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Organo Oficial de la Coordinadora Social Democrata

Julio del 2004

Contenido de esta Edicion:

Un medico en presidio ,entrevista con el doctor Lino B Fernandez

El reino de la doble moral, por Carmelo Mesa-Lago,Pittsburg

DERECHOS HUMANOS Y SOCIEDAD DE LA INFORMACION EN CUBA

 

Un medico en presidio

Fragmento de una entrevista con el doctor Lino B Fernandez

encuent ro

 Click

Yo caigo prisionero cuando intentaba alzarme contra el Gobierno de Castro,

en la madrugada del 17 de febrero de 1961. Estoy dos meses en la prisión de

Seguridad del Estado, en Santa Clara, hasta que me trasladan al cuartel de

Topes de Collantes, donde encontré unos 170 prisioneros amontonados en el

piso. No había colchonetas ni baños ni servicios sanitarios, no había nada.

 

Cundió una epidemia de paperas; veías a los hombres doblados por la horquitis.

La vida no valía mucho en aquel momento, a la gente la sacaban de

madrugada al paredón. Entonces nos declaramos en huelga de hambre porque

empezaron a traer heridos del Escambray, algunos con heridas en la cabeza,

y los tiraban a morirse donde estábamos nosotros. Éramos unos cuatro

médicos, no teníamos con qué curar a la gente. Como respuesta nos meten

en una fragata y nos zumban para Isla Pinos. Recuerdo que fue el 2 de julio.

 

En Isla de Pinos me meten en una celda de castigo, en un calabozo pequeñísimo

donde no había absolutamente nada. Allí pasé 100 días aislado, totalmente

desnudo. De ahí me mandaron para una de las circulares del Presidio

Modelo. En cada circular había cinco pisos, 93 celdas en cada uno, 3 prisioneros

en cada celda. Teniendo en cuenta la cantidad de circulares habría unos

6.000 prisioneros políticos allí en aquel momento.

 

El trabajo forzado en Isla de Pinos fue muy duro: romper marabú, arrancar

raíces, trabajar en las canteras de mármol. Se trabajaban 12 horas o más al

día. Los que se negaban a ir eran tremendamente golpeados; recuerdo el caso

de Alfredo Izaguirre, director del periódico El País, que fue brutalmente maltratado

y luego sufrió las secuelas en el exilio. En Isla de Pinos sabíamos que

nos estaban poniendo a trabajar como esclavos. Entonces, como una forma de

protesta, la gente empezó a trabajar a ritmo lento y hubo mucha represión en

el campo, particularmente en algunos bloques como el de los estudiantes,

que fue muy golpeado, lastimado con una saña realmente asombrosa. Recuerdo

días que llegaban gentes con la espalda hecha llagas por las marcas de las

bayonetas. A veces llegaban incluso muertos. El primer día que empezó el trabajo

forzado, por ejemplo, hubo un muchacho que hizo cierta resistencia y lo

mataron. Lo atravesaron con una bayoneta por el estómago. Se llamaba

Ernesto Díaz Madruga. Al día siguiente todo el mundo salió con sombrero al

campo en señal de respeto al que había muerto. La gente cada vez trabajaba

menos, mientras más represión y más golpes, menos trabajaba. La violencia

contra los prisioneros en el campo de trabajo era diaria, pero los asesinatos se

producían al final del trabajo. Algunos castigados eran llevados a los calabozos,

allí eran golpeados y lastimados y algunos fueron tiroteados y murieron, nunca

más los volvimos a ver. Recuerdo, por ejemplo, un jovencito de 19 años, que

había sido miembro de la Marina de Guerra revolucionaria y era paciente mío.

Tenía sus cosas, no dormía y cosas así y yo lo ayudaba. Fue llevado al calabozo

por cualquiera de las cosas usuales del trabajo forzado y allí lo designaron.

 

En el presidio de Isla de Pinos se atropellaba mucho al preso. La guarnición

se colaba dentro con mucha frecuencia a hacer requisa y a romperlo

todo, a botarlo todo y por supuesto a golpear. Eso era frecuentísimo. Yo viví

varias situaciones de esas, de entrar 300 miembros de la guarnición simultáneamente

rompiéndolo todo y de obligar a todos los prisioneros de la circular a

bajar a un espacio custodiado con ametralladoras y decirle a todo el mundo

que se tirara al piso. Pero el piso de una circular era un lugar espantoso, un

fanguero, lleno de hongos, donde cae toda la basura y nunca jamás da el sol.

Alguna gente dijo: «Yo no me tiro al piso». Entonces los guardias empezaron

a disparar con ametralladora calibre 30 y todo el mundo tuvo que tirarse al

piso, y allí, en esa inmundicia, estuvimos durante horas y horas, de madrugada

y a cada rato sonaba una ráfaga. Mientras tanto, los guardias registraban la

circular, lo botaban todo, lo rompían todo.

 

Eso era muy frecuente, de modo que los prisioneros fueron aprendiendo

que algo tenían que hacer. Hubo un día que la guarnición entró en la circular 2

con uno de los jefes más agresivos al frente. Nos obligaron a bajar a algunos.

Pero la guarnición siguió entrando de forma violenta. La gente se volvió como

loca arriba; algunos se tiraron al patio, hubo fracturas de piernas inclusive, por

que si te cogían en los pisos imagínate, estabas expuesto a todo, y la gente prefería

tirarse desde donde estaba antes que soportar los bayonetazos y golpes de

los guardias. La cosa se puso caliente, fea. Los prisioneros les partieron para

arriba a los guardias. Entonces la guarnición empezó a calar bayonetas. Hubo

algunos prisioneros, entre ellos yo, que nos decidimos a parar aquello y a no

permitir un abuso más. Les gritamos que si querían entrar a los pisos, magnífico,

pero que la guarnición no se podía colar de aquella manera, abusando y

golpeando. Fue un momento de muchísima tensión, pero aquello cesó. Se recogió

a los que tenían fracturas, a los heridos, y se los llevaron para el hospital.

 

La cantidad de enfermos en Isla de Pinos era increíble; la prisión era muy

sana en el verano y una nevera en el invierno, porque por cada una de las 93

ventanas de cada uno de los pisos de cada una de las circulares lo que entraba

era un vendaval de aire. No se permitían las cortinas. Entonces vivir allí, en

aquellas celditas, muerto de hambre y sin buenas frazadas era terrible, y más

si tenías que salir al campo al día siguiente. Si te caías desmayado en el trabajo,

seguro que cogías bayoneta. Yo nunca he visto seres humanos bajo tanta

presión. Cuando regresaban del trabajo empezaba mi odisea. Antenderlos,

ver a los enfermos, hacer las listas de los que yo pensaba que no estaban en

condiciones de salir a trabajar. Yo entregaba esas listas a la guarnición. A

veces, a las cuatro o cinco de la madrugada me pasaban una bayoneta por el

pecho, «¿Y esa lista? Te voy a sacar al campo. Te voy a meter la bayoneta por el

culo». Yo les decía «Resuelvan ustedes los problemas que crearon». Había

muchos enfermos en la cárcel: de hambre, de parásitos, de golpeaduras, de

terror. Entonces lo mismo tenías que dar psicoterapia o que poner inyecciones

de antibióticos. Habíamos dejado ciertas celdas como botiquín. Éramos

varios médicos presos y nos turnábamos el trabajo de asistencia. Una de las

cosas más duras eran las autolesiones, gente que se autolesionaba para no

salir a trabajar; gente que se cortaba, gente que se quemaba la piel, por ejemplo

que se inyectaba petróleo en las rodillas y que se provocaba una artritis

tremenda, de tipo química. Y es que la gente estaba muy alterada por el

miedo a recibir golpes de bayoneta o a que los matara el guardia o a que los

mandaran a los calabozos. Había también muchos prisioneros que padecían

de depresiones o de otros problemas serios de salud mental.

 

Como convivíamos con ellos teníamos la doble condición de ser prisioneros

y de convivir con los pacientes. Uno sabía la relación directa que había entre

las comidas y las diarreas que la gente tenía, por ejemplo, o cuando había epidemias

infecciosas. Teníamos que estar siempre en ese sitio límite entre el prisionero

—del cual nos sentíamos parte y con los que estábamos tan involucrados

emocionalmente—, y los carceleros a los que tenías que plantearles las

necesidades. A veces nos acusaban, los muy cínicos, de que no queríamos dar

el servicio que la gente necesitaba. Yo les decía que éramos presos, que los problemas

eran reales y que eran ellos quienes los habían creado y tenían que

resolverlos, que era responsabilidad de quienes nos tenían presos, mantener la

salud de los prisioneros. Nosotros estábamos ahí, disponibles para todo el

mundo, trabajando constantemente con la gente, pero no éramos, ni queríamos

ser, empleados de los carceleros ni vivir en el hospital, ni tener condiciones

distintas a las de los demás. Éramos presos. Médicos presos.

 

Los prisioneros, también, llegaban a Isla de Pinos con una carga previa tremenda

me contaban muchísimas cosas. Muchos venían de El Escambray, por

ejemplo, de las guerrillas de El Escambray donde hubo muchos fusilamientos

masivos de alzados, sin ningún tipo de juicio. Hubo también interrogatorios

terribles en Las Pocetas de Topes de Collantes. Eran unas pocetas situadas en

la punta de la montaña, famosas por el frío tremendo que había en ellas,

donde fueron sumergidos muchos prisioneros totalmente desnudos durante

los interrogatorios. Uno de ellos, muy joven, llamado Silvio Martínez, miembro

de la Juventud Auténtica, me contó en Isla de Pinos que había sido interrogado

personalmente por Fidel Castro, quien le propuso que hablara y que

después se lo llevaría a trabajar directamente con él. Silvio no habló, lo metieron

en la poceta y luego lo mandaron a la Isla de Pinos, enfermo.

 

El Presidio Modelo de Isla de Pinos lo cerraron en el 67 porque aquello

era una olla de presión o quizá para quitarle visibilidad al problema, porque

el hecho es que el presidio político no terminó ni mucho menos. Yo salí de

Isla de Pinos en el 66, cuando me mandaron para La Cabaña, frente a la

bahía de La Habana; había estado 5 años preso y me quedaban todavía otros

13. La diferencia ente el Presidio Modelo y La Cabaña es la que existe entre

 

un palacio y una jaula de ratones. El Presidio Modelo había sido construido

durante la república y hacía honor a su nombre, lo malo allí eran las torturas,

las requisas y el trabajo forzado. La Cabaña era una fortaleza colonial con las

galeras llenas de ratas, infectas, sin ventanas, con una rejilla al fondo. Allí, por

lo menos, no había trabajo forzado, pero en cambio, todos los días, cuando

hacían el recuento, tenías que salir de la galera corriendo. Si ibas despacio te

pegaban con la bayoneta. Ya hay un momento inevitable en el que quien es

golpeado se rebela, siempre pasa. Y entonces era peor.

 

Una vez protestamos 16 y nos pegaron con la bayonetas en la espalda, en la

cabeza, en los brazos. En lugar de curarnos nos enviaron a las capillas, unas celdas

pequeñísimas, de 6 pies de largo por 8 de ancho, 16 personas. Un calor

horrible; el vapor se condensaba porque el techo era muy bajito. Sólo 2 se podían

tender a la vez. El resto tenía que estar en cuclillas. Nos turnábamos para

tendernos cada 2 horas. Así estuvimos 11 días. Al cabo de 6 días aquello se hizo

horrible, el infierno, en esa tensión, en ese calor, el «muévete de aquí», «ponte

para allí». Yo soy psiquiatra. En esas condiciones, empiezan las broncas, es inevitable.

Recuerdo haber tenido que intervenir muchas veces; sé cuándo una persona

está en pánico, cuando empiezas a ver ciertas expresiones. Tuve que intervenir

varias veces para evitar estallidos de violencia y a los 6 días decidimos

entrar en huelga de hambre y sed porque allí no íbamos a resistir, nos íbamos a

matar unos a otros. Nadie resiste más de 6 días sin agua. Al cuarto día de huelga

vinieron a hablar con nosotros, los voceros, César Páez, Alfredo Izaguirre y yo.

Les dijimos: «Les queda un día para empezar a contar los muertos». Al día

siguiente nos sacaron. Era el día 11 de nuestra estancia en la capilla.

 

Poco después me trasladaron al Castillo de El Príncipe, otra fortaleza de

tiempos de la colonia, otro lugar horrible. Me metieron, junto a otros políticos,

en un chinchorro de presos comunes llamado La Leonera. Un chinchorro

es un lugar cerrado, sin agua ni servicios sanitarios ni nada, donde estás

aislado del resto de los prisioneros.

 

Nos metieron allí con los presos comunes más violentos; había también

jóvenes Testigos de Jehová presos por haberse negado a hacer el Servicio Militar

Obligatorio, que habían sido violados por esos presos comunes. Nosotros

impusimos nuestra autoridad: «ustedes de este lado y nosotros de este otro;

no pueden tocar más a los Testigos de Jehová». Impusimos respeto, orden, y

no tuvimos problemas con los comunes. Pero las autoridades quisieron imponernos

el uniforme de presos comunes y nos declaramos en huelga de hambre.

 

Estuvimos 17 días. Luchábamos por nuestra dignidad y contra un plan

siniestro: hacer ver que el presidio político había desaparecido. Claro, clausuran

el Presidio Modelo, nos meten en cárceles de la colonia, nos visten de

comunes, nos mezclan con comunes y dicen que no hay presos políticos en

Cuba. ¡Si todavía hoy, tantos y tantos años después, sigue habiéndolos! Bueno,

en total estuvimos en huelga de hambre, desnudos, durante 11 días. Al final

murió uno de nosotros. Era un hombre muy fuerte, pero comió mucho inmediatamente

después de la huelga y no pudo aguantar. Yo había dicho «Stop.

 

No coman inmediatamente. Tomen agua con azúcar, sólo líquidos». Pero él

ya no estaba con nosotros, comió y murió. Ser médico donde no hay hospital,

donde no hay medicinas, donde no tienes nada que hacer, nada que dar salvo

consejos, es realmente muy duro y muy difícil. Después de El Príncipe me vuelven

a mandar para La Cabaña, donde estoy otros 2 años, del 68 al 70. Había allí,

entonces, dos galeras de homosexuales, que estaban presos por el mero hecho

de serlo, con más de doscientos presos cada una. Era horrible. En la galera

nuestra, de políticos, éramos 186 y estábamos como sardinas en lata; así que

imagínate ellos. Nada más que por el «delito» de ser homosexuales, nada más

que por eso. No los dejaban salir al patio jamás, no les daban chance a nada.

Después de La Cabaña me mandaron a la prisión de Guanajay, que también

había sido construida durante la república y que por eso era más humana,

tenía servicios, duchas, etc… y de ahí fui para la prisión de Melena, en

régimen semiabierto. Había empezado lo que le llamaban el Plan Progresivo

de Trabajo, que no era trabajo forzoso como el de Isla de Pinos, sino un plan

de rehabilitación de tipo diferente. Yo lo acepté en 1972 y fui para Melena,

una fábrica de prefabricado con barracas adjuntas. Necesitaban fuerza de trabajo

y la obtenían así. Una diferencia importante era que allí, por lo menos,

pagaban el trabajo. Estuve años trabajando en distintos lugares de la construcción

como peón, paleando arena, tierra, sin ningún contacto con la Medicina.

 

Estuve así hasta diciembre del 77. Después, cuando al fin obtuve la libertad

tras 18 años de cárcel, empecé a trabajar en el Hospital Psiquiátrico de

Mazorra como médico clínico. En septiembre del 78 empezaron los vuelos

hacia Estados Unidos. Yo vine en el tercer vuelo. Ya llevo 21 años en el exilio.

Creo que la gente de la Isla debe saber que gran cantidad de cubanos

sufrieron prisión durante estos años. Ahora bien, los ex prisioneros políticos

saben que la lucha por la libertad fue un camino libremente escogido. Existe

ahora una cosa en Cuba que se llama «prisioneros de conciencia», para mí

son lo mismo que nosotros, «prisioneros de conciencia». Los presos de la primera

hora no éramos privilegiados. De una forma o de otra la gente se rebela

contra lo que no es justo y siempre hay quien toma el camino más difícil;

nosotros tomamos el camino más difícil aunque quizá no el más eficaz.

En Cuba los cambios tienen que venir y la gente tiene que pensar en la

reconciliación nacional. Los prisioneros políticos fueron los que más sufrieron

en un período de tiempo, pero creo que le pueblo en general ha tenido

también mucho sufrimiento. Debe haber un encuentro nacional, darnos un

espacio los unos a os otros. Y no es que piense que no deba hacerse justicia; es

que me parece más importante que se recupere la memoria. Cuando caí

preso tuve la conciencia bien clara de que ni mis compañeros ni yo éramos un

quiste en el pueblo cubano. Si salí de mi país era porque mis hijos habían salido

antes, estando yo en presidio. Pero nunca hubiera querido salir de Cuba.

Salí con dolor. Creo que a muchos cubanos les pasó lo mismo. No había un

espacio para ellos en Cuba, por eso tanta gente ha ido a la diáspora. El pueblo

cubano debe entenderlo así.

 

El reinado de la doble moral
La polémica sobre las medidas de Bush y Castro: ¿Es justo que los cubanoamericanos apoyen la estrategia del hambre para estimular una rebelión en la Isla?
por CARMELO MESA-LAGO, Pittsburg

Cubaencuentro

 
Las medidas sobre Cuba, recomendadas por la Comisión Powell y aprobadas recientemente por el presidente George W. Bush, tienen como propósito aparente la reducción de los recursos que recibe el gobierno de Castro, a fin de debilitarlo; de la misma forma que las contramedidas adoptadas en Cuba supuestamente son una respuesta al gobierno de Estados Unidos. ¿A quiénes afectarán ambas políticas en la práctica? ¿Pueden ser ejecutadas a cabalidad? ¿Producirán los efectos esperados?
Protestas
Cubanoamericanos. ¿Fin de 25 años de acercamientos con la otra orilla?

La solución, a largo plazo, para terminar la división entre los dos pueblos (no gobiernos) de Cuba —en la Isla y en la diáspora— no puede ser una batalla a muerte entre más de un millón en el sur de la Florida y más de once millones dentro. Lo cuerdo, sensato y humano es la reconciliación nacional, aunque impartiendo la justicia adecuada y con la necesaria reconstrucción de la memoria histórica de la tragedia de los últimos 45 años.

La historia nos ofrece sobre este tema una lección ejemplar. La unificación de las dos Alemania se cimentó en la ayuda que la parte occidental dio durante muchos años a la oriental; esos lazos entre pueblos, familias e individuos se convirtieron en instrumento contundente para derribar el Muro de Berlín y terminar con la división.

En el mismo sentido, las acciones más importantes de los cubanoamericanos para reducir la animosidad entre los dos pueblos, forjar la reconciliación y fomentar la sociedad civil en la Isla, han sido las visitas familiares, las remesas de dinero y el envío de paquetes de alimentos y medicinas. Esos lazos familiares y humanitarios han hecho más para socavar el régimen totalitario cubano que 42 años de embargo de Estados Unidos. Las medidas de Bush erosionan el esfuerzo de un cuarto de siglo en pro de la reconciliación y, en realidad, dan munición a Castro para afianzarse en el poder.

El culpable de la catástrofe

El deterioro económico y social, durante los últimos 14 años, ha sido provocado por la desaparición del campo socialista y por las desastrosas políticas económicas de Castro. Por tanto, darle crédito al embargo por esa situación es ignorar al gran culpable de la catástrofe. Cuba comercia y recibe inversiones de Europa, Canadá, Asia, Oriente Medio y América Latina. Las inversiones en turismo, petróleo y níquel de esos países, así como el suministro de petróleo por la Venezuela de Hugo Chávez, en términos muy beneficiosos, han impedido el colapso de la economía cubana. Y si estas no han sido mayores, es debido a la suspensión y reversión de las reformas hacia el mercado.

El embargo no ha sido ni será capaz de impedir el comercio y la inversión en la Isla. La incapacidad del gobierno castrista para aumentar la producción y las exportaciones (con las cuales adquirir las necesarias importaciones), y el enorme y creciente déficit en la balanza mercantil, no el embargo, son las causas que han impedido que Cuba no haya extendido su volumen comercial.

Si 42 años de embargo no han conseguido derrocar el régimen totalitario cubano, ciertamente las nuevas medidas tampoco lo lograrán. Mas aun dichas disposiciones tendrán, por varias razones, escasos efectos económicos adversos para el gobierno de Castro.

El valor de las remesas, estimadas en $1.000 millones anuales, se ha exagerado, ya que varios estudios y una encuesta recientes aportan la fuerte evidencia de que no sobrepasarían los $400 millones. También se aduce que la eliminación de viajes innecesarios de cubanoamericanos a la Isla reducirá el flujo de divisas, pero esto es una minucia, comparado con los casi dos millones de turistas que visitan Cuba y gastan cerca de $2.000 millones anuales.

 
 
Será extremadamente difícil ejecutar a cabalidad muchas de las medidas. Por ejemplo, la reducción de los viajes —a uno cada tres años— no impedirá el intento de viajar a través de terceros países.

Para asegurar el tope de $300 que pueden entregar los que van a Cuba, ¿registrarán de manera ignominiosa, de pies a cabeza, a los viajeros? ¿Cómo se controlará que las remesas sean recibidas sólo por familiares "inmediatos" y no por tías, sobrinos o primos? ¿Acaso las agencias que hacen las transferencias o la Sección de Intereses de EE UU en La Habana desplegarán un ejército de inspectores en toda la isla para comprobar a quién se entregan las divisas? ¿Quién impedirá que se envíe dinero a un familiar inmediato y que éste luego lo pase a uno no inmediato? ¿Y cómo se controlará que los viajeros gasten sólo $50 diarios? ¿Se les seguirá hasta los restaurantes para asegurarse de que no sobrepasan esa suma en una comida con familiares "inmediatos"?

Peor aún, las medidas tendrán también consecuencias adversas, pero no para el gobierno cubano. Estimularán la ilegalidad y encarecerán el costo de viaje de cubanoamericanos desesperados, porque tienen al padre o la madre moribunda en Cuba, los cuales ciertamente arriesgarán la multa de $7.500 para viajar a través de Cancún o Toronto.

Tanto esfuerzo que ha hecho el exilio en torno a la familia, y ahora pocos se preocupan porque padres cubanoamericanos sólo puedan reunirse, cada tres años, con hijos que hayan dejado en Cuba, o viceversa.

¿Hambre para que haya rebelión?

Las medidas que puedan ser implementadas a cabalidad aumentarán el hambre, las enfermedades y la miseria de los cubanos, cuya mayoría es contraria al gobierno castrista. Si ese pueblo sufrido no ha podido rebelarse en masa contra el régimen, debido a la represión, mucho menos lo hará con más hambre.

Pero aun si esto fuese factible, ¿es justo y humano que los que vivimos en Estados Unidos, satisfaciendo nuestras necesidades, sin arriesgar vida, libertad o trabajo y con inmunidad para expresar nuestros criterios políticos, apoyemos una estrategia para estimular la insurrección de un pueblo depauperado, que depende de empleos miserables para subsistir a duras penas y que arriesga sanciones de 20 años de cárcel simplemente por escribir versos (como Raúl Rivero) o artículos sobre la economía cubana basados en cifras oficiales (como Oscar Espinosa Chepe)?

Por último, las medidas levantarán de nuevo un recelo hacia Estados Unidos y hacia el exilio. Un recelo que había sido aplacado por los lazos restablecidos en los últimos 25 años. Estas perjudicarán al pueblo, no al gobierno cubano, cuyos altos dirigentes continuarán disfrutando de comida abundante, acceso a todas las medicinas necesarias y atención privilegiada en los hospitales de las Fuerzas Armadas, así como a toda la gasolina que requieran.

Por otra parte, los mercaderes y productores agrícolas norteamericanos (muchos republicanos y varios en el estado de Texas) continuarán haciendo negocios con Cuba. Desde fines de 2001 han vendido $700 millones en productos agropecuarios a Castro, por lo cual EE UU se ha convertido en el principal suministrador de dichos productos y el sexto socio comercial de Cuba. Claro está que en esto no funciona el embargo.

Mientras tanto, Castro aprovechó las medidas de Bush no para emprender alguna acción agresiva contra Washington (sólo advirtió que si había peligro de guerra podría lanzar otro éxodo masivo), sino para aumentar entre un 10% y un 33% los precios de los artículos de consumo vendidos en las tiendas en divisas, apretando aún más el cinturón del empobrecido pueblo cubano.

El máximo líder, al parecer, no tiene temor de que el hambre incite a la rebelión. De igual manera Castro respondió a las supuestas actividades subversivas del jefe de la Sección de Intereses de EE UU en La Habana con los disidentes: no cerrando dicha oficina, sino encarcelando a 75 de estos últimos.

Tanto Bush como Castro han adoptado medidas por razones muy distintas a los objetivos explícitos. Bush, para conseguir el voto crucial de los cubanoamericanos en Florida (que no tienen familiares en la Isla), los cuales ya comenzaban a quejarse porque el presidente no había decidido acciones enérgicas para derrocar el régimen cubano. Castro, para obtener más dólares con los cuales comprar alimentos norteamericanos y arremeter, sólo de manera retórica, contra el Goliat del Norte que supuestamente estrangula al David de la Isla. Otra vez el maldito chivo expiatorio para justificar sus errores desastrosos.

Los perjudicados, por tanto, no han sido los objetos de ambas medidas —o sea, los gobiernos de ambos países—, sino el pueblo repartido entre las dos orillas.

 

CENTRO DE ESTUDIOS DEL SOCIALISMO DEMOCRÁTICO

“DIEGO VICENTE TEJERA”

 

 DERECHOS HUMANOS Y SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN EN CUBA

 DIMAS C. CASTELLANOS MARTÍ

 La Habana, abril de 2004

 

 

DERECHOS HUMANOS Y SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN EN CUBA[1]

 

INTRODUCCIÓN

La construcción de la sociedad de la información es un proyecto complejo y de carácter global que requiere de un conjunto de elementos integrados en un sistema que incluye, desde los aspectos técnicos y financieros hasta los derechos y libertades de las personas y en el cual, la ausencia de cualquiera de esos elementos, conduce al fracaso.

El objetivo de esta ponencia se limita al análisis de uno de esos elementos imprescindibles a saber, el subsistema[2] formado por los derechos humanos, las libertades fundamentales y la sociedad civil, el cual determina la esencia, dinámica y objetivos de la sociedad de la información.

Con ese fin la ponencia menciona los momentos decisivos en la historia del conocimiento; enumera los derechos y libertades aprobados en la Declaración de Principios y el Plan de Acción de la Cumbre de Ginebra; realiza un análisis de la institucionalización y el estado actual del sistema de derechos en Cuba y cierra, a modo de conclusión, respondiendo a la interrogante de si Cuba está o no transitando hacia la sociedad de la información, a la vez que enumera algunos de los pasos necesarios para su construcción.

 

HACIA LA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN

La comprensión de la esencia de cualquier fenómeno obliga a seguir la evolución del mismo en el tiempo; empeño para el que el sistema de leyes y categorías filosóficas constituye un valioso instrumento. En el caso que nos ocupa, acompañados de la ley de correspondencia entre la forma y el contenido de la información[3], demos una brevísima ojeada a algunos momentos lógicos en la historia del conocimiento con el fin de  facilitar la comprensión del proceso que determinó el surgimiento de la Sociedad de la Información en los países de mayor desarrollo.

Desde que los hombres comenzaron a fabricar y emplear instrumentos de trabajo, el contenido, es decir, los datos adquiridos y acumulados en la actividad transformadora de los hombres –una vez que su volumen crece hasta alcanzar un punto crítico– entra en contradicción con la vieja forma de almacenamiento y conservación hasta que ésta se torna obsoleta y da paso a una nueva forma en correspondencia con el dinamismo del contenido.

Efecto de las contradicciones entre el dinamismo del contenido y el conservadurismo de la forma, la historia de la actividad humana transitó de las formas prelinguísticas al lenguaje articulado; resultado que influyó en el dominio sobre la naturaleza, dando origen a la invención de la escritura. Ésta repercutió en avances que van desde la invención de la rueda hasta el desarrollo de las ciencias naturales y los rudimentos de las ciencias sociales, convirtiéndose en una de las causas que condujeron al libro impreso, el cual coadyuvó al nacimiento de la ciencia moderna hasta dar paso a las revistas primarias y secundarias; las que, con la irrupción de la Revolución  Científico-Técnica y junto al telégrafo, el teléfono, la prensa escrita, el cine, la radio y la televisión le dieron un carácter democrático y  masivo al empleo de la información al convertirla en necesidad para millones de seres humanos que desembocó en los soportes magnéticos, las computadoras electrónicas y las redes informáticas de alcance global.

Resultado de ese largo proceso de convergencia entre desarrollo tecnológico y democratización de la información y las comunicaciones emergió en los países más desarrollados la sociedad de la información: “última y más profunda etapa del desarrollo social caracterizada por la conversión de la información en materia prima obligada de toda actividad humana, en  la cual se  requiere de la capacidad y acceso de todas las personas al uso y aprovechamiento de la forma contemporánea, las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TICs) como ineludible premisa para la existencia y el desarrollo personal y social”.

La extensión de la sociedad de la información al resto del planeta tiene que resultar de las voluntades y posibilidades de participación de todos los interesados, exigencia que sitúa a la democratización como necesidad insoslayable.

 

LA CUMBRE DE LA INFORMACIÓN

La velocidad que las TICs imprimen al desarrollo ha puesto en evidencia la inutilidad de los esfuerzos aislados para su extensión a otros países y el consiguiente peligro del ensanchamiento de la brecha existente, poniendo a la orden del día la urgente necesidad de un esfuerzo internacional mancomunado para debatir, recabar recursos y propiciar la participación de todos los seres humanos en esa empresa; esfuerzo que tuvo una importante concreción en la Cumbre de la Información de Ginebra[4] donde se aprobaron por consenso dos valiosas herramientas: la Declaración de Principios y el Plan de Acción. En ese sentido la primera responsabilidad de los firmantes, entre los cuales se encuentran los representantes del Estado cubano, es poner en correspondencia el contenido de esos documentos con la situación concreta de sus países.

Los importantes avances en materia de enseñanza, infraestructura y adquisición de tecnologías –básicos para la construcción de la sociedad de la información– se contradicen con el deplorable estado del sistema de derechos en Cuba. La mejor prueba de ello es que en mi país no hay analfabetos, pero se carece de las libertades y medios para la libre expresión; se enseña el manejo de las computadoras pero no se puede acceder a Internet; hay canales televisivos pero sólo ofertan  la información del gobierno. Se habla de fomentar una cultura general integral que resulta inalcanzable, hoy, sin el acceso libre a Internet.

En la Declaración de Principios[5] se expresa que “la comunicación es un proceso social fundamental, una necesidad humana básica y el fundamento de toda organización social” y se reconoce que “el deseo y compromiso comunes de construir una sociedad de la información…implica el respeto y la defensa plena de la Declaración Universal de Derechos Humanos…”; mientras en el Plan de Acción[6] esos principios se traducen en acciones concretas. La comprensión de los derechos y libertades reiterada en ambos documentos se resume en los siguientes aspectos:

ü      El respeto y defensa plena de la Declaración Universal de Derechos Humanos y el reconocimiento de la universalidad, indivisibilidad e interrelación de los derechos.

ü      La presencia de la sociedad civil y del  sector privado a los cuales les atribuye funciones y responsabilidades importantes.

ü      El acceso democrático, equitativo y universal de todos a la infraestructura y los servicios de las TICs como objetivo indispensable.

ü      El dominio público como factor capital del crecimiento de la sociedad de la información.

ü      La independencia y pluralidad de los medios de comunicación como contribuyentes a la libertad de expresión y la pluralidad de la información.

ü      El carácter democrático y participativo del sector privado y de la sociedad civil en la gestión internacional de Internet, así como el reconocimiento del rol que la sociedad civil ha desempeñado y debe seguir desempeñando en esa gestión.

ü      Los principios de libertad de prensa y de información; los de independencia, pluralismo y diversidad de los medios de comunicación y la libertad para buscar, recibir, divulgar y utilizar la información.

ü      El fomento de la diversidad de regímenes de propiedad de los medios de comunicación.

 

Si en la Cumbre de Ginebra se aceptó que la construcción de la sociedad de la información implica el cumplimiento de los compromisos contenidos en la declaración de Principios y el Plan de Acción y la delegación de Cuba dio su consenso, entonces existen dos posibilidades: o las autoridades cubanas acometerán en breve las transformaciones para salvar la brecha entre realidad interna y compromisos contraídos o deciden denegar los compromisos y mantener a los cubanos privados de esos derechos.

Cuba cuenta con ventajas en muchos aspectos para construir la sociedad de la información, pero para ello, junto a los reclamos de crear un nuevo orden mundial de la información, un organismo intergubernamental democrático que regule y promueva la cooperación internacional y la transferencia de recursos, que Internet deje de estar en manos de los principales dueños del capital transnacional y de la educación como derecho de todos; el gobierno cubano tiene que emprender cambios al interior del país para establecer un nuevo orden nacional, propiciar el acceso libre a Internet, permitir que la sociedad civil independiente y el sector privado participen en las decisiones y desterrar el principio ideológico y anticonstitucional en toda el sistema de enseñanza de “La universidad para los revolucionarios”, incluyendo el ingreso a la universidad encargada de la formación de especialistas de la informática, limitada a los “confiables” bajo rigurosa selección. Tan insostenible es el principio de libertad hacia afuera y restricciones hacia dentro como imposible es la explotación eficiente de las nuevas tecnologías y la construcción de la sociedad de la información desde el control totalitario de la sociedad.

 

DERECHOS HUMANOS

El contenido de los derechos humanos –universales, indivisibles, sagrados e inalienables– se expresa en conceptos y principios encaminados al reconocimiento, respeto y observancia de las garantías jurídicas que propician la integridad y dignidad de la persona. Su implementación, protección y respeto constituyen otro principio insoslayable para la construcción de la sociedad de la información.

En Cuba esos avances estuvieron presentes en las constituciones mambisas de Guaimaro, Jimaguayú y la Yaya, tomaron cuerpo definitivo en el Título IV de la constitución de 1901[7]. A los que la Constitución del 40[8] añadió la autonomía universitaria, la declaración de punible a todo acto de prohibición o limitación del ciudadano a participar en la vida política de la nación, el reconocimiento de un conjunto de derechos sociales y económicos y la definición de la existencia y legitimidad de la propiedad privada en su más alto concepto de función social. Derechos que jugaron un inestimable rol en el surgimiento y desarrollo de la  sociedad civil cubana, en el fortalecimiento del sector privado y en el incremento de los órganos de difusión, que a fines de la década del 40 contaban con una inmensa red de prensa escrita y 70 emisoras de radio que popularizaban y  democratizaban la cultura, la información y los conocimientos.

Es significativo que los derechos fundamentales contenidos en la Declaración Universal de 1948 fueran reconocidos casi medio siglo antes en nuestra primera constitución; que Cuba fuera el país que encomendó al Consejo Económico y Social la elaboración de la Declaración; y que el  primer proyecto depositado en el Consejo con ese fin fuera el de nuestra delegación. Datos históricos que prueban la comprensión e importancia de los derechos humanos adquiridas en Cuba.

En 1959 el Estado revolucionario inició un proceso de desmantelamiento que abarcó desde la disolución de los poderes públicos hasta la estatalización de los medios de producción y de comunicación. La Constitución de 1976 reconoció los derechos fundamentales, pero subordinados al reconocimiento del Partido Comunista como la fuerza superior dirigente de la sociedad y del Estado[9], y declaró punible el uso de esos derechos para fines ajenos a la construcción del socialismo y el comunismo, en contradicción con el preámbulo en el que rezan las palabras del apóstol “Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”. La Reforma Constitucional de 1992[10] ratificó los “derechos” plasmados en la de 1976 y finalmente en el 2002 se aprobó el carácter irrevocable de la constitución vigente, que anula el ejercicio de la soberanía popular y ancla a la nación cubana en el  pasado.

La sociedad, como un todo, antecede al Estado que surge como parte de ella en un momento de su historia. Si la parte asume las funciones del todo anula al resto de la sociedad. Esa anomalía histórica y estructural ha motivado que hoy los derechos humanos en Cuba no estén definidos en totalidad y plenitud ni como cultura ni como referente sociológico, y conduce a la imperiosa necesidad de conformar y fortalecer una cultura de derechos sin la cual será imposible construir la sociedad de la información.

Internet –la forma más desarrollada de libertad porque las demás libertades y derechos están contenidos y se pueden ejercer en y a través de ella– constituye una valiosa herramienta para promover la enseñanza, la educación y la cultura; hace innecesario que una élite con acceso a Internet ofrezca una información filtrada por la óptica del poder, cuando ésta puede ser seleccionada y obtenida directamente por los ciudadanos; permite, de esa forma, disminuir y/o eliminar  la brecha nacional entre una élite informada y la gran masa desposeída de poder e información. Internet, al contener y permitir la realización de todos los demás derechos y libertades, establece una estrecha relación entre acceso a la información y bienestar. Por todas esas razones los poderes de tendencia totalitaria, concientes de que la información es poder, creídos que ese poder debe estar exclusivamente a su servicio y sabiendo que el acceso libre a Internet amenaza el monopolio sobre la información emplean cualquier argumento con el fin de conservar sus amenazados status.

Por todas esas razones en Cuba se aplica una política gubernamental sistemática y consecuente encaminada a limitar el acceso de los cubanos a las tecnologías y a Internet. Baste citar dos documentos que separados por siete años y medio  demuestran esa invariable voluntad:

El Decreto 209/1996 del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros[11] dice en su Artículo 12 que la política será trazada “priorizando en la conexión las personas jurídicas y las instituciones de mayor relevancia para la vida y el desarrollo del país”. En el 13 plantea que para “garantizar el cumplimiento de los principios expuestos en el presente Decreto, el acceso a los servicios de redes informáticas de alcance global tendrá carácter selectivo” Y el 14 determina que “el acceso directo desde la República de Cuba a la información en redes informáticas de alcance global tendrá que estar autorizado por la Comisión Interministerial que se crea por el Presente Decreto”.

La Resolución No. 180/2003 del Ministerio de la Informática y las Comunicaciones[12] resolvió, en su Artículo Primero “Disponer que la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba  emplee todos los medios técnicos necesarios que permitan detectar e impedir el acceso al servicio de navegación por Internet, desde líneas telefónicas que operan en moneda nacional no convertible a partir del 1ro. de enero del 2004”. Resolución, cuya aplicación, aplazada en dos oportunidades, hará que decenas de miles de cubanos que acceden actualmente a la Red queden expuestos al riesgo de confiscación y penalizaciones.

El argumento esgrimido para ese fin por las autoridades cubanas es inconsistente porque: primero, si el pago a los proveedores extranjeros en moneda libremente convertible fuera la causa, la medida estaría dirigida al cobro de ese servicio en dólares y no a su prohibición; segundo, en dos oportunidades el gobierno comenzó a vender tarjetas de acceso remoto que luego se limitaron a extranjeros y después se prohibieron definitivamente; tercero, las medidas restrictivas a los derechos y las libertades en Cuba son anteriores al surgimiento de Internet; cuarto, antes de Internet los cubanos carecían del derecho para adquirir bienes duraderos como viviendas y automóviles, crear pequeñas y medianas empresas o disfrutar de determinados hoteles y de otras atracciones turísticas reservadas a los extranjeros. Después de Internet a esas carencias se suman las limitaciones para la compra de medios de información y comunicación, así como impedimentos para el acceso a ellos.

El hecho concreto es que en Cuba Internet está bajo control absoluto del Estado y que las “prioridades” debido a los “escasos recursos disponibles” las determina el mismo que detenta el monopolio del poder y de los medios de información, mientras las asociaciones de la sociedad civil independiente y el maltrecho sector de los cuentapropistas carecen de reconocimiento jurídico y/o se les impide poseer medios de comunicación propios.

El monopolio estatal de la información niega la esencia misma de Internet, el cual surgió, entre otros factores, del avance de los derechos y libertades; atenta contra la pluralidad; impide el contraste entre diferentes fuentes informativas y conduce, de esa forma, a los cubanos hacia la  sociedad de la desinformación.

Lo anterior lo confirman los siguientes hechos: a la iglesia católica, una de las instituciones más fuertes de la sociedad civil no se le ha satisfecho su reclamo de acceso a los medios de difusión masiva; al resto de la sociedad civil se les impide la tenencia de cualquier medio de comunicación; a algunos trabajadores del Estado se les permite el acceso a Internet desde sus entidades previa rigurosa “selección”, bajo estrictas medidas de control y por razones justificadas de trabajo; en contadas instituciones, como el Instituto Cubano del Libro, se están abriendo unos cibercafés estrictamente para personas “autorizadas”; a los cuentapropistas –propietarios más nominales que reales– sencillamente se les prohíbe el acceso a Internet; los profesionales, artistas e intelectuales poseedores de ordenadores, pero “no confiables”, sólo tienen derecho al correo electrónico y a una intranet; a los cubanos de a pie, imposibilitados de ese servicio en otros lugares, les han habilitado, mediante tarjetas de 4.50 dólares por cuatro horas, algunos ordenadores que, carentes de torres de floppy e impresoras, obligan a teclear y a leer directamente de la pantalla con la consiguiente pérdida de tiempo, lo que hace de ese servicio un medio alterador de los nervios de los usuarios, cuya exclamación más reiterada es ¡Se me fue en nada!.

Esa política de control estatal que va desde los ministerios y sus dependencias hasta el último trabajador y ciudadano comunes –además de ser un boomerang que, al obstaculizar el acceso directo de los trabajadores a las fuentes de información, atenta contra la propia eficiencia de los servicios y la producción estatales– demuestra que en Cuba está institucionalizada una política de apartheid dirigida al control de la sociedad en una franca contradicción con los compromisos contraídos en Ginebra.

 

CONCLUSIONES

La no correspondencia entre los objetivos declarados en la Cumbre de Ginebra y la ausencia de derechos y libertades fundamentales existentes en Cuba es suficiente para afirmar categóricamente que en Cuba se está construyendo cualquier cosa menos la sociedad de la información.

Además de la necesidad de situar a los cubanos como fin; integrar la técnica y los recursos con los derechos humanos y proceder a la democratización al interior de la nación, se imponen otros pasos necesarios para su construcción:

Conformar una cultura de derechos que implica reconocer, divulgar e introducir la Declaración Universal de Derechos Humanos en el sistema educacional. En ese sentido las autoridades deberían apoyar la iniciativa de la Coalición Diálogo Pro Derechos[13].

Incorporar a Cuba a los pactos internacionales vinculantes de derechos civiles y políticos, y de derechos económicos, sociales y culturales; ambos adoptados por la Asamblea General de la ONU en 1966 y puestos en vigor desde 1976. Pactos que se fundamentan en el derecho de los pueblos a establecer libremente su condición política y en la responsabilidad de los Estados de adoptar las medidas para hacer efectivo el ejercicio de esos derechos. 

Transformar la estructura de la propiedad con la comprensión de que el predominio de una u otra forma tiene que determinarse únicamente por su impacto en el desarrollo social y personal, lo que hace de esa institución un fundamento imprescindible para la sociedad de la información y de la propiedad, un derechos humano de máxima importancia[14].

Negociar con el gobierno norteamericano –tal y como se ha hecho con las migraciones o la compra de alimentos–, la conexión de Cuba a través de los cables de fibra óptica internacionales para satisfacer la demanda del país y la compra de tecnología en el mercado estadounidense. Esa necesidad que exige un nuevo enfoque y voluntad políticos, muy por encima de cualquier otra, hace obsoleta la insistencia en el diferendo en nombre de la dignidad nacional, cuando lo que está en juego es el destino de la nación cubana.

La presencia o ausencia de la sociedad civil independiente y del sector privado cubanos en la Cumbre que se desarrollará en Tunes en el 2005 será una clara manifestación de que las autoridades cubanas marchan o se niegan a marchar al ritmo de los tiempos.

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Andreiev, I.   Problemas lógicos del conocimiento científico.  Moscú: Editorial Progreso,  1984.

Bernal, John D.  Historia Social de la Ciencia.  La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1986..

Castellanos Martí, Dimas.  Las regularidades del desarrollo científico y la actividad científico informativa.  Actualidades de la Información Científica y Técnica.  La Habana: 16(3):45-64; junio, 1985.

Castellanos Martí, Dimas. La correspondencia entre forma y contenido de la información. Un fenómeno sujeto a ley. Actualidades de la Información Científico Técnica. La Habana: 17(4):75-90, agosto, 1986.

Castellanos Martí, Dimas.  Sociedad civil: causa y efecto de la transición.  Nueva Frontera No.4, diciembre de 1999.

¿Cómo acceder a Internet en Cuba?  La Habana: Editora Política, 1998

Constitución de la República de Cuba.  La Habana: Departamento de Orientación Revolucionaria, 1976.

Constitución de la República de Cuba.  La Habana: Ministerio de Justicia, 1999.