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Organo Oficial de la Coordinadora Socialdemocrata de Cuba.

Octubre 2003

En esta Edicion:

1- Cuba despues del Proyecto Varela y la visita de Carter. 25/9/2002

por Marifeli Perez Stable

Universidad Internacional de la Florida

Este articulo fue escrito para el Real Instituto Elcano como parte de su serie, Analisis del Real Instituto. 

2- Cuba Hoy, Una vision socialdemocrata.

PRIMERA PARTE: 

LOS RETOS.

Manuel Cuesta Morua

Secretario General de la Corriente Socialista Democratica Cubana.

http://www.corriente.org

Introduccion  por Dick Van den Broeck economista,miembro activo del partido SP.a (Partido Socialdemocrata en Flandes - Belgica) 

Cuba despues del Proyecto Varela y la visita de Carter

Marifeli Pérez-Stable  (25/9/2002)

 

El socialismo es irrevocable en Cuba. Al menos, eso afirma la modificación constitucional aprobada por la Asamblea Nacional en La Habana a fines de junio. A principios de mes, el gobierno había lanzado una campaña de movilizaciones prácticamente sin igual en los últimos 43 años. Lo primero que hizo fue convocar manifestaciones gigantescas a lo largo y ancho de la isla en favor de la reforma constitucional. Luego siguió una ofensiva para recoger firmas de apoyo a la iniciativa: se abrieron 129.523 puntos de acceso para firmar y casi la totalidad de los electores (98,97%) la suscribieron. Por último, la Asamblea Nacional discutió la propuesta durante tres días –declarados festivos para que el pueblo siguiera de cerca las sesiones trasmitidas en directo– y la aprobó unánimemente. ¿Qué duda podría caber acerca de cuál es la voluntad popular? 

 

Bush, Carter y el Proyecto Varela
El discurso del presidente George W. Bush, el 20 de mayo pasado, fue, supuestamente, el acicate de este despliegue. Cierto es que Bush había exigido a La Habana elecciones libres y que el suyo no era un discurso cualquiera, ya que se pronunció en Miami, coincidiendo con el centenario de la República de Cuba. Lo sorprendente, sin embargo, no fueron las exigencias planteadas, habituales en la retórica de Washington, sino que éstas se hicieran en el marco de la Constitución cubana. Bush se refirió a las elecciones para la Asamblea Nacional a principios del año 2003 y dijo que si éstas eran realmente libres, EEUU estaría dispuesto al diálogo. Nunca antes Washington había reconocido que el actual sistema político cubano podría ser un punto de partida para los cambios. Por lo demás, no hubo el endurecimiento esperado por sectores del Miami cubano. Por su parte, el Comandante respondió dejando caer la posibilidad de cerrar la Sección de Intereses de EEUU en La Habana y de abrir las costas cubanas a la emigración.
El blanco estadounidense de las movilizaciones cubanas fue el ex presidente Jimmy Carter y no Bush, aunque el nombre del primero no apareciera en ninguna pancarta. Del 12 al 17 de mayo, Carter había viajado a Cuba con un doble propósito: abogar por la mejora de las relaciones EEUU-Cuba y proclamar los valores de la democracia. Y así fue. Por una parte, el ex mandatario declaró que el primer paso para aliviar el "estado de beligerancia" entre los dos países lo debería dar Estados Unidos por ser la nación más poderosa, al mismo tiempo que afirmó que las restricciones del embargo "no son la causa de los problemas económicos de Cuba". Su defensa de la democracia fue clara y puntual, sugiriendo, incluso, que ésta pudiera ser garante de la soberanía nacional: "Cuando los cubanos ejerzan este derecho para pacíficamente cambiar sus leyes mediante un voto directo, el mundo verá cómo son los cubanos y no los extranjeros quienes decidirán el futuro de este país".
En su discurso, Carter hizo mención al Proyecto Varela y a los incisos constitucionales que avalan el derecho ciudadano a proponer cambios en el orden jurídico por medio de una petición (mínimo de 10.000 firmas). Ésta debe ser elevada a la Asamblea Nacional, que es la que tiene la facultad constitucional de decidir si procede una consulta popular al respecto. Unos días antes de la llegada de Carter, Oswaldo Payá Sardiñas y otros varelistas le habían entregado a la Asamblea una petición suscrita por más de 11.000 personas centrada en cinco puntos: 1) plenas garantías a la libertad de expresión; 2) total libertad de asociación; 3) amnistía para los presos políticos; 4) derecho de los cubanos a formar empresas y 5) una nueva ley electoral. Hasta el momento, la Asamblea ha pasado por alto la solicitud de referéndum sobre todos ellos.
El Proyecto Varela fue, sin duda, un factor determinante para las exaltadas movilizaciones y la precipitada reforma de la Constitución. En cierto modo, la oposición puede sentirse satisfecha de haber forzado al gobierno a reaccionar en extremo. Una respuesta menos estrepitosa hubiera sido que la Asamblea considerara el proyecto y dictaminara que no procedía un referéndum. Tanto afán en rebatir a 11.000 ciudadanos y el empeño casi unánime de la ciudadanía no hicieron más que agudizar el escepticismo lógico sobre la voluntad popular en Cuba. ¿Es verosímil que una comunidad humana esté de acuerdo en un 98,97 por ciento? El propósito de la maniobra no era demostrar la existencia de un amplio consenso. Lo principal era dejar bien claro a todos –a los reformistas en el gobierno, a la oposición activa y latente, a los cubanos de a pie, al mundo– lo que ya se sabe: la máxima dirigencia no tiene voluntad alguna de cambio.

 

 

 

El inmovilismo oficial
Al igual que las exigencias electorales estadounidenses, la renuencia cubana en estos temas no es nada nuevo. Lo novedoso es la encrucijada en que se encuentra La Habana. Una mirada retrospectiva puede confirmar la sospecha de que con la pantomima reciente concluyó el ciclo iniciado a principios de los años noventa. Entonces eran muchos los que, en Cuba y en el extranjero, pensaban en un ocaso inminente del régimen, o al menos que éste implementaría reformas profundas. Pero no sucedió así. La Habana sobrevivió sin mayores concesiones: las reformas económicas fueron modestas y no hubo revisiones políticas de sustancia. La máxima dirigencia abandonó las propuestas de mayor trascendencia –la legalización de las PYME, la separación de funciones con el nombramiento de diferentes titulares en la presidencia y la secretaría general del Partido Comunista, así como la creación del cargo de primer ministro, la integración de algunos opositores a la Asamblea Nacional y el cambio de nombre del Partido al de Partido de la Nación Cubana– y la elite se alineó verticalmente con esta postura.
A mediados de la década, La Habana había logrado una suerte de reconstitución. El reforzamiento del embargo mediante las leyes Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996) permitía al gobierno seguir jugando el rol de David contra Goliat, a la par que la comunidad internacional se preguntaba por qué Estados Unidos no cambiaba de política. Las reformas coadyuvaron a una recuperación económica moderada, aunque éstas fueron frenadas en 1995. Excepto por la crisis de los balseros en 1994 y el motín en el malecón habanero en 1995, la ciudadanía aparentaba calma. Las demandas políticas sobre los ciudadanos de a pie no eran tan exigentes como antes y las movilizaciones, menos frecuentes. Aunque crecía y se extendía, la oposición activa era aún modesta. Mientras la población se mantuviera políticamente pasiva y la oposición fuera limitada, el régimen no tenía que temer por su estabilidad. Por su parte, la dirigencia redobló su atención al Partido Comunista: una elite cohesionada había logrado ser fundamental en el desafío a los pronósticos de principios de los años noventa y seguía siendo clave para retener el poder. La reconstitución lograda, sin embargo, se basaba en un delicado equilibrio de factores nacionales e internacionales.
Fue entonces cuando Elián González llegó a las costas de Florida y la campaña desatada para lograr su retorno a Cuba introdujo nuevos factores a tener en cuenta. La reunificación del niño con su padre tuvo cierta resonancia popular y, al menos al principio, las movilizaciones expresaron sentimientos genuinos en ese sentido. Elián, sin embargo, fue convertido rápidamente en una plataforma política contra la "mafia" de Miami y la dirigencia no se demoró mucho en anunciar un nuevo giro bajo el manto de la "Gran Batalla de Ideas". Desde entonces, noche tras noche, la televisión trasmite mesas redondas informativas sobre temas considerados candentes. Todos los sábados se celebra, en algún pueblo o ciudad de la Isla, una llamada Tribuna Abierta de la Revolución. Se han creado Unidades de Vigilancia Revolucionaria y Comisiones de Fidelidad. El llamado "Juramento de Baraguá" –que alude a la rebeldía del General Antonio Maceo ante el acuerdo que puso fin al fallido esfuerzo independentista de la Guerra de los Diez Años (1868-1878)– circuló en fábricas y barrios, escuelas y oficinas, comprometiendo a los firmantes a defender el honor de la Patria hasta sus últimas consecuencias. El régimen alteró el acuerdo tácito alcanzado con la población en la década de los noventa, que suponía una especie de tregua en la convocatoria de manifestaciones populares de apoyo a la dirigencia. Desde el estallido del caso Elián, se le ha exigido a la sociedad una performance casi constante. Lo de la irrevocabilidad del socialismo sólo fue un paso más.
Sin embargo, incluso antes de esta última campaña, el equilibrio alcanzado en la década pasada ya empezaba a tambalearse. La visita de Carter contribuyó, sin duda, a reforzar esta tendencia y a que el mundo se preguntara con mayor insistencia por qué Cuba no cambia. Después del 11-S, la economía cubana ha retrocedido, como bien indican las bajas del turismo y las remesas, la incertidumbre en el suministro de petróleo y el cierre de casi la mitad de los centrales azucareros. Mientras tanto, el Congreso estadounidense parece acercarse a un levantamiento de las restricciones a los viajes y al acceso a créditos a Cuba para la compra de alimentos en EEUU. Una moderación del embargo le restaría fuerza al síndrome de David y Goliat.

 

 

 

Una encrucijada de tres caminos
La Habana se encuentra ante una triple encrucijada. La primera sería seguir con las pautas de la "Gran Batalla de Ideas", pero reduciendo la intensidad de la reciente campaña. Sin embargo, este camino posiblemente esté llegando a su fin. Desde el regreso de Elián, el tren de las movilizaciones no rueda con el mismo impulso: su marcha depende ahora de los "Cinco Héroes Cubanos Prisioneros del Imperio"–condenados por espionaje en EEUU hace 18 meses– y su causa no resuena en los hogares cubanos como inicialmente lo hizo la de Elián. En lo económico se mantendría el statu quo, es decir, no se emprenderían reformas adicionales. Pero el problema es que la economía está de nuevo francamente enferma y las reformas ya aplicadas dieron todo lo que podían dar. Por lo contrario, si se consiguiera parar el descenso económico aun sin medidas adicionales, el mantenimiento de un modelo light de movilizaciones sería más viable.
Aunque arriesgado, el segundo camino pasa por lanzar una nueva oleada de frenéticas movilizaciones. La dirigencia gobierna como si el teatro de los últimos años fuera la realidad y no una simple y gran pantomima. Como la ciudadanía ha participado hasta ahora del espectáculo sin mayores contratiempos, no hay razón para desechar el teatro. Pero la resistencia popular no es ilimitada. El aumento en la intensidad de las movilizaciones bien pudiera convertirse en un bumerán si se exigiera al pueblo ir más allá de un límite, aún no fijado y que, posiblemente, no sea fácil de establecer por la elite reinante. Si se prosigue en esa dirección, también pudiera producirse una nueva espiral de enfrentamientos con EEUU, con sabe Dios qué resultados. Aunque las amenazas de junio, de cerrar la Sección de Intereses y abrir las costas cubanas, fueron rápidamente disipadas por el propio gobierno cubano, no se puede descartar el atractivo de un escenario numantino en el laberinto mental del Comandante. A Castro le resulta más fácil imaginar una conclusión heroica que asumir las consecuencias de unas reformas profundas y verdaderas. Por suerte, el Ejército probablemente sea un muro de contención ante esos delirios.
La tercera senda sería la de una reestructuración económica auténtica, tipo China o Vietnam, lo cual implicaría reducir las movilizaciones, bajar el volumen propagandístico y colocar la economía en el centro de la política. Se empezaría por desempolvar las propuestas para profundizar las reformas económicas abandonadas a mediados de los años noventa. Esta situación requeriría, eventualmente, una emulación de las proclamas de János Kádár en Hungría después de 1956 (Let’s eat sausage!) y de Deng Xiaoping en China (¡A enriquecerse!). Sin embargo, para la máxima dirigencia cubana sería como un anatema convocar a la población bajo la consigna de "pan con lechón" para todos: sería un deshonor a la dignidad de la Patria. Si bien esta alternativa es la más sensata, es la menos probable a corto plazo.

 

 

 

El verano de 2002
La temporada que acaba de concluir debió haber sido de preparación para el próximo congreso del Partido Comunista, inicialmente previsto para octubre. Se esperaba que entonces se aprobaran medidas económicas claves, especialmente en relación a las PYME. Pero, hasta ahora, no se ha fijado fecha para la reunión, ni se han hecho públicos los documentos preparatorios de la misma. Incluso no hay certeza de que éstos se hayan redactado. Tras las sesiones extraordinarias celebradas para reforma constitucional, la Asamblea suspendió su reunión ordinaria del 5 de julio, aunque sí se anunció la apertura del ciclo electoral al que hiciera referencia Bush. Si nos dejamos llevar por los temas que aparecen en los medios de comunicación, los "cinco prisioneros del imperio" son un tema nacional más urgente que el atolladero en que se encuentra el país. A puertas cerradas, sin embargo, es de suponer que la dirigencia esté enfrascada en una dura discusión en torno a cuestiones algo más importantes.
Así lo sugiere la noticia veraniega más contundente dada a principios de agosto: tres años después de su destitución, el ex canciller Roberto Robaina fue expulsado del Partido. En un vídeo difundido a los militantes comunistas, el general Raúl Castro lo acusó de deslealtad al Comandante, corrupción y autopromoción como candidato de la transición. Respecto al último cargo, hizo referencia a una conversación grabada a fines de 1998 entre Robaina y el ex ministro español de Relaciones Exteriores Abel Matutes, donde éste decía que el entonces canciller era su candidato. El general Castro igualmente sacó a relucir al también defenestrado Carlos Aldana, secretario ideológico del Partido hasta 1992, quien fuera acusado de querer ser el Gorbachov de Cuba. Cuando estaba en la cima del poder, a Robaina se le atribuían visos reformistas y posiblemente –¿por qué no?– contemplara ambiciones políticas mayores. Aldana, por su parte, fue uno de los principales impulsores de una mayor apertura a principios de los años noventa.
Si no es porque la realidad ha obligado a la dirigencia a retomar la discusión marginada a mediados de la década ¿qué sentido tiene haber desempolvado a Robaina y a Aldana? Lo ideal para el sector de los duros sería volver a la "Gran Batalla de Ideas" light y lograr una modesta recuperación sin tener que pasar por impulsar una reestructuración. La reconstitución fue una especie de gatopardismo caribeño que les permitió "cambiar" algo para que todo siguiera (casi) igual. ¿Podrán repetir el malabarismo? Es posible, pero no parece probable.
Se dice que hace una década, Raúl Castro y otros generales fueron a ver al Comandante y le preguntaron si estaba dispuesto a dar la orden de desplegar el Ejército por las calles cubanas. Y le dijeron que si no se tomaban las medidas propuestas, ése era un escenario casi inevitable. Aunque disgustadísimo, aceptó –a medias. Ahora toca la otra mitad. ¿Le pedirán otra cita los generales? Quizás hoy la situación sea más crítica y no sólo por el agotamiento nacional y la creciente impaciencia internacional. Si bien todavía sin fecha fija, el tema de la sucesión está hoy más cerca que antes y la elite tiene que considerar no sólo sus intereses actuales sino también los de después del velatorio. De continuar el inmovilismo, éste podría afectar a su propio futuro. Al mismo tiempo, a los que se pasen de la raya, bien les pudiera aguardar hacer compañía a Robaina y Aldana. ¿Podría peligrar la cohesión de la elite? Si así fuera, sería la primera vez en 43 años.
También hay que tener en cuenta el tema de la población. Si bien es cierto que ésta prioriza sus acuciantes problemas económicos sobre otras cuestiones, el tema de fondo no es sólo la economía. Está en juego, igualmente, la existencia de una sociedad abierta y libre, en fin, de una democracia, ya que sólo ella nos permitirá saber cuál es la voluntad popular. El inmovilismo continuado o -peor todavía- el escenario de los delirios, pudiera provocar la revuelta popular que hasta ahora se ha evitado, poniendo en peligro mortal lo que es deseable para todos en la isla y en el extranjero: la transición pacífica a una Cuba nueva. ¿Será capaz la elite cubana de hacer lo que tiene que hacer – incluso en vida del Comandante – para impedir ese escenario desastroso? Si así fuera, sería, igualmente, una novedad.

 

 

 

Marifeli Pérez-Stable
Universidad Internacional de la Florida

 

 

 

 

Cuba hoy, una visión socialdemócrata

Primera parte: los retos

Manuel Cuesta Morúa

Secretario General

Corriente Socialista Democrática Cubana.

www.corriente.org

 

Introducción por Dirk Van den Broeck economista, miembro activo del partido SP.a (partido socialdemócrata en Flandes - Bélgica).

 

En abril 2000 en Bruselas conocí al dirigente socialista, el afrocubano e historiador Manuel Cuesta Morúa, actualmente de 39 años, a un tiro de piedra de los locales de los partidos sociademócratas flamencos y francófonos de Bélgica. Pero en aquella época esas puertas todavía no se abrían para el.

 

El régimen castrista le había vendido a Manuel Cuesta una visa de salida muy cara (cosa excepcional en Cuba), lo que le permitió visitar Europa a cuenta del partido socialista italiano (PSD). Habló delante de una comisión del parlamento italiano, asistió a una reunión de la Internacional Socialista (I.S.), tuvo contactos con altos funcionarios italianos, suecos, españoles, franceses, y fue entrevistado por varios diarios (entre ellos De Morgen). Sin embargo, la I.S. mantenía a distancia a los opositores socialistas cubanos. Muchos partidos socialistas y sindicatos sostienen contactos exclusivos y cordiales con los comunistas cubanos, y pasan por alto ampliamente a su organización hermana en Cuba. Delegaciones van y vuelven, sucumbiendo generalmente al ambiente nostálgico y a las conversaciones ( muy bien ingeniadas y traducidas) con cubanos encantadores que se deshacen en elogios del régimen .

Pero como lo dice Cuesta mas adelante: "Obligados a vivir y a expresarnos a través de instituciones que monopolizan y totalizan públicamente la vida social, los cubanos generalmente fingimos nuestras lealtades. Esto no debe perderse de vista en los análisis sobre Cuba".

 

Mientras tanto, Cuba se encuentra en una espiral descendente. La economía cubana vive su peor crisis desde la caída de su antiguo asistente social, la URSS. La dualizacion de la sociedad es dramática, la inflación desvalora los salarios, 100.000 trabajadores pierden de golpe su empleo en el sector cañero, el país pierde su solvencia por su deuda externa muy alta. En vez de iniciar una apertura democrática, hace un año el septuagenario Castro (76 años) nombró a su hermano, de 71 años de edad, como heredero de su trono. Y en julio pasado hizo declarar al régimen comunista como constitucionalmente irrevocable ad eternam: una primacía mundial, en el momento que el régimen vive sus postrimerías.

 

La oposición interna se va estructurando cada día mas fuerte, los números de sus miembros van creciendo. Los socialistas cubanos en este sentido se sitúan en la primera fila. Para la Internacional Socialista quedó cada vez mas injustificable quedarse atrás de las otras internacionales, y no reconocer oficialmente ni apoyar efectivamente a su partido hermano en Cuba.

 

Un cambio clave se dio el 20 de julio pasado. En presencia del representante en el exilio de los socialistas de la Isla, el consejo de los partidos socialistas/socialdemócrata latinoamericanos en Caracas decidió, unánimemente y bajo aplausos, hacer su próxima reunión en el 2003 en La Habana.

 

Para Castro eso va ser una nuez difícil de cascar. Es probable que esta decisión anuncie el fin de un flirteo que duro décadas con un régimen autoritario e ineficiente. Parece acercarse el momento del reconocimiento oficial por parte de la I.S., y del apoyo que eso conlleva, el cual los socialistas cubanos han anhelado tanto tiempo. Este reconocimiento resulta tardío, aunque quizás no demasiado. Ya este régimen, tan extremamente personalizado, no sobrevivirá mucho tiempo la desaparición del máximo líder.

 

Ya se inició la carrera hacia la transición. La pregunta pues no es si se realizara la transición, sino quienes en ese proceso van a marcar la pauta. El que llega tarde a la vida, será sancionado por ella....

 

Esta primera contribución de Manuel Cuesta Morúa esboza la realidad cubana.

En la segunda parte que aparecerá en el numero de octubre de "Samenleving en politiek", Manuel Cuesta tratara del proyecto social, económico, político y cultural de la Corriente Socialista, que persigue una democratización ‘positiva’ de Cuba, sin perjudicar a las realizaciones sociales del último período.

 

Dirk Van den Broeck

dirk.vandenbroeck@pandora.be

 

 

 

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Cuba hoy, una visión socialdemócrata

Primera parte: los retos

 

Un socialdemócrata en Cuba, que escriba para un público europeo, tiene que enfrentar cuando menos seis retos conexos.

 

El primero tiene que ver con los mitos: Cuba sigue teniendo su encanto político en medio del tercer mundo: la combinación entre justicia social y antiimperialismo brinda un paisaje que se debe conservar como demostración de que otra vía es posible.

 

El segundo reto se vincula al primero. La crítica en Cuba se considera la contrarrevolución en marcha de aquellos que están únicamente interesados en un regreso al pasado histórico y político del país.

 

El tercer reto nace del segundo. Todo crítico en Cuba es sospechoso de coincidir con esas posiciones norteamericanas que no toleran la pérdida de una muy cercana zona de influencia. Según esta visión, los opositores en Cuba son, en principio, pronorteamericanos.

 

Del tercero al cuarto reto. Si se entiende que la crítica de la Revolución Cubana tiene una inclinación natural hacia los Estados Unidos, ésta no debe ser socialdemócrata. Todo el que se sitúa en la tradición de la socialdemocracia mantiene una sana distancia con Norteamérica, lo que no parece verdad en el caso de la izquierda socialdemócrata cubana.

 

De donde el quinto reto. Un socialdemócrata cubano debe ser un invento rosa de los Estados Unidos con fines política y socialmente retrógrados.

 

Sexto reto finalmente. Parece mejor una socialdemocratización de la sociedad cubana vía el partido comunista (PCC) que a través de la socialdemocracia.

 

Nuestra posición como socialdemócratas es incómoda. Se nos mira con sospecha desde tres centros de poder: el PCC, los Estados Unidos y algunos partidos socialdemócratas.

 

Pese a todo, tenemos una visión que combina tres sensibilidades: por la justicia social, por la democracia y por la soberanía nacional.

 

Una realidad sin futuro

 

La Cuba de hoy no está respondiendo coherentemente a estas sensibilidades. Los múltiples déficits sociales y políticos de mi país –la comparación con el resto de América Latina me parece más una compensación sicológica que demostrativa– no deben ser ignorados por ningún socialdemócrata.

 

Contamos con un sistema de educación y un sistema de salud gratuitos y universales. Las dificultades en estos ámbitos comienzan a partir de aquí.

 

En casi todos los niveles, la educación no es de buena calidad: no existe una adecuada correspondencia entre la instrucción y las bases culturales de una enseñanza moderna: al estudiante no se le enseñan las actitudes para pensar, analizar y actuar de manera autónoma y crítica, tal y como sería necesario para la formación de una personalidad tolerante y democrática. Por otro lado, la combinación entre el estudio y el trabajo agrícola, por el que los estudiantes participan como unos trabajadores más en la cadena productiva del país, limita el tiempo de aprendizaje, lo que deteriora la capacidad y los niveles de conocimiento, y conlleva la explotación del trabajo adolescente.

 

Exceptuando las técnicas, el resto de las especialidades continúa bajo una pedagogía que partidiza e ideologiza la enseñanza y limita las fronteras de lo que se puede saber y comunicar y de quiénes pueden saber lo comunicable. Ello establece diferencias en las posibilidades de acceso al conocimiento - lo que no solamente afecta a la enseñanza -. ¿Un ejemplo visible?: el de los periodistas. Un comunicador social en Cuba tiene que ser comunista por definición o por identidad. No hay acceso a internet sino vía la empresa u otra colectividad, y solo para unos pocos autorizados.

 

La estructura de esta enseñanza no es, por otra parte, democrática: los padres no pueden escoger el tipo de educación que dar a sus hijos, los estudiantes no tienen opciones para determinar qué y cómo quieren aprender y los maestros y profesores no cuentan con la libertad de cátedra que facilite un sistema de enseñanza más abierto y flexible. Todo ello dentro de un sistema excesivamente centralizado que no da autonomía a las comunidades y poderes locales.

 

Vemos muchos estudiantes que dejan sus estudios, jóvenes que se prostituyen, profesionales que emigran o abandonan sus profesiones; rompiendo, estos últimos, la costosa cadena de conocimiento acumulado, primordial para el desarrollo sostenible del país.

 

Muchos padres, que desconfían de la enseñanza pública, pagan profesores para que les den clases privadas a sus hijos sobre diversas materias: matemáticas, física, química e idioma inglés. De hecho, en el caso de la enseñanza del inglés, el Estado otorga licencias para que los profesores puedan impartir clases y cobrar por ellas. Esto es un embrión de enseñanza privada a la que acuden masivamente aquellos que pueden pagarla. Y se manifiesta en todos los niveles de educación: desde la primaria a la enseñanza universitaria. Estos datos expresan una mercantilización acelerada que ciertamente divide a la enseñanza entre los "have" y los "have not". ¿Quiénes son los profesores de este embrionario sistema de enseñanza privado? Generalmente los mismos que imparten clases en el sistema público de educación. En semejantes circunstancias, donde no hay una reglamentación específica que regule este naciente sistema, se mezclan también los mecanismos de sobornos que personalizan la enseñanza en dependencia del poder adquisitivo de los padres y estudiantes.

 

El acceso gratuito a la salud es, por otra lado, un hecho de los más importantes. En este campo, los cubanos hemos desplegado una labor y una capacidad distinguibles. Ello apuntala el mito de la revolución y permite al gobierno ofrecer solidaridades externas que son y deben ser altamente valoradas.

 

Puertas adentro el sistema de salud se debilita. No por la calidad de los médicos, sino por la calidad de la infraestructura y de los servicios. Lo que provoca un tipo de respuesta: la mercantilización de los servicios de punta en la salud: desde el Estado y desde la sociedad. El Estado ofrece clínicas exclusivas y medicinas en dólares, fundamentalmente para extranjeros. La sociedad privatiza el sector público de la salud garantizando los mejores servicios para aquellos que puedan comprarlos: en especie o en dinero.

En este sentido se toma un rumbo paradójicamente peligroso: un Estado que rechaza doctrinalmente la economía de mercado está produciendo una sociedad de mercado donde las prestaciones sociales entran a formar parte del juego de oferta y demanda mercantil–en dos ámbitos sociales por excelencia.

La fractura de la justicia social es una realidad que no se percibe fácilmente por falta de debate mediático; una fractura que cala hondo en las estructuras sociales.

 

Una sociedad de privilegios burocráticos es sustituida por una sociedad de privilegiados por las divisas. Lo que determina la participación en el reparto de las riquezas no es más el criterio de justicia distributiva sino el acceso al dólar.

 

Si no fuera por las prestaciones sociales, Cuba estuviera latinoamericanizada. Hay sin embargo una diferencia de concepto, respecto a América Latina.

En Cuba, un Estado socialista legal, es el trabajador el único que teóricamente suministra los recursos y posibilidades distributivas, directamente desde la creación de riquezas. Pero si aceptamos eso, el estado no tendría un papel en la oferta de justicia social.

Entonces, dos cuestiones fundamentales se ponen:

 

Primera cuestión: si el Estado cubano mantiene la ficción de una sociedad de justicia social - dice buscar la justicia a través de una política que trata de solucionar las muchas necesidades imperiosas e insatisfechas de la sociedad cubana actual - ¿por qué la sociedad se hace cada vez más desigual? O bien el Estado está quebrando su propia concepción o bien sus respuestas son inadecuadas para las nuevas condiciones. Cabría preguntarse si en Cuba estamos frente a un gobierno comunista o frente a los comunistas en el gobierno.

 

Segunda cuestión: la dinámica de las prestaciones sociales es doblemente marginal respecto a la dinámica de la sociedad de mercado que se nos impone. Y es doblemente marginal porque satisface únicamente a sectores que no logran insertarse en esta sociedad de mercado, de una dinámica insospechada, y porque no garantiza, adecuadamente, sus necesidades más perentorias: la alimentación, el vestido y la vivienda.

 

Esta contradicción está siendo peligrosa en el presente y es más peligrosa para el futuro de nuestros ideales: por razones de desgaste interno y por razones geopolíticas. Un país en el que se debilitan sus realidades y referencias más importantes está desprotegido frente a peligros ciertos que no se nos escapan a nosotros, opuestos al embargo y a la concepción política norteamericana hacia Cuba. No olvidamos que vivimos frente a los Estados Unidos, la principal potencia económica del mundo, con capacidad para absorber a la economía cubana y con un diseño secular para dominarla .

 

Transformaciones económicas sin coherencia

 

Las transformaciones estructurales en la economía, que se reflejan con nitidez en el mundo del trabajo, explican las fundamentales mutaciones ocultadas artificialmente por el poder, que vienen ocurriendo en la sociedad cubana.

 

Lejos de una coherente articulación de las diversas formas de propiedad, se nos ofrece una yuxtaposición de diversas formas económicas, sólo conectadas por su vinculación con el Estado. Muchas joint ventures, que trabajan como cualquier típica empresa capitalista, actúan de espaldas al mercado interno y adquieren sentido para el exclusivo mercado exterior: en la industria sideromecánica o la de producción de alimentos, sobre todo productos del mar... La empresas en manos del Estado, que son la mayoría, se dividen entre las que continúan el modelo tradicional de economía ‘socialista’ –ineficientes para la economía pero eficientes para el control político y las que experimentan ligeras reformas en su gestión, en un intento fallido de modernización.

Nuevas empresas corporativas (principalmente pertenecientes al ejército) que funcionan como monopolios y que se desarrollan en la esfera de los servicios (turismo y comercialización de mercancías) aparecen ahora para alimentar un capitalismo de Estado de tipo mercantilista cuya existencia depende del sector dolarizado del mercado.

Las empresas cooperativas y la pequeña empresa doméstica privada coexisten como otras formas económicas limitadas por los obstáculos que el gobierno interpone en su funcionamiento. Las cooperativas, predominantes en la agricultura, no gozan de libertad para producir y comercializar sus mercancías. Las empresas domésticas, que operan en la esfera de los servicios (pequeños restaurantes o cafeterías o alquileres de habitación privados), son víctimas de políticas fiscales dirigidas a desestimularlas.

 

Un cuadro semejante no permite determinar cuál es la orientación estratégica que va tomando la estructura económica del país. Se entiende mejor lo que sucede cuando miramos hacia la peligrosa cohabitación de los mercados.

Existe el mercado redistributivo a través de la carta de racionamiento, pero que no alcanza para todo el mes ni garantiza la adquisición de todos los productos fundamentales en la canasta básica: frutas, carne, leche por ejemplo no se venden, varios productos se consiguen raramente (pollo, aceite, compresas higiénicas...). El grueso de las compras debe hacerse a precios mucho mas elevados en el mercado regido por pura oferta y demanda, o en los ‘shoppings’ muy caros donde todo se paga en dólares pero sí se obtienen casi todos los productos importados y de calidad.

Existe un mercado de créditos sólo para empresas vinculadas al Estado, un mercado inversionista para extranjeros, sin licitación, que elige arbitrariamente a los capitalistas que pueden invertir, un mercado libre de impuestos (zonas francas) para comercializadoras extranjeras y determinadas empresas estatales, un mercado mayorista que discrimina a la pequeña empresa doméstica, un mercado laboral sólo para la industria turística y dos tipos de mercados cambiarios: uno para las empresas y los turistas extranjeros y otro para los cubanos.

¿Qué es la Cuba económica? Un desafío a la racionalidad moderna. Algo que está pesando seriamente sobre la capacidad de subsistencia del país.

 

Dos tipos de economía se dibujan por tanto en Cuba: una economía del poder, de la que dependen las instituciones oficiales, y una economía de resistencia, que incluye las formas informales de intercambio de aquellos que no tienen cabida en la dolarización o sea los marginados de la economía del dólar.

 

Dualización de la sociedad

 

¿Cómo se refleja esto en la sociedad? En principio a través de una fractura en el mundo del trabajo. Hay una neta división entre los trabajadores que laboran en las empresas conectadas al dólar y aquellos que trabajan en las empresas que se modernizan, y de éstos con los trabajadores de las empresas tradicionales. Su participación en el mercado es desigual y desigual están siendo sus intereses. Los sindicatos –su estructura y funcionamiento nada tienen que ver con los sindicatos en el mundo occidental–, que podrían unificar estos intereses, no hacen una labor sindical de cara a los trabajadores sino que los organizan alrededor de los intereses del Estado.

En sentido general la satisfacción del bienestar del trabajador está más relacionada con factores extralaborales que con la creación de riquezas. Un trabajador promedio gana un salario de 240 pesos (9 dólares), cuando para la canasta básica de una familia cualquiera se necesitan alrededor de 1000 pesos per cápita (alrededor de 50 dólares por cada miembro de la familia) .

 

¿De dónde proviene entonces el sustento de las familias? De los canales y poros que abren la dualización y dolarización económicas.

 

Las principales actividades económicas hoy en Cuba son el turismo y las remesas familiares provenientes fundamentalmente de los Estados Unidos. Alrededor de ellas se crean mercados informales y nuevos sectores sociales ya formados o en transición. El trabajador tradicional puro que vive exclusivamente de su salario va desapareciendo y concentrándose en las zonas de pobre actividad económica, como son las zonas rurales o algunas provincias del interior del país. Al trabajador lo encontramos al mismo tiempo vendiendo y comprando en el mercado informal, gestionando una pequeña empresa doméstica clandestina o frente a una oficina bancaria para cobrar las remesas que les son enviadas desde el exterior.

 

Hay pues sectores económicamente activos –las familias dolarizadas que viven nada más de lo que reciben del exterior, las nuevas clases medias vinculadas a ciertos servicios de empresas estatales como la informática o el turismo o la pequeña empresa doméstica – y sectores económicamente desactivados que subsisten entre el mercado redistributivo y la economía informal.

 

Los más afectados son por tanto , y como siempre, los que menos recursos tienen dentro de la sociedad cubana: los ancianos, las mujeres, los negros, los trabajadores de cuello sucio y los jóvenes.

 

Muchos de estos sectores alimentan la economía de resistencia: una economía de la tercera edad regida por los ancianos cuyas jubilaciones son exiguas y que se ven obligados a vender, a precios de oferta y demanda, algunos de los productos que compran por la cartilla de racionamiento: cigarros, tabaco y café; ello incluye la venta ambulante de periódicos a precios centuplicados. Una economía doméstica donde muchas mujeres participan como lavanderas, babysitters, limpiadoras de casas o cocineras; muchas jóvenes suelen dedicarse a la prostitución (cada cierto tiempo el Estado encarcela a estas jóvenes en los llamados "campamentos de reeducación"). Una economía delictiva, principal pero no exclusivamente alimentada por jóvenes de la raza negra que se dedican a vender mercancías obtenidas mediante el robo en las empresas, y la economía propiamente informal en la que participan todos los sectores mediante la venta especulativa de mercancías adquiridas legalmente.

 

Cuba se va convirtiendo así en un país donde las diferencias se expresan básicamente a través de las desigualdades.

 

El reflejo de ello en la cuestión racial, por ejemplo, es preocupante. La revolución cubana eliminó el racismo institucional. No hizo lo mismo con el racismo representacional los negros no están proporcionalmente representados en las estructuras del Estado ni en los medios de comunicación ni con el racismo cultural. Este último se institucionaliza a partir de los años 90 del siglo pasado con la introducción del dólar y la modernización parcial, en la que el acceso se vincula a los conocimientos universitarios –que la mayoría de los negros no poseeno es puramente clientelar: depende de las conexiones con el poder, o de puntos de partida económicos que ponen en desventaja a los negros respecto a los blancos simplemente los negros en Cuba no son receptores dolarizados ni llegan a convertirse en familias dolarizadas con pleno acceso a la sociedad de mercado.

 

Ello nos conduce a un límite también peligroso: la sociedad cubana se vuelve racista en formas cultural y económicamente institucionalizadas aun cuando ello no se haga visible en las políticas del Estado. La preocupación de éste es cierta, pero muy poco hace para solucionar esta fractura en una sociedad que, no obstante sus diferencias étnicas, es cada vez más homogénea.

 

Esquizofrenia moral

 

De las fracturas sociales a las fracturas morales. El divorcio sostenido entre los discursos del poder –político, ideológico, económico y cultural– y las realidades sociales que deben reflejarlos va creando una esquizofrenia moral en la que los discursos y conductas sociales y políticos no expresan lo que los individuos piensan o quieren. Por eso vivimos en una sociedad descreída que constantemente burla y desprestigia a sus instituciones públicas.

 

Y esto no se explica únicamente por una debilidad en las bases morales de la sociedad Se explica todavía más por la incapacidad de las instituciones públicas reconocidas de dar viabilidad al pluralismo económico, político, social y cultural y por la negativa del Estado a reconocer institucionalmente este rico pluralismo naciente. Obligados a vivir y a expresarnos a través de instituciones que monopolizan y totalizan públicamente la vida social, los cubanos generalmente fingimos nuestras lealtades. Esto no debe perderse de vista en los análisis sobre Cuba.

 

Puede entenderse por qué las iglesias, principalmente la católica, están alcanzando un lugar prominente en la vida social: ofertan contenidos morales, éticos y espirituales que restituyen y dan sentido a muchos individuos en Cuba. En esta dirección, la sociedad cubana se encamina hacia un conservadurismo moral que coincide muy bien con el conservadurismo político de las autoridades. No hay más que observar la coincidencia entre iglesia católica y partido comunista en su proyección hacia los homosexuales para darnos cuenta de cuántas dificultades encontraría una auténtica agenda socialdemócrata en Cuba.

 

Una transición democrática

 

En este contexto estamos planteando la necesidad de una transición democrática. ¿Cómo evitar que esta transición nos lleve por los caminos de muchas transiciones en el Este europeo? O en el caso específico de Cuba, ¿cómo impedir que en nuestro país regresen ciertas zonas infelices de su pasado político y social?

 

En este sentido son necesarias dos consideraciones. La primera es que, a pesar del inmovilismo políticamente condicionado de las instituciones, Cuba está en transición. La realidades económicas, sociales, culturales e ideológicas, dimensiones básicas de cualquier sociedad, no son ya las mismas. Lo que estamos proponiendo es coherencia en el proceso y un acuerdo claro y deliberado entre la voluntad política del gobierno y las nuevas realidades internas y mundiales.

 

La segunda es que en cierto modo Cuba ya está regresando al pasado. La prostitución y las desigualdades sociales aportan los datos profundos de este regreso. Pero, a diferencia de nuestro pasado, Cuba carece de la necesaria plataforma económica y de una sólida y extendida clase media que sirva de soporte y contrapeso económico al empuje de las economías externas. Nuestras debilidades económicas son tan fuertes como para garantizar que nuestro pasado posea un poderoso efecto de demostración. Y esto es peligroso: podría legitimar sicológicamente la revancha (desde Miami) de quienes lograron que Cuba fuera una taza de oro al servicio de sus propios intereses, de intereses norteamericanos y de pasadas y detestables desigualdades de todo tipo. Nuestro país no era, antes de 1959 y económicamente hablando, una república bananera (antes de la revolución Cuba era la tercera economía de América Latina después de Argentina y Uruguay). Pero tampoco era, antes de esa fecha, mundialmente visible: la burguesía y la clase política de antes del 59 no andaba haciendo propaganda de sus éxitos económicos; si lo hubieran hecho quizá los europeos no tuvieran ahora la imagen de que Cuba era algo así como una Haití antes de 1959. Sí constituíamos, en términos políticos, un protectorado de los Estados Unidos. La Revolución de 1959 sacudió el poder norteamericano y marcó la ruta de un proyecto nacional deseado y deseable. 43 años después, con una economía debilitada, somos vulnerables al vuelo raso del águila.

El único modo de evitar una transición desastrosa es mediante una movida política progresista, en un país de tradición occidental, que preserve nuestras adquisiciones sociales y abra la participación democrática a nuevos actores políticos que miran hacia delante, intentando evitar el pasado. Una movida progresista, que se mueva en dirección de la economía social de mercado y del pluralismo político, es la barrera más eficaz contra ese pasado. Y ello significa reconocer todas las propuestas que cuentan con una natural legitimación moral, social y política en las condiciones de Cuba.

 

La CSDC ofrece una alternativa reconocible de transición progresista en Cuba. Porque una transición de este tipo en nuestro país sólo puede ser socialdemócrata. No veo modo en que la sociedad cubana se abra positivamente sin que potencie un sólido movimiento social democrático. ¿Cuál es entonces nuestra respuesta al reto de la socialdemocratización en Cuba?

 

¿Se puede socialdemocratizar a los comunistas?

 

Si la socialdemocratización de Cuba es un interés compartido por los que se interesan en una Cuba más abierta y más social, no hay ninguna razón que impida potenciar la multiplicidad de propuestas y posibilidades socialdemocratizadoras; sea dentro del PCC y desde la CSDC. Mientras más alternativas se muevan en esta dirección, más garantías habrá en la perspectiva deseada.

 

Sin embargo, una apuesta decididamente pragmática en el sentido de socialdemocratizar al partido comunista cubano podría encontrar varias dificultades. Primera: nadie ha podido responder si el PCC desea ser socialdemocratizado. Segunda: nadie se ha preguntado si puede serlo. Tercera: ¿cómo legitimar una inversión ideológica en un partido que tiene más una lógica "revolucionaria", autocrática y estalinista, que parlamentarista? Cuarta: las oportunidades perdidas hace más o menos diez años para iniciar una transición ordenada hacia una sociedad más moderna, afectan la legitimación moral de semejante cambio dentro de dicho partido. Puede haber, y de seguro hay, alguna tendencia reformista al interior del PCC. Su existencia no es garantía de socialdemocratización en un partido como el comunista. Quinta: la tradición socialdemócrata en Cuba es anterior (1901) y nace fuera de las tendencias comunistas (el primer Partido Comunista se creó en Cuba en 1925). y, hace 12 años, se articula en torno a la CSDC. Esto plantea un problema de autenticidad y legitimidad política e ideológica que multiplica sus efectos a los ámbitos moral y político: un partido comunista que se socialdemocratice tendría que explicar convincentemente el origen y las bases de un recambio en su naturaleza. Al mismo tiempo, con semejante apertura perdería fuertes bases: ha estado asociado, durante mucho tiempo, con los esquemas represivos.

 

Con todo esto la cuestión no es impedir una legítima socialdemocratización del PCC. En cualquier caso la realpolitik tendrá siempre mayor peso que la moralpolitik. Mis análisis combinan la una y la otra, destacando el hecho de que en Cuba los factores morales de la transición tienen y tendrán un peso en la evolución política real de la sociedad.

 

La Habana, septiembre 2002

 

 

 

 

 

 

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