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El reino de la doble
moral,por Carmelo Mesa-Lago
Articulos Prensa Internacional
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En esta entrega: EDITORIAL: REFORMA CONSTITUCIONAL EN CUBA CENA DE CONFRATERNIDAD Y RENDICION DE CUENTAS RESOLUCION DE LA COORDINADORA MARIFELI PEREZ-STABLE : LOS SECTORES MEDIOS Y EL CONTRAPUNTEO ENTRE REVOLUCION Y SOCIALISMO Enrique Baloyra: La otra cara de la luna
EDITORIAL:
El Artículo 141 de la actual constitución cubana, proclamada el 24 de Febrero de 1976 dice textualmente: "Esta Constitución sólo puede ser reformada, total o parcialmente, por la Asamblea Nacional del Poder Popular mediante acuerdo adoptado, en votación nominal, por una mayoría no inferior a las dos terceras partes del número total de sus integrantes. Si la reforma es total o se refiere a la integración y facultades de la Asamblea Nacional del Poder Popular o de su Consejo de Estado o a derechos y deberes consagrados en la Constitución, requiere, además, la ratificación por el voto favorable de la mayoría de los ciudadanos con derecho electoral, en referendo convocado al efecto por la propia Asamblea." Informaciones de la prensa oficialista cubana concernientes a los cambios aprobados por la Onceava Sesión Regular de la (diferida) Tercera Asamblea Nacional del Podel Popular de Cuba (ANPP), celebrada el 10 y 11 de Julio en La Habana, sugieren que gran parte del texto constitucional ha sido afectado: 65 de los 141 artículos no fueron tocados, 34 fueron enmendados y otros 42 fueron "puestos al día, en vista de las circunstancias actuales". De manera que más de la mitad de los artículos sufrieron alguna alteración en su lenguaje. Sin menospreciar el alcance que dichos cambios puedan tener, directa o indirectamente, constatamos que dos artículos claves--el Cinco, que consagra la hegemonía del partido oficialista, y el Sesenta y Uno, que subordina las libertades reconocidas por el documento a la seguridad del estado socialista--no han sido afectados sustancialmente. De manera que el anclaje de la dictadura sigue intacto. Pero no nos dejó de llamar la atención que, inclusive antes que la Onceava Sesión iniciara sus labores, el oficialismo se adelantó a una crítica tan previsible como inevitable. Nos referimos a una entrevista de Susana Tesoro, publicada el 26 de Junio en la revista Bohemia, con el Dr. Eduardo Lara Hernández, quien participó en la redacción de esta ley fundamental en 1975 y ahora en la comisión que preparó los cambios presentados a la ANPP. Según el Dr. Lara Hernández, no hay necesidad de someter los cambios a plebiscito ya que ningún artículo ha sido reformado en más de la mitad de su texto. Esto es sorprendente ya que el propio Lara detalló municiosamente los cambios propuestos: en el Preámbulo; en el Primer Capítulo (acerca del estado cubano y su carácter secular; del español como idioma oficial; de la esencia del partido oficial; de no identificar por su nombre a las organizaciones de masas; de los principios de la política exterior; de la inversión, la propiedad y el comercio). ¿Qué se habrá hecho del Artículo 11, que conectaba la independencia del país con su pertenencia a una "comunidad socialista mundial" que ya no existe? ¿Se habrá eliminado el artículo sin cambiar más de la mitad de su texto? Aparentemente, se hicieron también cambios en el Segundo Capítulo, al rechazar la doble ciudadanía y aclarar que no se puede perder la cubana a no ser por razones muy concretas. ¿No se trata aquí de "derechos consagrados en la Constitución"? ¿Cómo es posible que esto no requiera un plebiscito? En lo concerniente al Poder Popular, se reformó el sistema de elección a la ANPP, instaurándose el voto directo y secreto; se eliminaron sus comités ejecutivos municipales y provinciales, sustituyéndoseles por entidades de nuevo cuño. ¿No tocaba esto la cuestión de la "integración y facultades de la Asamblea", particularmente en lo concerniente a los nuevos poderes otorgados al presidente de su Consejo de Estado (que lo es también de la República) en materia del Consejo Nacional de Defensa? ¿No estaba claro que esto también requiere ratificación por la vía de un plebiscito? Dejaremos otros ejemplos en el tintero. No queremos detenernos en lo de que quien hace la ley hace la trampa. Ojalá se tratara de eso simplemente. Se trata de un proyecto transparentemente continuista, ni más ni menos aperturista que los que los militares uruguayos, en 1980, y el general Augusto Pinochet, en 1988, en Chile, sometieron a plebiscito y perdieron. Al obviar la opción de la consulta el régimen fidelista acepta y proclama su baja popularidad y su falta de legitimidad. Realmente tiene miedo de calibrar su viabilidad. Pero la cosa no para ahí. Hay otras responsabilidades. Al no registrarse una seria protesta por parte de los constituyentes de 1976, ni de los miembros de la Tercera Asamblea, tenemos que asumir que han perdido el sentido de la legalidad o que, dado el alto grado de cinismo y de disimulo que caracteriza a los regímenes de este tipo, se da por sentado que la ley es letra muerta y que, de cualquier manera, los que toman las decisiones en Cuba en definitiva van a hacer lo que les venga en gana. Qué lástima. Pobre país. Entre extraños y enemigos la ley es lo único que cabe y si aceptamos que ésta no sirve para nada, ¿no le estamos sirviendo la mesa a los buitres que quisieran no ya cambiar el régimen sino devorar a Cuba?
El pasado 9 de julio celebramos en Miami otra cena de confraternidad con militantes y simpatizantes de la Coordinadora Social Demócrata. Sin caer en largos discursos ni formalismos innecesarios pasamos un buen rato mientras se les informaba a los comensales sobre nuestras últimas actividades. La reunión marcó además el inicio de un proceso de reestructuración que queremos haga más eficaz nuestra actuación en el quehacer político dentro y fuera de Cuba. El acto comenzó con unas palabras del Dr. Enrique Baloyra, presidente de la Coordinadora, quien a grandes rasgos explicó la política actual de la organización. A continuación el Dr. Santiago Echemendía expuso el contenido y extensión del programa de radio que, a partir de Noviembre pasado, la Coordinadora ha venido transmitiendo por onda corta hacia Cuba todos los domingos. José Antonio Lanuza, presidente del Centro de la Democracia Cubana, organización en la cual se incubó la Coordinadora a partir de 1988, nos detalló los distintos aspectos de su programa de publicaciones hacia Cuba. Nuestro primer vicepresidente, Dr. Lino Bernabé Fernández, nos puso al tanto de una actividad que planeamos llevar a cabo en América Latina en el otoño. El arquitecto Salvador Subirá, organizador del agradable evento, también hizo uso de la palabra. Antes del cierre, que estuvo a cargo del compañero Miguel Torres Calero, tercer vicepresidente de la Coordinadora, hubo tiempo para preguntas y comentarios por parte de la concurrencia.
Coordinadora Social Demócrata Resolución del Comité Ejecutivo, 21 Mayo 1992
La posición de la Coordinadora Social Demócrata de Cuba sobre negociaciones con el gobierno cubano es de sobra conocida. La esbozamos por primera vez públicamente en Abril de 1989. No tenemos razón para cambiarla ahora. Pero conviene hacer las siguientes precisiones. 1. La Coordinadora no puede entrar en ningún intercambio formal a no ser como un organismo de la oposición. A nuestra manera de ver, esto no está reñido ni con la metodología de un intercambio respetuoso ni con el deseo de servir los verdaderos intereses de la nación cubana ni con el proceder de buena fe. 2. No será posible avanzar ni legitimar esta iniciativa a no ser que el gobierno cubano dé algunos pasos inconfundibles, irreversibles, hacia la cristalización de un estado de derecho. Ese es el punto de partida y por eso ratificamos nuestro apoyo a la idea de celebrar un plebiscito como primer paso hacia esa meta. 3. Creemos que un acuerdo entre cubanos, que apunte hacia la democratización del país, es un paso previo e indispensable antes que pueda lograrse cualquier acercamiento o reconciliación entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos.
por Marifeli Pérez-Stable, PhD. Socióloga. Profesora visitante en el Center for Studies of Social Change, New School for Social Research, New York. (Ponencia presentada en la XIV Reunión del Instituto de Estudios Cubanos, Rollins College, Winter Park, Florida, 14-27 Junio 1992). Aunque a veces coincidan y se complementen, la sociología y la política son distintas. Los diferentes quehaceres de las dos empresas se distinguen marcadamente al observar la sociedad cubana contemporánea. Los que están en el poder en Cuba se auto-perciben como los únicos adalides de las aspiraciones de independencia y justicia de nuestra historia y, por consiguiente, ningún precio les parece caro en su intento de perpetuar el status quo. Porque los dirigentes cubanos asumieron el poder a raíz de una revolución de profundo arraigo histórico y popular, porque esa revolución consolidó a la nación contra las pretensiones de los Estados Unidos y logró una distribución más equitativa de la riqueza, el gobierno cubano ha disfrutado del apoyo de la mayoría, pese a los avatares del socialismo real. Los que hoy ejercen el poder en Cuba, por tanto, defienden su derecho a gobernar y el mismo es, sin duda, aún reconocido por un número significativo de ciudadanos. La crisis que se acrecienta en la sociedad cubana no tiene manifestaciones políticas que, por el momento, pongan en peligro el status quo. Desde Cuba no se ha viabilizado ni movilizado una alternativa que integre la herencia de la revolución, en parte por la recrudeciente intransigencia oficial. La que se vislumbra con más fuerza desde el exterior es contraria a nuestros intereses nacionales. Y los Estados Unidos obstinadamente continúan una política contraproducente incluso para sus propios intereses. Además el que, luego de los sucesos de Europa del Este y la desintegración de la Unión Soviética, el gobierno cubano siga en el poder y las probabilidades de que se derrumbe próximamente sean bastante modestas parece apoyar la tesis de los dirigentes cubanos. He ahí donde el arte de la política y el de la sociología chocan. Marx y el viejo refrán "las apariencias engañan" son guías más acertados para analizar a la sociedad cubana contemporánea que el discurso oficial. Marx, después de todo, consideraba que lo que parecía evidente no era necesariamente lo real y de ahí su insistencia en la búsqueda de las dinámicas sociales detrás de lo aparente. El que las relaciones de conflicto-- para Marx basadas únicamente en las relaciones de propiedad aunque para otras corrientes de fines del siglo XIX y principios del XX y la sociología contemporánea éstas tengan también otras bases -- constituyen la dinámica social fundamental es una premisa acertada para el análisis sociológico de cualquier sociedad, incluyendo la cubana. El discurso oficial en Cuba descarta la posibilidad de que entre el poder y los intereses de la mayoría pueda surgir una relación de conflicto. Esta visión de consenso tiene su origen en el hecho que los dirigentes cubanos consideran que sus logros-- la consolidación de la nación y el establecimiento del socialismo -- beneficiaron a la mayoría de los cubanos y que esos beneficios siguen sustentando su derecho a gobernar. Al reclamar la tradición independentista de los mambises-- de hecho avalada por la revolución --y los baluartes del socialismo y el comunismo, el gobierno cubano se adhiere a un discurso teleológico, es decir, a la visión que la historia se dirige en una sola dirección y que esta dirección es inevitable, superior, y una vez alcanzada, irreversible. Los dirigentes cubanos, por lo tanto, tienen una visión estática del poder y la sociedad: una vez lograda la coincidencia de intereses mediante la revolución y el socialismo, el que pueda o deba ocurrir un cambio porque otros puedan conjugar más positivamente los intereses nacionales y populares con los del ejercicio del poder es sencillamente inconcebible. Dado su objetivo de retener el poder, su razonamiento es perfectamente comprensible. Para la sociología, sin embargo, la problemática es distinta. En los últimos veinticinco años los paradigmas de consenso y de linealidad típicos de la escuela funcionalista que hasta entonces predominaban han sido descartados. Los sociólogos no debemos considerar ninguna realidad social como inmutable y, por lo tanto, un análisis sociológico de la realidad cubana contemporánea no debe hacerse a partir de las premisas de consenso y linealidad que caracterizan el discurso oficial en Cuba. Mi objetivo no es elaborar un definitivo marco sociológico apropiado para analizar a la Cuba revolucionaria. Mi propósito es mucho más modesto y es sencillamente subrayar algunos matices de esa sociedad que considero esenciales para su comprensión sociológica y también para su conducción política. Aunque factores externos tales como el embargo estadounidense y la desaparición de las relaciones privilegiadas con la Unión Soviética han pesado extraordinariamente sobre la crisis cubana, parto de la proposición que las dinámicas de cambio en la Cuba de hoy están dadas decisivamente por nuestra historia, por la revolución, y por el socialismo y que, aparte de los factores externos, el socialismo en Cuba-- y en otras partes --venía haciendo crisis, aunque su perfil despuntara características propias ya que la sociedad cubana nunca ha respondido completamente a los parámetros del socialismo real. La crisis incipiente de los años ochenta se debía parcialmente a los logros de la revolución, es decir, a las profundas transformaciones producidas a partir de 1959. Una de las tantas complejidades de la Cuba actual es el conflicto que considero existe entre la forma en que se ejerce el poder político y el peso que tienen los sectores medios en la sociedad. El contexto analítico de este conflicto es la distinción que he hecho en otras ocasiones entre revolución y socialismo, es decir, la revolución como proceso habiendo concluído en 1970 y el socialismo como realidad cada vez más determinante de la dinámica social, a partir de los setentas. La crisis que hoy evidentemente azota a la sociedad cubana se debe principalmente al socialismo y no a la revolución. Digo principalmente porque, a pesar de mi convencimiento de que sociológicamente la categoría de revolución no es aplicable a la Cuba actual, no se pueden ignorar tres realidades: primero, los gobernantes cubanos son básicamente revolucionarios de 1959; segundo, lo alcanzado durante la revolución y el socialismo hace que un porcentaje importante de la población mantenga una apuesta sicológica-emocional por la "revolución"; y tercero, revolución y nación han estado íntimamente ligadas. El que Cuba no sea un país en revolución no quiere decir, por tanto, que los logros de la revolución no tengan vigencia en la sociedad cubana. Sin duda los tienen, pero tan o más importante es la dinámica social que tiene su origen en el funcionamiento del socialismo. La interacción entre revolución y socialismo es, a mi juicio, la característica social fundamental de la Cuba contemporánea. Una de sus manifestaciones es el hecho que, por una parte, la idea de la revolución siga siendo determinante para la dirigencia, en primer lugar para Fidel Castro, y para un sector importante de la población y, por otra, la sociedad cubana, transformada por la revolución, ya no responda a sus exigencias. Los últimos treinta y tres años han transformado a la vieja Cuba acentuando sus características "modernas" y extendiéndolas a lo largo del país. La revolución profundizó el perfil avanzado relativo al resto de América Latina de la Cuba de los cincuenta. Dos de los muchos factores que reflejan esa profundización son el índice de urbanización (setenta y cinco versus cincuenta y siete por cien) y el perfil educacional de la fuerza laboral (casi el cuarenta por cien con niveles técnico y profesional, docente, pre-universitario o superior versus tercer grado). Sin la revolución, el proceso de modernización indudablemente hubiera proseguido en Cuba. Pero el hecho es que, a partir de 1959, las transformaciones sociales ocurrieron en un contexto que sobresaltó lo nacional y lo social y, como consecuencia, el proceso de modernización adquirió matices distintos a los que hubiera adquirido de haber continuado el desarrollo capitalista o de los que adquirió en el resto de América Latina. El hecho que la revolución haya "modernizado" aún más a Cuba tiene consecuencias un tanto irónicas. El peso de la clase media es uno de los temas más debatidos acerca de la vieja Cuba. Lo irónico es que, gracias a la revolución, los sectores medios hoy si tienen un peso indiscutible que debiera ser decisivo para el desarrollo nacional. Uno de los logros más relevantes y no siempre reconocido de la revolución es precisamente la ampliación numérica y geográfica de los sectores medios. Mientras que antes de 1959 el doce por cien de la población mayor de quince años había completado un mínimo de ocho años de enseñanza y más de la mitad de éstos vivían en la ciudad de La Habana, a mediados de los ochenta (las cifras no son exactamente comparables), casi un cuarenta por cien de la fuerza laboral tenía el nivel educacional antes mencionado y casi las dos terceras partes de éstos vivían fuera de las provincias habaneras. Ahora bien, el problema es que una sociedad transformada por una revolución no se puede gobernar de la misma forma que una sociedad en revolución-- como era Cuba durante los años sesenta. El modelo político de partido único que la revolución adoptó desde principios de los sesentas y que institucionalizó a partir de los años setenta hoy se encuentra en absoluta bancarrota. Si el vanguardismo históricamente fue útil para tomar el poder y consolidarlo, su defensa hoy es insostenible, excepto quizás como medio de retener el poder, y aún así, no a largo plazo. Sin oposición no hay política y sin derecho a disentir no hay democracia. El llamado perfeccionamiento del sistema político cubano se desarrolla estrictamente bajo los parámetros establecidos por el Partido Comunista, el socialismo, y el liderazgo de Fidel Castro. La dirigencia cubana no concibe otra visión de la nación cubana de la que fue posible durante las últimas tres décadas. Me pregunto si esa ciudadanía, esos graduados universitarios, esos técnicos medios, esos obreros calificados, que en su mayoría nacieron o se hicieron adultos después de 1959 no tendrán ideas propias y distintas a las de la dirigencia, tanto en torno a la coyuntura extraordinariamente tensa que enfrenta el país como con respecto al aseguramiento de la independencia de Cuba (que nunca ha sido, es, ni será absoluta) para las futuras generaciones. Me respondo que sí pero dudo asimismo que el sistema político cubano tal y como opera actualmente pueda recoger esas ideas, sobre todo las contrarias, y darles cabida para beneficio del país. No obstante, esos sectores medios se hacen oír y la dirigencia cubana los reconoce aunque sea para criticarlos. A finales de diciembre de 1991, Carlos Aldana leyó un informe ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, en el cual nos dió una idea de sus corrientes de pensamiento. Dijo Aldana: Creo también que constituye una parte blanda de nuestra sociedad cierto segmento que pudiéramos ubicarlo en el seno de nuestras capas medias. . .que se ha ido constituyendo poco a poco en el exponente de una percepción de la situación del país y de sus posibles soluciones a partir del nivel de vida que ellos han alcanzado. . .desde una óptica pequeñoburguesa . . .No comprenden la verdadera prioridad de la Revolución, empiezan a conformar un pensamiento del cual ya nosotros vimos algunas señales en la discusión del Llamamiento al IV Congreso del Partido y nos hemos enfrentado en algunas discusiones-- que viene reflejando las consecuencias del desmerengamiento, que viene reflejando el pesimismo y el fatalismo de una lectura mediocre de la historia, y una falta de fe en nuestro pueblo, en sus potencialidades y en la veracidad de nuestras posiciones y de nuestra política. El mero hecho que se mencionen estas corrientes en tan importante discurso me hace suponer que no son pocos sus suscriptores. Es posible que este "cierto segmento" sólo pretenda defender su nivel de vida relativamente privilegiado. Pero también es posible que, además de defender sus propios intereses, estos sectores tengan ideas y proyectos que ayuden al país. ¿O es que sólo los que están en el poder tienen una visión desinteresada de los intereses nacionales? El gobernar bajo los códigos de la revolución cuando la sociedad responde fundamentalmente a otra dinámica indudablemente agudiza la crisis actual, cuya gravedad sólo es comparable con la de finales del siglo XIX. Y el encontrarle una salida-- sobre todo una que no comprometa lo positivo de la herencia de la revolución --requiere que se ventilen muchas ideas y muchos puntos de vista. La tensión entre los sectores medios y el poder político es, a mi juicio, sólo una dimensión de la dinámica social en Cuba de hoy día. Constituye, no obstante, un pedazo importante en el rompecabeza sociológico que debemos armar para entender la complejidad social cubana. Para poder identificar cada pedazo-- el rol y las características del estado, la interacción de los diferentes sectores sociales, el funcionamiento de la economía oficial y la llamada segunda economía, el peso de las diferentes ideologías, las relaciones raciales y de género, et cétera --para eventualmente armar el rompecabeza (quizás los rompecabezas) y para que el ejercicio sociológico trascienda lo académico hace falta un contexto político favorable a la discusión y a la divergencia. La intransigencia y la intolerancia, sin embargo, están a la orden del día en todas partes. Desafortunadamente, la política en Cuba se encuentra atascada en el círculo vicioso del hostigamiento de los Estados Unidos. La férrea unidad de los sectores revolucionarios fue, sin duda, imprescindible para consolidar la revolución. A pesar de sus costos, esa unidad y el relativo monolitismo que conllevó se enraizaron en el apoyo de la abrumadora mayoría del pueblo cubano. Hoy en día, las mismas o muy parecidas prácticas no tienen la misma contrapartida popular. Gobernar con el mismo estilo y las mismas premisas ha sido contraproducente para renovar el socialismo y las bases del poder político. Respuestas "militarizantes" a la muy particular "guerra de baja intensidad" que los Estados Unidos han librado contra Cuba han contribuído decisivamente a la crisis actual. Por otra parte, el objetivo de la política impulsada por los elementos más reaccionarios de la comunidad cubana y la administración Bush es la ruptura total con los últimos treinta y tres años-- lo cual probablemente ocurriría violentamente. Y ese evidente objetivo es uno de los factores que afinca a los dirigentes cubanos en la política de resistencia. El que las intransigencias coincidan y otras visiones tengan tan pobre cabida en nuestro panorama político es trágico para Cuba. Hace unos meses el periódico Granma publicó un editorial que descartaba la posibilidad de una tercera opción entre el "imperialismo" y la "revolución". Pese a Granma pienso que la única manera de salvaguardar la herencia de la revolución es precisamente abriendo espacio contra las intransigencias y creando nuevos contextos políticos. La creación intelectual puede jugar un papel importante en estos procesos. Si bien la experiencia cubana de antes de 1959 dió lugar a un pensamiento que hizo énfasis sobre la cuestión nacional y las desigualdades sociales y que luego se incorporó a la revolución, la de la revolución y el socialismo nos debe obligar a analizar con imaginación las características del poder político y esbozar, sin desestimar lo nacional y lo social, las formas de pluralismo que sean más viables en la Cuba del futuro. Lo sociología y el quehacer intelectual, por lo tanto, nos pueden ayudar a repensar a nuestro país e imaginarnos una Cuba que supere los últimos treinta y tres años sin repetir la que existió hasta 1959. Si así lo lográramos estaríamos contribuyendo a que nuestra cultura política y, por ende, nuestra política adquieran matices de tolerancia y de democracia que nos permitan convivir dondequiera que vivamos, con mayor respeto de lo que hemos hecho hasta ahora lo cual-- no tengo dudas --redundaría en el bien de Cuba.
por Enrique Baloyra-Herp, PhD. Politólogo. Profesor titular de la Escuela de Postgrado en Estudios Internacionales de la Universidad de Miami, Florida. Presidente de la Coordinadora Social Demócrata. Ultimamente observadores y diplomáticos han creído descubrir en la comunidad cubana de Miami ciertos matices contradictorios a la imagen que tradicionalmente se ha tenido de ella. Importantes órganos de prensa de este país comprenden ya que dicha comunidad ni es monolítica ni habla con una sola voz, y así lo han reportado al público norteamericano. No pasa una semana sin que corresponsales extranjeros se acerquen a confirmar este dato por cuenta propia, atraídos por la cacofonía y los altercados intramurales de la comunidad. Algunas figuras internacionales interesadas en el tema cubano-- como Raúl Alfonsín, Pierre Schori, Oscar Arias, y otros en el anonimato --han venido a expresar su preocupación por un desenlace catastrófico en Cuba, dándose a conocer y profundizando su amistad y compromiso con los cubanos demócratas de afuera. Todo esto está muy bien pero, ¿llegarán éstos en algún momento a tomar la ofensiva y a liderear los asuntos de la comunidad? Parece contradictorio afirmar que haya cubanos demócratas en cualquier parte, mucho menos en Miami o en La Habana. Pero así es. Entre los de afuera son notorios su anti-comunismo feroz, su preferencia por el partido y los candidatos republicanos, su recelo hacia toda la agenda de los derechos civiles y sus preferencias ideológicas conservadoras. La delegación cubana en la legislatura estadual de la Florida es republicana en su totalidad. Republicana y muy conservadora es la primera congresista cubana, electa por el Sur de la Florida. Todo esto es sabido. Pero no es menos cierto que los legisladores estaduales cubanos votan con los demócratas en materia de seguridad social, educación, salud y prestaciones sociales. No es menos cierto que el alcalde cubano de Miami se ha desvelado por mantener la paz entre los a veces antagónicos grupos étnicos del condado de Dade. Comparados a los grandes grupos que conforman los pilares tradicionales de los partidos, tanto los políticos cubanos electos como sus votantes están más cerca de los perfiles demócratas que de los republicanos. Es sabido que el grueso de ellos no se auto-perciben como "minoría", pero les basta pararse delante de un espejo para darse cuenta que no son anglo-sajones protestantes (WASP). Tanto en su perfil sociológico como en la mezcla de sus convicciones políticas, diríase que son Católicos étnicos (WECs o "white ethnic Catholics") parecidos a los italianos, polacos e irlandeses de este país; ni más ni menos ilustrados o progresistas que ellos son estos, nuestros bueyes. Las antiguas organizaciones para-militares han perdido una vigencia que no pueden recuperar ni con acciones aisladas ni con campañas de firmas reclamándole al presidente George Bush que se les reconozca a los exiliados el derecho a la beligerancia. Hay quienes hace veinte o treinta años tripulaban embarcaciones que llevaban a cabo acciones comando contra objetivos en la isla y que hoy se dedican a patrullar las aguas del Estrecho en avionetas, en busca de "balseros" huyendo de Cuba en artefactos de todo tipo. Hay otros que han cambiado los explosivos y la metralleta por el cabildeo, el trabajo de organización de partidos y las campañas publicitarias y de recaudación de fondos. Y aunque persistan la liturgia, la nostalgia y la retórica de la cruzada contra Castro, se entiende que ha llegado la hora de la política. El problema es que todavía ésta deja mucho que desear. Encuestas recientes de opinión ofrecen resultados contradictorios que por si solos retarían la imagen tradicional de un exilio monolíticamente conservador. Sondeos realizados en los dos últimos años, a partir del colapso del bloque soviético, confirman la división de criterios a varios niveles pero también una voluntad mayoritaria, en algunos casos abrumadora, de mantener una línea muy dura contra Castro-- explicable en parte por la tosudez y la represión mantenidas por el dictador. Por ejemplo, en los dos últimos años, no menos de seis de cada diez cubanos de Miami continúan apoyando políticas muy agresivas, incluyendo una invasión y acciones militares de los exiliados, oponiéndose a cualquier normalización de relaciones con el gobierno de Cuba y favoreciendo un endurecimiento del embargo económico. Pero, urgidos a expresarse sobre lo inmediato, los mismos entrevistados apoyan toda una series de negociaciones con el actual régimen para mejorar los derechos humanos, facilitar la reunificación de familias separadas, mejorar las comunicaciones telefónicas y tratar de promover un cambio pacífico a través de un plebiscito y elecciones-- ver el cuadro. De manera que el grueso de los exiliados apoyaría cualquier oportunidad de terminar con el régimen de una vez y por todas pero, ausente esto, no desdeñan cambiar la situación existente de otra manera. En lo que a políticas específicas se refiere, ya tanto hacia Cuba como en el fuero estadounidense, la comunidad cubana de Miami es mucho menos retrógrada de lo que se cree, inclusive progresista en muchos aspectos y cada día más parecida en sus opiniones al resto de sus conciudadanos. En dos aspectos muy concretos y relevantes a la Cuba del futuro, sólo uno de cada tres apoya la idea de devolverle sus inmuebles a los que salieron del país y siete de cada diez están a favor de mantener la educación gratuita y la medicina socializada en Cuba. Satisfacer esta última demanda, que parece estar en línea con el criterio de una mayoría en Cuba, estaría reñido con la economía política de corte neoliberal preconizada por los exiliados más conservadores. Pero todo lo que se escriba sobre las actitudes hacia Cuba de la comunidad hay que matizarlo con un dato que invita a la sobriedad: sólo una minoría reducida, uno de cada cuatro, parece dispuesta a regresar a vivir en Cuba. Aparentemente, aunque muchos están dispuestos a visitar o inclusive invertir en Cuba, la mayoría no contempla recomenzar sus vidas por segunda o tercera vez. Esto obliga a replantear y repensar ciertas cosas. Cuadro No. 1 Opiniones de la comunidad cubana de Miami sobre temas concernientes a Cuba (en porcentajes de todos los encuestados) ..................................................................................Abril..........Marzo ...................................................................................1992...........1991 (1) Opiniones sobre el presente: USA debe apoyar rebelión armada interna......................-...............79 USA no debe normalizar relaciones.................................-...............70 Apoyan incrementar presión económica..........................69..............80 Prefieren la confrontación................................................66.............65a Apoyan acción militar de los exiliados...............................-...............71 Apoyan invasión de USA a Cuba......................................-...............56 Apoyan negociaciones con el gobierno de Cuba para. . . -----establecer un diálogo nacional....................................-...............36 -----facilitar la reunificación familiar....................................-...............73 -----mejorar derechos humanos en Cuba...........................-...............82 -----promover cambio pacífico por elecciones y plebiscito..-...............59 -----mejorar las comunicaciones telefónicas........................-...............58 .....................................................................................Abril...........Marzo .....................................................................................1992............1991 (2) Opiniones sobre el futuro Viviría en una Cuba democrática.......................................24..............27 La gente que salió no tienen derecho a reclamar casas de su propiedad en Cuba...........................33................- Deben mantenerse la medicina socializada y la educación gratuita.......................................73..............- Características del estudio: tamaño muestral (n)..........................................................437..........600 margen de error (%)............................................................3..............4 tipo: teléfono (t), en persona (p).........................................(t)............(p) Fuentes: uentes: Encuesta de Abril 1992, cortesía de Bendix & Associates. Encuesta de Marzo 1991, datos tomados de Guillermo Grenier y Hugh Gladwin, "Views on Policy Optins toward Cuba Held by Cuban-American Residents of Dade County, Florida." Mimeo. Institute of Public Opinion Research (IPOR), Florida International University. March 1991, p. 3. Nota (a ): Este dato proviene de Bendixen & Associates, encuesta telefónica de 26-29 Abril 1991 con 224 cubanos y con un margen de error de 6.6 por cien. Lo más esencial es que individuos y organizaciones de la comunidad no pueden eludir el replantearse en qué cuadros del tablero van a jugar. Tanto individual como colectivamente, los que vivimos en Estados Unidos gravitamos en tres coordenadas: lo norteamericano, lo cubano-norteamericano y lo cubano. Ignorar esto es posible pero el costo puede fluctuar entre el desastre y la irrelevancia. A un nivel político tenemos que decidir si nuestra conducta y nuestra estrategia hacia "Cuba" van a ser las de unos norteamericanos de origen cubano interesados en el tema, las de unos cubano-americanos que aspiran a tener una presencia en Cuba o simplemente las de cubanos que regresarán a vivir y a hacer política en su país. Como individuos va a ser muy difícil que podamos desempeñarnos en más de uno de estos tres canales de participación. Pero con las organizaciones es diferente; es posible, si se les concibe y dirige adecuadamente, que puedan ser efectivas en más de uno, aunque más les vale que no mezclen las metáforas y los discursos y que mantengan una coherencia mínima. Las organizaciones políticas más relevantes de la comunidad son una mezcla de estas expresiones, aunque puede que lo hayan hecho inconscientemente o por exigencias de un contexto permanentemente cambiante. Las organizaciones que van a sobrevivir en el futuro serán las que conscientemente puedan resolver este dilema. Como problema de estrategia política y como reto programático, el reconciliar las tres vivencias en una misma organización es un problema mucho más difícil que el concertar la mítica unidad del exilio o inclusive que llevar al régimen de La Habana a una mesa de negociación. Hasta la fecha, una sola organización se ha planteado este dilema, un poco a regañadientes e impuesto por las circunstancias, pero dista mucho de haberlo resuelto a cabalidad. En Abril de este año, la Fundación Nacional Cubano Americana fue mencionada como la organización con la mejor y más eficiente estrategia para democratizar a Cuba por un cincuenta por cien de los entrevistados por la firma Bendixen y Asociados. Creada a principios de los ochenta, y diseñada como una copia de las organizaciones de cabildeo de los hebreos norteamericanos, la Fundación ayudó a sacar al exilio de una etapa dominada por el activismo violentista, extremista e inefectivo de las organizaciones históricas inaugurando una nueva fase de activismo conservador contra Castro. La Fundación no es criatura del gobierno federal; es una organización norteamericana, con una agenda cubano-americana y una retórica cubana tradicional. El éxito de la Fundación estriba precisamente en que aprendió y juega muy bien a la política norteamericana, entremezclando el activismo político con la defensa de los intereses ecónomicos. En el decir de un prominente sociólogo cubano-americano, "la Fundación es la única organización hispana que en lugar de pedirle dinero a los anglo-sajones los ayuda en sus campañas políticas". La Fundación disfruta de una indiscutible ventaja sobre otras organizaciones en materia de recursos económicos, contactos parlamentarios en Washington, y acceso privilegiado a la Casa Blanca y a las agencias de política doméstica-- resultado de una década de activismo y cabildeo. El activismo opera a dos niveles retroalimentados. Por una parte las contribuciones monetarias facilitan el acceso a beneficiarios que una vez en posesión de sus cargos reciprocan los favores recibidos. Por la otra, a nivel individual, que determina el primero y lo refuerza, está el activismo como inversión. No se trata de una diferencia burda entre ideales e intereses sino de inversiones de dinero, cuantiosas en algunos casos, que por si mismas mantienen atentos a los contribuyentes. Mientras los activistas exiliados más tradicionales empleaban su tiempo argumentando y polemizando en las cafeterías y en las barberías de Miami, los gestores de la Fundación se dedicaban a organizar cenas pequeñas para convencer a empresarios claves de que invertir su dinero en la política no era cosa de locos, ya que además de abrirle camino a la causa de Cuba se promocionaban los intereses económicos y comerciales de quienes se sumaran a la empresa. Al cabo de una década de esto siguen las discusiones de cafetería y barbería mientras que la Fundación puede apuntar a logros muy concretos en la política estadounidense. Pero su desempeño en otros escenarios es mucho menos exitoso. Con la llegada de George Bush a la presidencia parecía como si la Fundación hubiese conseguido lo que los exiliados habían anhelado por mucho tiempo: voz y voto en todo lo concerniente a los asuntos cubanos en la política norteamericana. Esto parecía confirmar tres premisas que guiaron todo el desarrollo de la organización. La primera era que el convertirse en un factor relevante en la política norteamericana haría hegemónica a la Fundación en la política cubana. Otras dos premisas se derivaban de ésta. Una era que, logrado esto, la Fundación no iba a tener competencia efectiva por parte de ninguna otra organización de exiliados. La otra era que no hacía falta desarrollar una base política en Cuba ni concertar acuerdos o coaliciones con oposicionistas o inclusive oficialistas "de adentro", ya que el "final del juego" del Castrismo sería determinado "desde afuera". La caída del bloque soviético y la supervivencia de Castro en el poder confrontaron a la Fundación con nuevas disyuntivas y desafíos que no ha podido resolver a su entera satisfacción. En la comunidad se activaron otros intereses y otras alternativas políticas con una óptica distinta. Los demócratas cristianos, después de un largo período de activismo como movimiento, se convirtieron en partido. Los liberales se nuclearon alrededor de un grupo de intelectuales inquietos, de larga militancia anti- castrista. Los social demócratas agrupamos a antiguos presos políticos, académicos y militantes de organizaciones revolucionarias históricas en una Coordinadora. En Agosto de 1990, las tres organizaciones suscribimos un acuerdo en Madrid que engendró la Plataforma Democrática, una coalición comprometida con una solución pacífica al problema cubano que comenzó a cabildear a nivel de las internacionales partidistas, a establecer contactos con gobiernos que no fueran el de Estados Unidos y a estrechar lazos con homólogos en Cuba. En Cuba surgieron organizaciones disidentes y de derechos humanos que, si bien no le disputaron explícitamente el liderazgo al exilio en el despliegue y la ejecución de una estrategia pacífica para cambiar el régimen, tuvieron que ser reconocidas como un nuevo factor en la dinámica del cambio en Cuba. La Plataforma llegó a donde la Fundación pensaba que no había que llegar: a gobiernos que mantenían relaciones con el régimen fidelista, a internacionales de partidos opuestos a la política estadounidense hacia Cuba y hasta lo más recóndito del oficialismo en Cuba. A pesar de no haber hecho un cabildeo sistemático en Washington, ha habido que incluir el punto de vista de la Plataforma en las audiencias de los comités congresionales interesados en el tema de Cuba. Calladamente, sin aspavientos innecesarios, sin vedettismo ni sensacionalismo, los socialdemócratas de la Coordinadora hemos puesto nuestros contactos internacionales y de Cuba al servicio de esta política de solución negociada, defendida por nosotros desde antes que existiera la Plataforma. Si ésta pudo llegar a donde la Fundación ni se lo imaginaba fue porque sus integrantes llevábamos años tendiendo puentes y haciendo contactos. Ahora recogemos el fruto. Sabido es que la Fundación apoya decididamente la política de línea dura y de solución externa a la crisis de Cuba, que es el terreno donde sus ventajas comparativas la hacen más efectiva. Pero en lugar de contentarse con enmudecer o quizá menospreciar los gestiones de otros, que han contribuído a debilitar más al régimen ya que lo han confrontado con su desprecio por su propia legitimidad-- al no dar cabida a organizaciones legítimas, al rechazar dos campañas de firmas que reclaman un plebiscito y que cumplen con todos los requisitos legales, y al desdeñar ofertas de diálogo y negociación con organizaciones que han renunciado a la violencia --ante una audiencia internacional, la Fundación ha optado por el Macartismo. En el ámbito de Miami se movieron influencias para cerrarle el acceso a los medios de prensa a otras voces de la comunidad, a tratar de impedir su acceso a los comités congresionales y a desprestigiar todas las iniciativas por el cambio pacífico. En esto la Fundación se ha comportado como una de las organizaciones tradicionales, es decir, como un movimiento político autoritario y exclusionista, opuesto a la concertación honorable y a las soluciones democráticas. Durante el año noventa, la Fundación puso en entredicho la campaña por un plebiscito en Cuba, cuestionó la buena fe y el patriotismo de los que, enfrentados al régimen en Cuba estaban pagando su osadía asediados por turbas organizadas por el oficialismo, vigilados de muy cerca por la Seguridad del Estado o iendo a parar a la cárcel. En el noventa y uno, y al verse en desventaja en Cuba y distante de cancillerías de países que había descuidado, la Fundación trató de abrirse camino en esos frentes. En su campaña por incrementar la línea dura la Fundación se valió del recrudecimiento de la represión en Cuba. Naturalmente, todo esto polarizó a la comunidad, reeditando las consabidas quejas de falta de unidad entre los cubanos. Sin echarle culpas a nadie, y asumiendo que se trata de conciliar dos posturas frente a la Cuba oficial, y que cada uno tiene que resolver sus propias contradicciones, tendríamos que preguntar que tendrían que hacer la Plataforma y la Fundación para por lo menos no obstaculizar sus logros respectivos. El actual dilema de la Fundación es muy sencillo, no puede seguir siendo un monstruo de tres cabezas: una organización plantada en el "mainstream" norteamericano, con pretensiones de que auspicia la democracia en Cuba y que, para mantener su popularidad en el exilio tradicional, defiende la intolerencia y se vale de tácticas autoritarias. La Fundación está atrapada entre las exigencias de la retórica derechista tradicional, que nunca ha abandonado, y la necesidad de adoptar una actitud y un comportamiento más consecuentes con una imagen pública de organización que aspira a llevar la democracia a Cuba. Esto no se resuelve enviando mensajes video-filmados de "reconciliación nacional" a los "hermanos de la Seguridad del Estado" mientras se acusa de traición a los disidentes en Cuba y a quienes los apoyan en Miami. Además, la Fundación está seriamente descolocada frente a Cuba. Basta oír cualquiera de los mensajes o transmisiones de la Fundación hacia Cuba para darse cuenta de lo poco que está en sintonía con la realidad del país, de lo mucho que dista de ser una opción confiable para la mayoría de la población-- para la cual la agenda y los principios social demócratas no son ninguna "bobería", como pretende la Fundación. La Fundación tiene que decidir si quiere ser una organización cubana en la política de Cuba--aunque podría conformarse con ser una organización de cabildeo que defienda intereses cubano-americanos, cosa muy honorable, por cierto. Pero no puede ser ambas cosas. No puede ser una influencia beneficiosa en Miami si continúa enfrascada en cacerías de brujas. No puede pretenderse la única opinión válida y representativa de la comunidad a costa de censurar a los demás. No puede desorientarse con su retórica de que lo que cuenta es el acceso al gobierno federal cuando otros desarrollan una labor efectiva fuera del país encaminada a "desamericanizar" el problema de Cuba. Y no puede presentarse como un contrincante independiente frente a La Habana si persiste en el papel de sobrino favorito del Tío Sam, el cual la descalifica como actor independiente que es. Para la Plataforma Democrática, el reto está en mantener vigentes sus tesis, a pesar de las rotundas negativas del gobierno cubano, en una etapa que parece llevar a la nación a un desenlace catastrófico, y con el resultado neto de envenenar aún más el ánimo de los de afuera. Quienes en ella menosprecian los logros de la Fundación andan patinando en hielo muy fino. No es posible enfrentarse al régimen sin el apoyo de por lo menos una pluralidad de los de afuera. Una cosa es restaurar a su debido lugar la contradicción principal de la política cubana contemporánea-- la de Fidel Castro frente al pueblo cubano --y desenfatizar la que se ha pretendido presentar como más relevante-- es decir, la confrontación entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos. Pero no podemos ignorar los sentimientos y las preocupaciones de nuestros compatriotas de Miami-- por muy primitivos o inmaduros que éstos nos parezcan. Tenemos una obligación de educar a nuestra gente para la democracia, dondequiera que estemos. No podemos obviar la dimensión cubano-americana. El ámbito estadounidense es un terreno muy descuidado por quienes se sienten primordialmente comprometidos con Cuba y recelan de ser vistos como demasiado cercanos al oficialismo estadounidense. Por otra parte, se preguntan muchos, ¿no es casi un sacrilegio andar gastando dinero en cosas de "aquí" cuando hay tanta necesidad "allá"? Por el momento, cualquier pelea con la Fundación en este terreno es de león a mono amarrado. Pero aunque esta última le resulte antipática y prepotente a mucha gente, y aunque en realidad nadie sea favorito de una "mayoría" de la comunidad, pues últimamente el hastío y la desesperanza parecen ser los candidatos favoritos de los cubanos, mientras los candidatos de ambos partidos reciban dinero primordialmente de la Fundación ésta será la única que aparezca en las pantallas de radar de los legisladores y de los políticos norteamericanos. Mientras esto prevalezca y los demócratas de afuera no nos decidamos a contar con el favor de una mayoría "aquí", la otra cara de la luna del exilio cubano le seguirá siendo invisible a muchos. No podemos cruzarnos de brazos. No podemos encerrarnos en una jaula dorada a la espera de oportunidades propicias en Cuba. Tenemos que acumular fuerza "aquí". De lo contrario, ¿dónde vamos a adquirir la experiencia necesaria para organizar partidos y participar en elecciones? ¿Dónde vamos a formar militantes que puedan asesorar a nuestros compatriotas de allá en la labor de crear partidos y organizar campañas políticas? ¿O es que pensamos en una Cuba sin esas "boberías" como partidos, elecciones y candidatos? Quien crea posible la democracia sin nada de esto probablemente creerá también en los Reyes Magos o que Elvis Presley realmente está vivo y se ha metido a monje trapense en un monasterio de Kentucky. ¿Necesitamos los demócratas de afuera hacer un esfuerzo sobrehumano para democratizar lo cubano? Probablemente no, pero un serio esfuerzo habrá que hacer, ya sea llegando a algún acuerdo entre todos-- similar a los pactos de régimen de otras transiciones --o subiéndole la parada a la Fundación en temas muy específicos, como el de su duplicidad, para poner las cosas en su lugar. De otra manera será muy difícil elevar el tema de Cuba por encima de la demagogia, la chabacanería y la mediocridad usuales. La dictadura de Fidel Castro es demasiado dura y su crisis demasiado real y peligrosa para permitirnos otra cosa. Notas: 1.- Cabe señalar aquí que le encuesta citada exageró la representatividad de los núcleos más tradicionales del exilio: vecinos al norte de la calle Flagler, que no están registrados para votar, que ganan menos de $20,000 dólares anuales y de más de cincuenta años. Este no es un grupo cubano-americano sino primordialmente cubano. 2.- De buenas a primeras, a dirigentes de la Plataforma Democrática se les hizo muy difícil el acceso a Radio Martí. En Miami, otros comentaristas fueron sacados del aire respondiendo a presiones de comerciantes afiliados a la Fundación, que amenazaron con retirar sus anuncios de las emisoras. Por otra parte, el empecinamiento de la Fundación por mantener en el aire a TV Martí, cuya señal es recibida por una pequeñísima audiencia en horas de la madrugada en Cuba, parece responder más al deseo de proteger su imagen de grupo influyente que de tener impacto efectivo en Cuba. Para una crítica de este proyecto ver, inter alia, General Accounting Office, "TV Marti: Costs and Compliance With Broadcast Standards and International Agreements," GAO/NSIAD-92-199 (May 1992). 3.- Se calificó de "traición" una convocatoria a un diálogo nacional que incluyera a los exiliados-- cosa que provocó la ira del gobierno --lanzada por disidentes en Cuba. 4.- Prueba de que toda esta agresividad era calculada es que, en privado, las relaciones entre líderes de la Fundación y de otras organizaciones se mantenían a un nivel civilizado. Inclusive, pocos meses después de la denuncia de traición, The Miami Herald publicó una carta confidencial de la Fundación a la persona que había sido blanco de esos ataques en Cuba sugiriendo una reconciliación.
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