de educación: desde la primaria a la enseñanza universitaria.
Estos datos expresan una mercantilización acelerada que ciertamente
divide a la enseñanza entre los "have" y los "have
not". ¿Quiénes son los profesores de este embrionario sistema de
enseñanza privado? Generalmente los mismos que imparten clases en el
sistema público de educación. En semejantes circunstancias, donde no hay
una reglamentación específica que regule este naciente sistema, se
mezclan también los mecanismos de sobornos que personalizan la enseñanza
en dependencia del poder adquisitivo de los padres y estudiantes.
El acceso gratuito a la salud es, por otra lado, un
hecho de los más importantes. En este campo, los cubanos hemos desplegado
una labor y una capacidad distinguibles. Ello apuntala el mito de la
revolución y permite al gobierno ofrecer solidaridades externas que son y
deben ser altamente valoradas.
Puertas adentro el sistema de salud se debilita. No por
la calidad de los médicos, sino por la calidad de la infraestructura y de
los servicios. Lo que provoca un tipo de respuesta: la mercantilización
de los servicios de punta en la salud: desde el Estado y desde la
sociedad. El Estado ofrece clínicas exclusivas y medicinas en dólares,
fundamentalmente para extranjeros. La sociedad privatiza el sector
público de la salud garantizando los mejores servicios para aquellos que
puedan comprarlos: en especie o en dinero.
En este sentido se toma un rumbo paradójicamente
peligroso: un Estado que rechaza doctrinalmente la economía de mercado
está produciendo una sociedad de mercado donde las prestaciones
sociales entran a formar parte del juego de oferta y demanda mercantil–en
dos ámbitos sociales por excelencia.
La fractura de la justicia social es una realidad que
no se percibe fácilmente por falta de debate mediático; una fractura que
cala hondo en las estructuras sociales.
Una sociedad de privilegios burocráticos es sustituida
por una sociedad de privilegiados por las divisas. Lo que determina la
participación en el reparto de las riquezas no es más el criterio de
justicia distributiva sino el acceso al dólar.
Si no fuera por las prestaciones sociales, Cuba
estuviera latinoamericanizada. Hay sin embargo una diferencia de concepto,
respecto a América Latina.
En Cuba, un Estado socialista legal, es el trabajador
el único que teóricamente suministra los recursos y posibilidades
distributivas, directamente desde la creación de riquezas. Pero si
aceptamos eso, el estado no tendría un papel en la oferta de justicia
social.
Entonces, dos cuestiones fundamentales se ponen:
Primera cuestión: si el Estado cubano mantiene la
ficción de una sociedad de justicia social - dice buscar la justicia a
través de una política que trata de solucionar las muchas necesidades
imperiosas e insatisfechas de la sociedad cubana actual - ¿por qué la
sociedad se hace cada vez más desigual? O bien el Estado está quebrando
su propia concepción o bien sus respuestas son inadecuadas para las
nuevas condiciones. Cabría preguntarse si en Cuba estamos frente a un
gobierno comunista o frente a los comunistas en el gobierno.
Segunda cuestión: la dinámica de las prestaciones
sociales es doblemente marginal respecto a la dinámica de la sociedad
de mercado que se nos impone. Y es doblemente marginal porque
satisface únicamente a sectores que no logran insertarse en esta sociedad
de mercado, de una dinámica insospechada, y porque no garantiza,
adecuadamente, sus necesidades más perentorias: la alimentación, el
vestido y la vivienda.
Esta contradicción está siendo peligrosa en el
presente y es más peligrosa para el futuro de nuestros ideales: por
razones de desgaste interno y por razones geopolíticas. Un país en el
que se debilitan sus realidades y referencias más importantes está
desprotegido frente a peligros ciertos que no se nos escapan a nosotros,
opuestos al embargo y a la concepción política norteamericana hacia
Cuba. No olvidamos que vivimos frente a los Estados Unidos, la principal
potencia económica del mundo, con capacidad para absorber a la economía
cubana y con un diseño secular para dominarla .
Transformaciones
económicas sin coherencia
Las transformaciones estructurales en la economía, que
se reflejan con nitidez en el mundo del trabajo, explican las
fundamentales mutaciones ocultadas artificialmente por el poder, que
vienen ocurriendo en la sociedad cubana.
Lejos de una coherente articulación de las diversas
formas de propiedad, se nos ofrece una yuxtaposición de diversas formas
económicas, sólo conectadas por su vinculación con el Estado. Muchas joint
ventures, que trabajan como cualquier típica empresa capitalista,
actúan de espaldas al mercado interno y adquieren sentido para el
exclusivo mercado exterior: en la industria sideromecánica o la de
producción de alimentos, sobre todo productos del mar... La empresas en
manos del Estado, que son la mayoría, se dividen entre las que continúan
el modelo tradicional de economía ‘socialista’ –ineficientes
para la economía pero eficientes para el control político– y
las que experimentan ligeras reformas en su gestión, en un intento
fallido de modernización.
Nuevas empresas corporativas (principalmente
pertenecientes al ejército) que funcionan como monopolios y que se
desarrollan en la esfera de los servicios (turismo y comercialización de
mercancías) aparecen ahora para alimentar un capitalismo de Estado de
tipo mercantilista cuya existencia depende del sector dolarizado del
mercado.
Las empresas cooperativas y la pequeña empresa
doméstica privada coexisten como otras formas económicas limitadas por
los obstáculos que el gobierno interpone en su funcionamiento. Las
cooperativas, predominantes en la agricultura, no gozan de libertad para
producir y comercializar sus mercancías. Las empresas domésticas, que
operan en la esfera de los servicios (pequeños restaurantes o cafeterías
o alquileres de habitación privados), son víctimas de políticas
fiscales dirigidas a desestimularlas.
Un cuadro semejante no permite determinar cuál es la
orientación estratégica que va tomando la estructura económica del
país. Se entiende mejor lo que sucede cuando miramos hacia la peligrosa
cohabitación de los mercados.
Existe el mercado redistributivo a través de la carta
de racionamiento, pero que no alcanza para todo el mes ni garantiza la
adquisición de todos los productos fundamentales en la canasta básica:
frutas, carne, leche por ejemplo no se venden, varios productos se
consiguen raramente (pollo, aceite, compresas higiénicas...). El grueso
de las compras debe hacerse a precios mucho mas elevados en el mercado
regido por pura oferta y demanda, o en los ‘shoppings’ muy caros donde
todo se paga en dólares pero sí se obtienen casi todos los productos
importados y de calidad.
Existe un mercado de créditos sólo para empresas
vinculadas al Estado, un mercado inversionista para extranjeros, sin
licitación, que elige arbitrariamente a los capitalistas que pueden
invertir,
un
mercado libre de impuestos (zonas francas) para comercializadoras
extranjeras y determinadas empresas estatales, un mercado mayorista que
discrimina a la pequeña empresa doméstica, un mercado laboral sólo para
la industria turística y dos tipos de mercados cambiarios: uno para las
empresas y los turistas extranjeros y otro para los cubanos.
¿Qué es la Cuba económica? Un desafío a la
racionalidad moderna. Algo que está pesando seriamente sobre la capacidad
de subsistencia del país.
Dos tipos de economía se dibujan por tanto en Cuba:
una economía del poder, de la que dependen las instituciones
oficiales, y una economía de resistencia, que incluye las
formas informales de intercambio de aquellos que no tienen cabida en la
dolarización o sea los marginados de la economía del dólar.
Dualización
de la sociedad
¿Cómo se refleja esto en la sociedad? En principio a
través de una fractura en el mundo del trabajo. Hay una neta división
entre los trabajadores que laboran en las empresas conectadas al dólar y
aquellos que trabajan en las empresas que se modernizan, y de éstos con
los trabajadores de las empresas tradicionales. Su participación en el
mercado es desigual y desigual están siendo sus intereses. Los sindicatos
–su estructura y funcionamiento nada tienen que ver con los sindicatos
en el mundo occidental–, que podrían unificar estos intereses, no hacen
una labor sindical de cara a los trabajadores sino que los organizan
alrededor de los intereses del Estado.
En sentido general la satisfacción del bienestar del
trabajador está más relacionada con factores extralaborales que con la
creación de riquezas. Un trabajador promedio gana un salario de 240 pesos
(9 dólares), cuando para la canasta básica de una familia cualquiera se
necesitan alrededor de 1000 pesos per cápita (alrededor de 50 dólares
por cada miembro de la familia) .
¿De dónde proviene entonces el sustento de las
familias? De los canales y poros que abren la dualización y dolarización
económicas.
Las principales actividades económicas hoy en Cuba son
el turismo y las remesas familiares provenientes fundamentalmente de los
Estados Unidos. Alrededor de ellas se crean mercados informales y nuevos
sectores sociales ya formados o en transición. El trabajador tradicional
puro que vive exclusivamente de su salario va desapareciendo y
concentrándose en las zonas de pobre actividad económica, como son las
zonas rurales o algunas provincias del interior del país. Al trabajador
lo encontramos al mismo tiempo vendiendo y comprando en el mercado
informal, gestionando una pequeña empresa doméstica clandestina o frente
a una oficina bancaria para cobrar las remesas que les son enviadas desde
el exterior.
Hay pues sectores económicamente activos –las familias
dolarizadas que viven nada más de lo que reciben del exterior, las
nuevas clases medias vinculadas a ciertos servicios de empresas estatales
como la informática o el turismo o la pequeña empresa doméstica – y
sectores económicamente desactivados que subsisten entre el mercado
redistributivo y la economía informal.
Los más afectados son por tanto , y como siempre, los
que menos recursos tienen dentro de la sociedad cubana: los ancianos, las
mujeres, los negros, los trabajadores de cuello sucio y los
jóvenes.
Muchos de estos sectores alimentan la economía
de resistencia: una economía de la tercera edad regida por
los ancianos cuyas jubilaciones son exiguas y que se ven obligados a
vender, a precios de oferta y demanda, algunos de los productos que
compran por la cartilla de racionamiento: cigarros, tabaco y café; ello
incluye la venta ambulante de periódicos a precios centuplicados. Una
economía doméstica donde muchas mujeres participan como
lavanderas, babysitters, limpiadoras de casas o cocineras; muchas
jóvenes suelen dedicarse a la prostitución (cada cierto tiempo el Estado
encarcela a estas jóvenes en los llamados "campamentos de
reeducación"). Una economía delictiva, principal pero no
exclusivamente alimentada por jóvenes de la raza negra que se dedican a
vender mercancías obtenidas mediante el robo en las empresas, y la economía
propiamente informal en la que participan todos los sectores
mediante la venta especulativa de mercancías adquiridas legalmente.
Cuba se va convirtiendo así en un país donde las
diferencias se expresan básicamente a través de las desigualdades.
El reflejo de ello en la cuestión racial, por ejemplo,
es preocupante. La revolución cubana eliminó el racismo institucional.
No hizo lo mismo con el racismo representacional –los negros no
están proporcionalmente representados en las estructuras del Estado ni en
los medios de comunicación– ni con el racismo cultural. Este
último se institucionaliza a partir de los años 90 del siglo
pasado con la introducción del dólar y la modernización parcial, en la
que el acceso se vincula a los conocimientos universitarios –que la
mayoría de los negros no poseen– o es puramente clientelar:
depende de las conexiones con el poder, o de puntos de partida económicos
que ponen en desventaja a los negros respecto a los blancos –simplemente
los negros en Cuba no son receptores dolarizados ni llegan a
convertirse en familias dolarizadas con pleno acceso a la sociedad
de mercado.
Ello nos conduce a un límite también peligroso: la
sociedad cubana se vuelve racista en formas cultural y económicamente
institucionalizadas aun cuando ello no se haga visible en las políticas
del Estado. La preocupación de éste es cierta, pero muy poco hace para
solucionar esta fractura en una sociedad que, no obstante sus diferencias
étnicas, es cada vez más homogénea.
Esquizofrenia
moral
De las fracturas sociales a las fracturas morales. El
divorcio sostenido entre los discursos del poder –político, ideológico,
económico y cultural– y las realidades sociales que deben reflejarlos
va creando una esquizofrenia moral en la que los discursos y conductas
sociales y políticos no expresan lo que los individuos piensan o quieren.
Por eso vivimos en una sociedad descreída que constantemente burla y
desprestigia a sus instituciones públicas.
Y esto no se explica únicamente por una debilidad en
las bases morales de la sociedad Se explica todavía más por la
incapacidad de las instituciones públicas reconocidas de dar viabilidad
al pluralismo económico, político, social y cultural y por la negativa
del Estado a reconocer institucionalmente este rico pluralismo naciente.
Obligados a vivir y a expresarnos a través de instituciones que
monopolizan y totalizan públicamente la vida social, los cubanos
generalmente fingimos nuestras lealtades. Esto no debe perderse de vista
en los análisis sobre Cuba.
Puede entenderse por qué las iglesias, principalmente
la católica, están alcanzando un lugar prominente en la vida social:
ofertan contenidos morales, éticos y espirituales que restituyen y dan
sentido a muchos individuos en Cuba. En esta dirección, la sociedad
cubana se encamina hacia un conservadurismo moral que coincide muy bien
con el conservadurismo político de las autoridades. No hay más que
observar la coincidencia entre iglesia católica y partido comunista en su
proyección hacia los homosexuales para darnos cuenta de cuántas
dificultades encontraría una auténtica agenda socialdemócrata en Cuba.
Una
transición democrática
En este contexto estamos planteando la necesidad de una
transición democrática. ¿Cómo evitar que esta transición nos lleve
por los caminos de muchas transiciones en el Este europeo? O en el caso
específico de Cuba, ¿cómo impedir que en nuestro país regresen ciertas
zonas infelices de su pasado político y social?
En este sentido son necesarias dos consideraciones. La
primera es que, a pesar del inmovilismo políticamente condicionado de las
instituciones, Cuba está en transición. La realidades económicas,
sociales, culturales e ideológicas, dimensiones básicas de cualquier
sociedad, no son ya las mismas. Lo que estamos proponiendo es coherencia
en el proceso y un acuerdo claro y deliberado entre la voluntad política
del gobierno y las nuevas realidades internas y mundiales.
La segunda es que en cierto modo Cuba ya está
regresando al pasado. La prostitución y las desigualdades sociales
aportan los datos profundos de este regreso. Pero, a diferencia de nuestro
pasado, Cuba carece de la necesaria plataforma económica y de una sólida
y extendida clase media que sirva de soporte y contrapeso económico al
empuje de las economías externas. Nuestras debilidades económicas son
tan fuertes como para garantizar que nuestro pasado posea un poderoso
efecto de demostración. Y esto es peligroso: podría legitimar
sicológicamente la revancha (desde Miami) de quienes lograron que Cuba
fuera una taza de oro al servicio de sus propios intereses, de intereses
norteamericanos y de pasadas y detestables desigualdades de todo tipo.
Nuestro país no era, antes de 1959 y económicamente hablando, una
república bananera
(antes
de la revolución Cuba era la tercera economía de América Latina
después de Argentina y Uruguay). Pero tampoco era, antes de esa fecha,
mundialmente visible: la burguesía y la clase política de antes del 59
no andaba haciendo propaganda de sus éxitos económicos; si lo hubieran
hecho quizá los europeos no tuvieran ahora la imagen de que Cuba era algo
así como una Haití antes de 1959. Sí constituíamos, en términos
políticos, un protectorado de los Estados Unidos. La Revolución de 1959
sacudió el poder norteamericano y marcó la ruta de un proyecto nacional
deseado y deseable. 43 años después, con una economía debilitada, somos
vulnerables al vuelo raso del águila.
El único modo de evitar una transición desastrosa es
mediante una movida política progresista, en un país de tradición
occidental, que preserve nuestras adquisiciones sociales y abra la
participación democrática a nuevos actores políticos que miran hacia
delante, intentando evitar el pasado. Una movida progresista, que se mueva
en dirección de la economía social de mercado y del pluralismo
político, es la barrera más eficaz contra ese pasado. Y ello significa
reconocer todas las propuestas que cuentan con una natural legitimación
moral, social y política en las condiciones de Cuba.
La CSDC ofrece una alternativa reconocible de
transición progresista en Cuba. Porque una transición de este tipo en
nuestro país sólo puede ser socialdemócrata. No veo modo en que la
sociedad cubana se abra positivamente sin que potencie un sólido
movimiento social democrático. ¿Cuál es entonces nuestra respuesta al
reto de la socialdemocratización en Cuba?
¿Se
puede socialdemocratizar a los comunistas?
Si la socialdemocratización de Cuba es un interés
compartido por los que se interesan en una Cuba más abierta y más
social, no hay ninguna razón que impida potenciar la multiplicidad de
propuestas y posibilidades socialdemocratizadoras; sea dentro del PCC y
desde la CSDC. Mientras más alternativas se muevan en esta dirección,
más garantías habrá en la perspectiva deseada.
Sin embargo, una apuesta decididamente pragmática en
el sentido de socialdemocratizar al partido comunista cubano podría
encontrar varias dificultades. Primera: nadie ha podido responder si el
PCC desea ser socialdemocratizado. Segunda: nadie se ha preguntado si
puede serlo. Tercera: ¿cómo legitimar una inversión ideológica en un
partido que tiene más una lógica "revolucionaria",
autocrática y estalinista, que parlamentarista? Cuarta: las oportunidades
perdidas hace más o menos diez años para iniciar una transición
ordenada hacia una sociedad más moderna, afectan la legitimación moral
de semejante cambio dentro de dicho partido. Puede haber, y de seguro hay,
alguna tendencia reformista al interior del PCC. Su existencia no
es garantía de socialdemocratización en un partido como el comunista.
Quinta: la tradición socialdemócrata en Cuba es anterior (1901) y nace
fuera de las tendencias comunistas (el primer Partido Comunista se creó
en Cuba en 1925).
y,
hace 12 años, se articula en torno a la CSDC. Esto plantea un problema de
autenticidad y legitimidad política e ideológica que multiplica sus
efectos a los ámbitos moral y político: un partido comunista que
se socialdemocratice tendría que explicar convincentemente el origen y
las bases de un recambio en su naturaleza. Al mismo tiempo, con semejante
apertura perdería fuertes bases:
ha estado asociado, durante mucho
tiempo, con los esquemas represivos.
Con todo esto la cuestión no es impedir una legítima
socialdemocratización del PCC. En cualquier caso la realpolitik
tendrá siempre mayor peso que la moralpolitik. Mis análisis
combinan la una y la otra, destacando el hecho de que en Cuba los factores
morales de la transición tienen y tendrán un peso en la evolución
política real de la sociedad.
La Habana, septiembre 2002