|
El reino de la doble
moral,por Carmelo Mesa-Lago
Articulos Prensa Internacional
|
Desde.....
Señor Fredrik Reinfeldt, Primer Ministro de Suecia Por: Salvador E. Subirá Quizá es conveniente que, al menos una vez, hablemos de nosotros mismos para establecer nuestra identidad cívica.
En un lugar del Caribe, cuya historia me honra compartir, hay una isla poblada de palmas y músicas, que medio siglo atrás sufrió un gran huracán que la estremeció hasta las raíces. No fue remolino de vientos sino de hombres. Hasta que por fin un día todo se calmó y salió el sol.(....)
PROGRAMA DE ACCIONES DE TÚNEZ PARA Reconocemos que ha llegado el momento de pasar a la acción, considerando los trabajos que ya se han hecho para aplicar el Plan de Acción de Ginebra e identificar las esferas en las que se han logrado avances, se están logrando avances (....)-*Recomendamos que se lea el Art 46
"Demo"- cracia por Michelle Fuser "Vivimos una
forma de gobierno, que no esta fundamentado en
las instituciones de nuestros vecinos; al
contrario somos el modelo para algunos al envés
de imitar otros. Su nombre, como todo depende no
de pocos pero de la mayoría, es democracia”
Péricles, Oración fúnebre, in Tucidides:A Guerra
do Peloponeso, Livro II, 37La “Demo” – cracia, Pueblos cautivos Soy exiliado,
miembro de una familia que fue víctima, en los 70, de la política
Salvador Allende (1908-1973).
El fallecido ex presidente chileno Salvador Allende recibió fondos del Comité de Seguridad del Estado (KGB) de la desaparecida URSS para su campaña electoral y posteriormente durante su mandato. La organización de espionaje soviético no sólo le dio dinero para ayudar a que fuera elegido en 1970. También le pagó por servicios, informaciones y análisis, y le envió regalos personales. ![]()
Éxito de la agricultura: ¿cómo antes de 1959? (AP)
Los cubanos pagan un alto precio por la negativa oficial a liberalizar
la economía, en un país donde la riqueza de los ciudadanos es ilegal.
El debate de la izquierda: Entre la religiosidad y el realismo político por JOAQUíN VILLALOBOS, Oxford Resolucion del Banco Central de Cuba Madre cubana a la opinión pública Internacional A glimpse at Castro's delusions, Stone's imagination, por Marifeli Perez-Stable EEUU celebra el compromiso de América Latina con los DDHH por votar contra Cuba ¿ Por qué no a la izquierda socialdemócrata ? Informe del relator - Carta de Derechos y Deberes de los Cubanos La euforia de los patriotas, por RAFAEL ROJAS, México D.F
Por: Salvador E. Subirá
Quizá es conveniente que, al menos una vez, hablemos de nosotros mismos para establecer nuestra identidad cívica.
Somos cubanos, que al llegar a la edad en que podíamos y queríamos empezar a actuar en la política de nuestro país, tuvimos que enfrentar el período más difícil de nuestra historia republicana. Nos referimos a los ocho años de una dictadura empecinada por mantener el poder, la de Fulgencio Batista, seguidos por los cuarenta y siete años de una tiranía totalitaria que descarriló a Cuba de su destino democrático y persiste en abismarla en la miseria total, y que por supuesto, es la tiranía de Fidel Castro.
El programa educativo nacional, que era obligatorio, se encargaba de formar a todos los cubanos en los principios de la convivencia democrática, en el conocimiento de las instituciones públicas que regían esa convivencia, y de revelarle el tesoro moral que nos habían legado los próceres que conquistaron la independencia y fundaron nuestra república. Así sabíamos que el poder nunca debía ser considerado como botín para beneficio propio, sino como oportunidad de aportar nuestros mejores esfuerzos y talentos en la consecución del bien común para nuestro país. Sencillamente el “con todos y para todos” de José Martí. Pero además, y por el mero hecho de ser parte del pueblo cubano durante la década de los años cuarenta, ya teníamos una clara vivencia del valor que adquiere la vida cuando se la puede disfrutar en la libertad de una democracia.
Nosotros, además, tuvimos la oportunidad de conocer y estudiar la falacia de los procesos políticos que se proponían destruir la democracia. Con ello queríamos prever los peligros que podían tronchar la salud cívica de nuestra república . Pero la historia no nos fue propicia y quiso poner a prueba nuestra voluntad patriótica. Nunca falta un Judas para traicionar, y el país lo tuvo. Esta vez por su insana ambición de poder. Sólo por ello ocurrió que la mayor guerra ideológica de la historia humana tomara por asalto nuestro territorio para campo de batalla de sus intereses. Y lo cierto es que nos sorprendió por un camino nuevo, y en descubierto.
Saber más allá de la dialéctica diaria también nos comprometía a hacer más que el resto del pueblo. Y también nos empujaba el idealismo generoso que caracteriza a la juventud y que siempre está dispuesta al sacrificio.
Muchos prefirieron escaparse del torbellino que se le venía encima al país, y era su derecho hacerlo, porque quizás intuían que la batalla superaría nuestros recursos. Nosotros también pudimos abandonar la isla, pero entendimos que no debíamos rendir nuestra república a los desmanes de un tirano totalitario. No vacilamos en abandonar nuestra rutina de vida para afrontar los peligros del clandestinaje, sintiéndonos la presa perseguida por unos depredadores sanguinarios, y sabiendo que era muy fácil que nuestro nombre apareciera en la lista de fusilados que publicaba la prensa a diario. Pero era nuestro turno en la historia y no era honorable renunciarlo.
Así decidimos formar filas, y bajo el fuego, tuvimos que cavar la primera trinchera del frente para iniciar la defensa de los verdaderos intereses nacionales. Aún cuando muchos compatriotas no lo comprendían así, y hasta se alineaban en la tropa equivocada. Justo es decir que la mayoría de ellos también respondía honradamente a las notas de un engañoso clarín que decía convocar para la justicia y la libertad. Era un combate muy desigual, con los sentimientos cruzados, pero sabíamos que estábamos más cerca de la verdad. El libro de la vida, que pudo ofrecernos un capítulo lírico, prefirió asignarnos un capítulo épico, y sólo nos quedó adentrarnos en su espacio con valentía para dejarlo escrito con decoro y dignidad.
El tiempo estaba en contra nuestra. Sobre el terreno sentíamos el avance de la demolición democrática y la invasión del totalitarismo. Desesperábamos por obtener los medios que permitieran revertir el curso de los hechos, pero nadie escuchaba, ni parecía interesado en hacerlo. Mientras tanto el régimen se seguía fortificando por la largueza interesada de todo el comunismo internacional. El gobierno iba ganando control de todos los medios del país, y sin ninguna ayuda nos era imposible perdurar. Todo esto en medio de la pasividad de muchos compatriotas que ya se iban rindiendo al miedo. Y peor aún, en medio de muchos otros cubanos que militaban en la crecida represiva del régimen, unos por dejarse manipular con ingenuidad, otros menos escrupulosos por ver la oportunidad de saciar rencores o pasiones, y otros por la simple ambición de pescar en río revuelto.
Creyendo en la honestidad de la mayor potencia democrática del mundo, que se decía amiga, hubo muchos jóvenes que salieron del país conjurados para un entrenamiento del que regresarían a combatir como cuerpo armado. Y así efectivamente lo hicieron con una brigada de combate compuesta exclusivamente por cubanos. Ellos no faltaron a su palabra, pero la potencia sí faltó a la suya incumpliendo súbitamente la logística necesaria y prevista.
Nuestro caso fue distinto porque nosotros no salimos de la isla. Entendimos que nuestro mejor desempeño sería el vertebrar una organización nacional para la insurgencia, el sostén de sus frentes y el trabajo político urbano y rural a través de acciones militares limitadas, la propaganda clandestina y la resistencia cívica. También pensábamos servir de apoyo a la brigada cubana que se entrenaba en el extranjero, pero desconociendo el tiempo de su llegada. Vivíamos en un tiempo afiebrado donde nuestra disposición era mayor que nuestras posibilidades. Así no fue extraño, que muy pronto, maravillosos compañeros de lucha tuvieran que afrontar el sacrificio supremo de sus vidas en una acción guerrillera, o con un último grito de combate frente a la descarga de los pelotones de fusilamiento.
Pero lanzarse en esa empresa fue madurar en el conocimiento del mundo. Muy pronto supimos que los cubanos de ambos bandos sólo resultábamos piezas de un ajedrez mayor. A ninguna de las partes cubanas se les definía claramente que sus intereses nacionales le interesaran a las grandes potencias involucradas. Los dos ambiciosos por adueñarse el mundo sólo topaban sus cornamentas con soberbia y con ello opacaban los ruidos menores del bosque. Pero en la sombra de ese combate la metralla seguía rompiendo pechos cubanos, destruyendo el quehacer inteligente de medio siglo de república, e hipotecando el futuro de nuestro país.
A los que sobrevivimos nos tocó afrontar un presidio implacable, infinito y sin esperanza. Nuestra circunstancia comenzó a ser lo que ya todo el mundo conocía y condenaba como campos de concentración, y lo que también posteriormente se condenaría como gulags. Fueron largos años de reclusión a descontar del tiempo limitado de una vida, y durante el tiempo privilegiado de la juventud. Pero la prisión castrista no era sólo confinamiento, era sobamiento constante para castigarte el cuerpo y rendirte el alma. En ese entorno nos tocó vivir largos años que parecieron siglos. Estuvimos bajo la amenaza de aniquilación como rehenes. Tuvimos que trabajar en régimen de esclavitud y fuimos escarnecidos con la crueldad del bocabajo. Nos exploraron los límites físicos de nuestra supervivencia. Vivimos la cruda conciencia de que éramos entes desechables para cualquier demostración de terror que sirviera al régimen. Y todo podría resumirse con que se había borrado nuestro nombre de la lista del género humano.
Pero no sólo eso, porque simultáneamente había que padecer la indiferencia de nuestro pueblo, que en pocos casos no sabía, pero que las más de las veces se hacía el sordo y no averiguaba porque no le convenía saber lo que podía estorbar su acomodamiento dentro del régimen totalitario. Además sin el reconocimiento internacional que creemos merece todo aquel que lucha por la libertad, la justicia y el derecho, y que tanto nos habría ayudado para acortar nuestro inhumano tiempo de presidio. Para la opinión internacional no había otra verdad que lo que el régimen declaraba en sus discursos y comunicados oficiales, y que se complacía en repetir con las mismas y exactas palabras del régimen. Demasiados intelectuales conocían y no contradecían la invectiva sostenida contra el pasado de nuestra república, ni les preocupaba lo que estaba ocurriendo realmente en Cuba, sino que preferían embelesarse con la urdimbre demagógica de Fidel Castro, pasando por alto que el verdadero significado del castrismo había que investigarlo en la intimidad de los hogares y calles de la isla, y no en los cantos de sirena que el régimen propagaba a través de sus ondas mercenarias. En ese grado de soledad malvivíamos despreciados también por el mundo, inermes y, sobre todo, a expensas de los desmanes de un régimen sin límites morales.
Todavía nos asombra el haber salido vivos de aquel huracán de odios. Nos fueron soltando como bagazos y a regañadientes. Como pulgas que le sobraran a un perro rabioso. Y todo para reiniciar una vida sin futuro y una lucha sin oportunidades.
En el tiempo de la disolución del Presidio Político Histórico el régimen se sentía en control del país, y la vida ciudadana parecía resignada a la permanencia del régimen. La escasez crónica de todas las cosas se había hecho un hábito tolerable, y podía haber alguna queja pero a nadie se le ocurría cuestionar el sistema. Mas sobre nosotros, los ex -presos políticos, pesaba el estigma de representar un tiempo viejo que no podía retoñar. Mientras las quejas de la ciudadanía eran de forma, nuestras objeciones al régimen eran de fondo. Y por ello había ojo avizor sobre nuestras vidas y acciones. Era lógico que sobrábamos en aquel país y que no podíamos hacer nada que satisficiera nuestra conciencia. Entonces tuvimos la suerte de que el exilio cubano nos gestionara un puente de plata hacia la libertad.
Nos dolía la lejanía de Cuba, pero sabíamos que era sólo una estación del mismo camino emprendido veinte años atrás. También tuvimos la noble misión de divulgarle a un exilio valeroso y respetable, pero incrédulo y desfasado por el intercambio de silencios, sobre el verdadero palpitar y sentir de las nuevas generaciones en la isla. Resuelta la subsistencia, cada cual dio pasos individuales para retomar su compromiso moral con el pueblo cubano. Como el molusco hubo que ir abandonando los caracoles viejos. Y las afinidades nos fueron asociando en las organizaciones que mejor concretaban nuestras aspiraciones para el futuro de la patria. Así llegamos al convencimiento de que necesitábamos adoptar el rostro de la política real del mundo a fin de ser reconocidos y respetados. Y fue fácil y natural hacerlo, porque estas organizaciones también correspondían con las vertientes internacionales vigentes en el momento actual.
El resto ha sido ir descubriendo y juntando manos solidarias con nuestros semejantes de toda la diáspora cubana. Y el hacerlo nos ha traído la feliz prueba de que la causa de la libertad de Cuba ya resuena en todas las latitudes.
Medio siglo después no es tiempo de reparar en cicatrices ya cosidas. Olvidamos que fueron agresión, y se nos convirtieron en paz por el deber cumplido. Pero una retrospectiva deja en claro que el pueblo cubano no sólo tiene la virtud de la alegría, también tiene la de la perseverancia en sus luchas por la libertad. Lo tenemos documentado la historia del siglo XIX. Nuestros próceres de la independencia perseveraron 30 largos años para coronar sus esfuerzos. Y nosotros no nos queremos comparar con la valentía suprema del ejército mambí, pero nuestra gesta ya va durando medio siglo y sin respiros. Claro que cada cual con las armas de su tiempo. Pero tanto ellos como nosotros, viniendo de abajo y prodigando el sacrificio.
Mientras, seguimos inconclusos. No nos ha llegado la hora del descanso, y seguimos dispuestos. Porque queremos afirmar que esa ceja de tierra arqueada del Caribe no se asomó sobre la superficie, y en sitio privilegiado del mar, para temer los miedos de una noche, sino para disfrutar las fiestas del sol. Y nuestro destino es lograrle esa aurora, no sólo para recuperar el hogar cubano libre, sino también como diligente taller del progreso social y plaza de la amistad con todos los pueblos.
Arq. Salvador E. Subirá Miami. 19 de Abril del 2,006.
En un lugar del Caribe, cuya historia me honra compartir, hay una isla poblada de palmas y músicas, que medio siglo atrás sufrió un gran huracán que la estremeció hasta las raíces. No fue remolino de vientos sino de hombres. Hasta que por fin un día todo se calmó y salió el sol. Se había esperado un final muy trágico, mas fue tan imprevisto y rápido, que no le dio tiempo a la tragedia. Pero la desaparición de los temidos uniformes confirmaba el final. Fue un despertar de aurora múltiple, la de un día, la de un año y la de una nueva era de esperanza. Y todos celebraron una fiesta de velorio, como la de Papá Montero, para enterrar al miedo y al silencio. De verdad había llegado una súbita paz con sus ilusiones anexas. Y entre ellas la creencia de que el torbellino del huracán se había llevado todas las balas, los vicios y la corrupción, y que por fin la yunta nacional se encontraba en la guardarraya que llevaba derecho a la república de todas las virtudes.
Esta gesta por el poder tuvo la ventura de enamorar al mundo y de ganarle a su caudillo un prestigio de profeta. No era posible que se hubiera obtenido aquella victoria por la dignidad humana y que el mundo no la aplaudiera con alborozo. De todas partes, próximas y lejanas, llegaban voces concertadas en una apoteosis coral espontánea, pero también parcialmente dirigida por una batuta virtuosa y escondida. La palabra del caudillo tenía la prioridad de todos los micrófonos, y su imagen merecía la primera plana de todas las ediciones.
Mientras tanto en la isla todo lo vivo se dispuso a restañar sus heridas. La ciudadanía volvió a la vida normal que llenaba de alegría las ciudades, y todos esperaban una primavera de sus instituciones democráticas. Pero el caudillo que se hizo con el poder, traía planes ocultos para mudar el campamento.
Por boca del recién estrenado líder, y sin falsa modestia, el pueblo supo que su advenimiento había sido el más ardiente deseo del Apóstol de la independencia de la isla. También que toda la historia anterior a su llegada había sido un tiempo de vergüenza ignominiosa, y que sólo ahora comenzaría la verdadera historia del país. A muchos estas afirmaciones le parecieron exageradas, mas las pasaron por alto como las simples licencias que se le conceden a un poeta. Pero lo inquietante, y que hacía sospechar la insanidad, fue escucharle decir que la verdadera guerra no era la que recién se había terminado, sino la que sólo ahora se podía comenzar. Y es que mirando en derredor, la cordialidad amistosa de los isleños no sabía descubrir ningún enemigo.
El caudillo estaba convencido de que la historia lo había estado esperando con impaciencia, y no quería defraudarla. Por ello prodigaba discursos, extensos y de tono grandioso, como para que siguieran resonando por los siglos venideros, y sin importar que su contenido no tuviera nada que ver con la isla que había venido a redimir. Venía obsesionado con la igualdad, y en nombre de ésta, tomó posesión de los bienes de todos en la isla con el fin de poder igualarlos con eficiencia en una pobreza general. Convencido de que sólo él representaba al destino, pasó a exigir de todos la adhesión total y la sumisión absoluta. Así, cualquier discrepancia se convirtió en grave y digna de ser reprimida con una radicalidad a ultranza. Ni que decir que la práctica iniciada por la autoridad máxima fue conquistando niveles hacia abajo hasta imponerse como la norma, y acorralando a cualquier opinión diferente como un grave delito en contra de la sagrada Seguridad del Estado. Así todos los circuitos del poder revolucionario quedaron obligados a funcionar con criterios de alto voltaje. Aunque causaba extrañeza que aquellos cambios ejemplares para construir un mundo mejor se estuvieran realizando bajo el influjo del miedo y sin espacio para lo humano.
Desde muy pequeño el caudillo se había dado cuenta de que la verdad le era un estorbo. No la aceptaba como conclusión lógica y deseada para orientar y dirigir la vida. No. Para él era una intrusa que constantemente estorbaba su carrera de ambiciones. Lo de él no era incapacidad de juicio por insanidad mental, sino pérfido deseo de recomponer al mundo para su complacencia y beneficio. Y desgraciadamente para él, la verdad era la divisa universal para todos los intercambios humanos. Así, después de darle muchas vueltas al asunto, comprendió que la solución de su problema sólo estaría en diseñar e implantar una manipulación de la maldita verdad que le permitiera poder embaucar a la isla y al resto del mundo.
Y cuando ya fue caudillo sentado en el poder, vio llegado el momento de ejecutar su maniobra. Lo inició con una proclamación simple, que escuchada a secas, podía parecer un simple recurso retórico que evitaba palabras alarmantes. Pero cuando luego la razón trató de procesar su significado quedó sumida en el desconcierto. Era una sensación que venía acompañada del presentimiento de que se estaba abocando un abismo total, interminable y progresivo hasta el mismísimo infinito. ¿Quién hubiera podido imaginar siquiera algo tan drástico como aquello?. Pero venía de una fuente de credibilidad mundial. Alguien que había demostrado una capacidad superior para resolver cuestiones críticas, y que se expresaba con una autoridad que nadie se atrevía a disputar. Y además, el que alguien se sintiera tan seguro de sí mismo para expresar una declaración tan perturbadora, ¿no era acaso índice de una capacidad de dirigente excepcional que se merecía toda nuestra credibilidad y confianza?.
El hecho era la denuncia oficial de que la “verdad” que todos conocían, con cuya solidez se había elaborado todo lo humano, y que estaba en el núcleo de todo, “nos había estado engañando”. Así como se oye. Hasta el mismo idioma era insuficiente para expresar una estafa de esas dimensiones, porque ¿qué sentido hacía decir que “la verdad era mentira”?. Para expresarlo, el caudillo había usado un circunloquio figurando que al pueblo de la isla se le había impuesto un matrimonio con la mentira. Y añadía que ahora había llegado el momento de enfrentar y condenar el fraude, aunque provocara escándalo. Con ello se entendía que se nos iba a dar a conocer otra verdad que sí sería la pura y sin contaminación. Siempre quedaba la ambigüedad de posible colusión entre ambas verdades por escribirse con las mismas letras, y el peligro de que la ahora proscrita siguiera formando parte del enunciado de la nueva y verdadera. Pero si el caudillo nos iba a dirigir, no había por qué preocuparse. Algunas mentes ingenuas anotaban la curiosidad de que el Dios de la tradición había empleado seis días para la creación de un universo coordinado, ¿y cómo era que ahora a este caudillo le bastaba un discurso para desmantelarlo todo?. Esto resultaba abstruso para nuestra pobre capacidad, y sólo se aliviaba nuestra frustración confiando en que la secuencia de las acciones posteriores lo descifraría todo.
En resumidas cuentas ¿qué era la “verdad”?. Pilatos había dejado constancia de su escepticismo sobre ella en el proceso más famoso de la historia y se ganó el repudio de dos milenios. Pero el tema seguía siendo actual. ¿Dónde estaba el arbitrio para establecer la “verdad”?, ¿Dónde la referencia universal para transarla?. Se sabía que la “verdad” era una referencia cardinal de la racionalidad humana, pero también que era muy evasiva para definirla. No obstante, sin ella ¿qué se habría podido elaborar a lo largo de toda la Historia?. Algo más a recordar era la tradición espiritual de Occidente que aceptaba y creía en las enseñanzas de Jesús de Nazareth, y especialmente en su afirmación de que él era “el camino, la verdad y la vida” . Y ahora era cuestión de preguntarse, ¿cuál sería el nuevo modelo para orientar nuestra moralidad?.
La aceptación de aquella propuesta tan perturbadora demostró la poca seguridad que los isleños tenían en sí mismos, en sus principios y en la república recorrida. Además, por ella, le estaban concediendo al caudillo, que no sólo sería la representación del Estado que se fundaba, sino su misma encarnación. Aceptado así, el caudillo estaría dotado de plenos poderes para ejercer el despotismo, y estaba por ver si sabría hacerlo con ilustración. Pero todo esto fue anestesiado con el canto de sirena de que el conocimiento de la nueva verdad concedería un poder tan grande a quien la poseyera, que fácilmente podría enfrentar y vencer a cualquier enemigo por más poderoso que fuera.
Mas por el momento, los ciudadanos de a pie, ya podían ir rumiando que la “verdad” conocida no era de fiar, y que la muy zorra se las había jugado a todos a través de los siglos. Los bachilleres también podían considerar la malicia de Aristóteles, que tan preocupado había parecido para que estableciéramos nuestros juicios con claridad. Por la nueva revelación se derrumbaba la casi totalidad del marco en que se desarrollaba la vida de todos. De hecho no se podía confiar en nada hablado o escrito. El Derecho, la Filosofía y la Moral quedaban depuestas ipso facto para regir la justicia, la razón y la conducta humana. Las Ciencias Políticas y Sociales tendrían que volver a empezar desde cero. La libertad y la democracia conocidas eran puros sofismas. Pero la más impostora de todas era la Religión con su presunción de ser el vocero autorizado para exponer las verdades fundamentales y eternas, así como el origen de la vida y su significado.
Así se fue aprendiendo con los días que la susodicha frase no era retórica, y que ciertamente, significaba desmantelar el mundo conocido para fundar otro desde sus inicios. Esto implicaba que diariamente se amaneciera bajo las ráfagas de un nuevo ciclón tropical que desquiciaba al más cuerdo, porque cada día también se exigía más pero se comprendía menos. Siempre se explicaba que los cambios eran para el logro de una sociedad mejor, que sería el momento glorioso de materializar el paraíso real que siempre había buscado el género humano, en lugar del falso que mencionaba el mito religioso. Y esto se aceptaba muy bien cuando uno recibía algún beneficio gratuito y directo, o cuando las consecuencias adversas sólo recaían en otros, y de quienes se exigía comprensión y espíritu dadivoso. Pero había algo incongruente en la elaboración de aquel paraíso, y es que no era válido para todos.
Como es lógico, el caudillo tuvo que asumir la ingente tarea de orientarlo todo porque era el único que sabía hacia donde nos dirigíamos. A todo el pueblo se le requería estar muy atento de todos sus discursos porque se trataba de la única persona que podía explicar el nuevo significado de la vida. Y a nosotros sólo nos correspondía seguirlo como un rebaño que sigue confiadamente a su pastor. Esto le llevó a fundar un nuevo sistema educativo donde la enseñanza ayudaría a crear la nueva sociedad. Las escuelas tendrían textos nuevos que no descarriaran la mente de las nuevas generaciones con las abominaciones del pasado del país ni del alucinante mundo exterior, sino que los confirmarse de que estaban viviendo en el mismo corazón del paraíso.
Sin embargo esto no era toda la dimensión del problema. El hecho es que la falsa “verdad” estaba infiltrada en nuestro pensamiento, como un virus de computadora. Habría que comenzar por eliminar toda la memoria contaminada, e incorporar el nuevo programa. Y como todos no progresarían uniformemente en su aprendizaje, se tenía una lógica crisis de la comunicación humana por pérdida de los referentes confiables. En fin que la razón había perdido la clave para descifrar su cordura.
Pero el desastre era más profundo aún. Sólo nuestro país había descubierto y denunciado la descomunal estafa a la razón humana, mientras la mediocre y cobarde comunidad mundial se negaba a reconocerla. Hasta hubo quien decretó embargar el comercio y los créditos internacionales a la isla. A todos se le repetía que esta posición de vanguardia valiente de nuestro país debía servirnos de gran orgullo. Pero a la hora de un balance resultaba que el que nuestro país hubiera avanzado tanto en el descubrimiento de la índole mentirosa de toda la estructura del conocimiento y de la sociedad, nos había convertido en los ermitaños del planeta.
Sin embargo, a la astucia del caudillo no se le escapaba que su régimen necesitaba presencia en la opinión pública mundial. Por su experiencia perdularia conocía que en una pelea dispareja, las simpatías siempre favorecían al más pequeño. Entonces el caudillo decidió fabricarse una rápida enemistad con el gigante del mundo, lo que luego se desarrollaría como una hostilidad permanente que le permitiría presumir como su más valiente y encarnizado retador.
También estaba seguro de que la prensa lo ayudaría. Mucha de ella por convicción, pero el resto también lo haría por la conveniencia de publicar noticias escandalosas que llamaran la atención y vendieran periódicos. La violencia siempre es más noticia que la paz, el desafío que el acuerdo y el chantaje que la amistad. Para eso le bastaría mantener un flujo constante de hechos ruidosos, declaraciones utópicas, acusaciones atrevidas y violencias calculadas, que le convertirían en un favorito, y así tendría garantizada una presencia permanente en todo tipo de prensa.
Esta situación que enfrentaba nuestro pueblo no era nueva en la historia humana. Aunque la Biblia había dejado de ser una fuente confiable, su referencia a la disensión ocurrida durante la construcción de la Torre de Babel reflejaba una situación semejante a la que estaba experimentando el mundo actual, y en la que nuestro heroico país estaba ocupando la primera línea del combate. Y ¿cómo nos sería posible sobrevivir esta crisis global?. No existía una respuesta sensata, pero se estaba seguro, de que gracias al liderazgo excepcional de nuestro caudillo, lo lograríamos.
Muy pronto, el caudillo decidió que no tenía derecho a limitar los beneficios de su gestión mesiánica a la isla. Era posibilidad y deber suyo el irradiarlos también al resto del mundo, porque su misión no podía ser menos que universal. Entonces se dio a convocar, arengar y liderar a todos los descontentos del mundo, convirtiendo a la isla en capital mundial del berrinche y en primer exportador de la subversión. Y su pasión por ese mundo nuevo le llevaba a una continua demanda de sacrificios del pueblo, porque la isla premiada con su advenimiento, también tenía el deber de ser heroica. Mas el pueblo nunca protestaba, aunque es cierto que los medios de comunicación estaban demasiado afanosos en la divulgación de la verdad pura, y no dejaban espacio para emitir opiniones.
Pero las proyecciones del caudillo eran demasiado grandes para los medios económicos de la isla, y pronto concluyó que también necesitaba el financiamiento de un Rey Midas. Era obvio que no lo podría obtener de quienes amaban la paz y la concordia. Con astucia estudió las cotizaciones de Bolsa en los intereses políticos, su ojo turbio rastreó la posible presa, y sólo la encontró en una manada de truhanes por la otra esquina del mundo. Entonces no vaciló en venderles sus servicios mercenarios a cambio de que le respetaran su insaciable necesidad de figurar en todos los foros, de que lo apoyaran como fiscal del mundo que no estuviera comprometido con sus truhanerías, y de que celebraran su inconfundible estilo de rufián.
De hecho, en la isla, no faltó gente de muy baja catadura moral (aunque ahora el término “moral” estaba por definirse y resultaba ambiguo) que no celebraban el advenimiento de la nueva era. Como lo hacía notar el caudillo, esos eran los que habían sido beneficiarios de la vieja ”verdad”, y por la cual habían podido amasar enormes riquezas a costa de la explotación de los pobres. Era gente que no comprendía el privilegio de vivir en este país de ahora y en este tiempo predestinado que abriría las puertas de un futuro inimaginable y colmado de felicidad para todo el planeta. Eran menguados que preferían renunciar la gloria del proceso que se abría e irse a seguir viviendo en el mundo hipócrita de la “verdad” mediatizada. Y ello, a pesar de la ostensible generosidad de la nueva sociedad. Estos tarados morales se evadían escurridos y cada vez más avergonzados, porque no eran capaces de asumir la nueva calidad social. No apreciaban el privilegio de que hubiese aparecido alguien que poseía toda la capacidad y toda la sabiduría, que era acreedor del homenaje más absoluto, y del más profundo agradecimiento por todos los beneficios de la vida organizada por él. Alguien a quien se le debían entregar las manos, la inteligencia, la vida, la conciencia, y cualquier cosa que él reclamara.
Por otra parte este caudillo ofrecía muchas garantías, y la más importante era la de estar exento de cometer errores, porque no existía ninguna referencia válida para determinar la ocurrencia de un error suyo. Él siempre tenía la razón, porque lo que él juzgaba que era necesario, se convertía automáticamente en la verdad real de la nueva era. La verdad sólo provenía de la voz del caudillo, de lo que él opinaba y ordenaba que se hiciera, para que el mundo avanzase hacia el paraíso que prometía. Esto sin excluir que el caudillo pudiera decidir sobre la vida o muerte de quienes merecieran castigo o eliminación de su proyecto. Todo lo cual le confería el carácter de un ser necesario y omnipotente. Y para algunos había algo controversial en el caudillo, porque su voz ¿acaso no parecía ser la del Dios que habíamos abolido?. Pero no obstante, estas aproximaciones y evidencias subliminales entusiasmaban a la muchedumbre, que empezaba a aceptar algo metafísico en el caudillo.
También la Biblia, ¡siempre la mentirosa Biblia!, reflejaba una situación semejante con el papel que desempeñó Moisés al frente del pueblo judío en su peregrinación hacia una tierra prometida. Pero mientras el profeta Moisés tuvo que recibir instrucciones superiores escritas en las Tablas de la Ley para luego trasmitirlas, nuestro caudillo actual lo proclamaba todo de viva voz y con una autoridad propia. Como añadidura y confirmación, ahora se estaba progresando en el desarrollo de la libertad, porque los diez mandamientos quedaban reducidos a uno sólo, que era el hacer la voluntad del caudillo.
Es claro que una experiencia tan nueva y tan fuerte no podía ser asimilada igualmente por todos. Para algunos la revelación fue como un deslumbre que los poseyó y les llevó a una adhesión absoluta, total y decidida, aun cuando esto les implicase la misma muerte. Hablando todavía con el significado viejo y proscrito, esta disposición parecía guardar semejanza con un sacerdocio y el desaparecido fanatismo religioso. Pero no era cierto, porque mientras el fanatismo religioso resultaba de la fe en una oscura órbita esotérica, la adhesión a ultranza del caudillo era resultado de la fe en un liderazgo inmediato, fiable, y empeñado en la noble tarea de forzar un mundo nuevo y el paraíso. Y con ellos el caudillo formó la casta del poder. Ellos serían dóciles instrumentos suyos para lo que hiciera falta hacer. Serían sus manos, sus pies y su lengua, siempre responderían con obediencia ciega, no repararían en esfuerzos ni sacrificios, ni tendrían objeciones de conciencia basadas en la vieja “moral” desprestigiada. Porque en definitiva la verdadera moral, era la que estaba siendo elaborada poco a poco, y sobre la marcha, por las decisiones del caudillo.
Pronto se comprendió que la cultura y el arte tenían que refundarse sobre la nueva base. Y esto dio lugar a la casta de los conversos, formada por viejos intelectuales que se sintieron promovidos a un nuevo ámbito de la luz y del destino. Su conversión a la nueva alborada fue sorprendentemente inmediata, profunda, obediente y entusiasta por el nuevo caudillo y su régimen. Deslumbrados y conquistados por ese nuevo y posesivo amor, no vacilaron en romper todos sus lazos con la cultura anterior del país, y se aplicaron dócilmente a esparcir la nueva cizaña. Lo mismo denigraban al mundo anterior, que aplaudían su destrucción, o fabulaban el nuevo destino. Aunque siempre atentos a la batuta del caudillo para no desafinar su sinfonía. Fue algo que algunos querrían igualar con la conversión del fariseo Pablo en el camino de Damasco. Pero mientras Pablo consagró su vida a la propagación de una “verdad” corrupta hasta sufrir el martirio en una colina de Roma, la casta de los conversos sólo se consagró a resonar y embellecer el discurso oficial para esperanza de todas las naciones, para la gloria del caudillo, y de paso, mantener su silla en la orquesta.
Descendiendo en la escala de fidelidad estaba la casta de los miméticos, que no entendían, pero tampoco necesitaban entender, porque adivinaban y temían las dificultades de vivir al margen de un tiempo mesiánico. Ellos se sentían empujados por la fuerza de los acontecimientos y se rendían con entusiasmo al desfile de la corriente. Lo correcto era adaptarse inmediatamente al nuevo molde, sin excluir la asunción de responsabilidades subalternas que pudieran lograr algún beneficio. Y siempre estaban dispuestos a figurar en las coreografías oficiales, No importa que a veces los viejos conceptos los angustiaran, porque el catecismo oficial les recordaba, permanentemente, que vivían en tiempos heroicos, y había que estar a la altura de esos tiempos. Y como convenía creerlo así, quedaban superadas sus angustias.
La casta de los nirvánicos estaba compuesta por los que se habían hecho indiferentes a cualquier cosa que ocurriera. Lo aceptaban todo como un destino que había que soportar. Y antes de que se les impusiera cada nuevo sacrificio, o lo que antes habría sido un atropello, ya estaban resignados. También pertenecían a esta casta los nacidos durante el tiempo mesiánico, que habían sido amamantados con la única verdad, que sabían que todo el pasado era espurio y pecador, y que la verdadera Historia sólo había empezado con el caudillo. Privilegiadamente, las versiones oficiales los habían mantenido bien informados sobre la explotación, la corrupción y la infelicidad del resto del mundo. Por todo ello sabían que no tenían otra opción válida que perseverar en aquel único bastión que luchaba por el futuro, y capear los inconvenientes como algo inevitable de la vida. Pero ningún cambio formaba parte de sus opiniones.
Los enquistados eran muy numerosos pero no existían oficialmente. Eran los parias que no creían en la bondad del presente, y vivían en estado de sitio. Ellos sobrevivían en el ghetto de sus negaciones, llenos de silencios elocuentes, y suspirando por un regreso a la vieja “verdad” que todos podían comprender y hacía la vida más llevadera. Para ellos los recursos eran mínimos, y no se les sacrificaba como ganado enfermo, porque hacían falta como mano de obra. Pero sabían que no tenían ningún derecho al futuro.
Los que sí luchaban activamente por la repatriación de la cordura no eran demasiados. No se les concedía el derecho a la luz del día y tenían que actuar como fantasmas, pero nutrían la esperanza de muchos. Eventualmente el caudillo hacía alusiones genéricas de enemigos emboscados, que obviamente los incluían, pero dejando indeterminado al sujeto de su denuncia para que el resto de la sociedad que tuviera dudas también temblara por sus infidelidades. A ellos se les denunciaba como traidores, gusanos, vendepatrias, lacayos, contrarrevolucionarios, lamebotas del imperialismo, agentes de la CIA, mercenarios, y lo que la inspiración fuera dando. Pero precisamente por esos discursos es que se conoció que las palabras soeces no lo eran cuando se destinaban a los fines nobles que patrocinaba el caudillo.
También llegó a saberse que revolucionario era más que ciudadano; que la libertad no era algo inherente al ser humano, sino la obediencia ciega debida a los intereses de un régimen revolucionario; que la justicia no era para preservar derechos, sino una amenaza para aquel que se descarriara del camino oficial; y que las manifestaciones externas de los ciudadanos eran más importantes que sus convicciones internas. Se esclareció que la amistad era un sentimiento falso inventado por la burguesía para poder mantener sus privilegios, por ello se prohibió todo tipo de reuniones, y hasta el ejercicio de la caridad, que ya quedaron catalogadas como un delito. Y se aclaró, sin margen de duda, que la solidaridad correcta no podía ocurrir entre los miembros de la sociedad, sino sólo como adhesión absoluta de cada revolucionario con el caudillo.
Sin embargo el caudillo era notable por su humildad, y a pesar de ser el imprescindible de todo, se manifestaba con suma modestia y en contra de un culto a su personalidad. Sólo permitía su rostro en todas las vallas anunciadoras y en todos los affiches del país, para infundirle seguridad al pueblo que lo amaba. Y su permanente y exclusiva presencia en todos los medios de comunicación escrita, radial y televisiva, era sólo una necesidad que él afrontaba con infinita paciencia. En esos medios no cabía la posibilidad de una crítica al caudillo, porque él nunca hacía nada incorrecto, ni se equivocaba. Pero era espontáneo e inevitable que se derrocharan infinitas alabanzas en su bienaventurado nombre. La supresión de la Navidad por el 26 de Julio, no fue una decisión en contra de la religiosidad, sino que era algo obligado para fijar el origen de la nueva era que se estaba fundando. Que la finca donde nació, la celda en que estuvo prisionero, el cuartel de su primera masacre y el barco con que navegó a territorio cubano, se hayan convertido en santuarios de peregrinación, no eran una política establecida, sino sólo una devoción internacional. Y para colmo de la humildad puede decirse que mantenía en secreto el nombre del parque donde debía descansar su cuerpo embalsamado, a fin de que siguiera presidiendo e inspirando el futuro del mundo creado por él.
Era notorio que muchas cosas no marchaban bien en el país, mas siempre por culpa de otros que no ayudaban al caudillo, o no le informaban las deficiencias, porque bastaba que él conociera las cosas, para que estas quedaran resueltas en los informes oficiales. Por su parte el embargo era tan brutal que impedía la siembra del frijol, malograba la germinación de las viandas y cohibía la libido del ganado. A veces tampoco era comprendido, como ocurría con su campaña nacional de apagones para madurar la conciencia revolucionaria a través del sacrificio, y que no era bien entendida. Al cabo de los años, algunos reparaban en que el caudillo siempre había tenido una sospechosa afinidad y preferencia en asociarse con los truhanes. Hasta le criticaban que fuera a recibir las medallas de los deportistas olímpicos como algo propio y merecido. Tampoco convencía el redescubrimiento y regreso a la medicina natural que hacía innecesarias las medicinas de laboratorio, los hospitales y los médicos. Ni la escasez crónica de viviendas que devolvía a toda la población a la promiscuidad primitiva. O que no fuera tan honesto el cobro de un peaje para las drogas. Ni que en un paraíso se fuera a comer por libreta de racionamiento. Otros alegaban con razón, que la Biblia volvía a ser más digna de crédito que el caudillo, porque Moisés había llegado a la tierra prometida en sólo cuarenta años, mientras que el líder de la isla llevaba cuarenta y seis y ni asomo de esperanza. Y si la hechura de aquella nueva república había sido a imagen y semejanza del caudillo, ahora era evidente y notoria la tremenda fealdad de su conciencia.
Mas aquella isla no era digna de él porque siempre estaba exigiendo resultados, y hasta muchos ya dudaban del paraíso que se había prometido. Se susurraba que éste siempre había sido un espejismo del desierto en que se iba transformando la isla. Más elocuente era el “sálvese quien pueda” que requería semáforos en el estrecho de la Florida para un nutrido tráfico de naves experimentales, que sólo navegaban con rumbo norte, y que no se podían enmascarar como logro del régimen revolucionario ni como un aporte a la ingeniería naval. Pero sobre todo eran indignantes las infames mentiras con que estos tránsfugas luego traicionaban la dignidad del primer territorio libre de América.
Hasta que por sobreabundancia del hastío, el pueblo llegó al convencimiento de que aquel no era un verdadero caudillo, sino un pobre faraón que ni siquiera sabía terminar su propia pirámide. El muy infeliz había ido dejando perder todo aquello de lo que presumía. La igualdad era para los bobos, la honestidad sólo un disfraz, la justicia se había escurrido por las grietas de sus mentiras, y el futuro se le escapó en una balsa. Lo único que le quedaba a su favor era un miedo que se depreciaba por días, y que llegaría al ridículo en el mismo instante de su ausencia. Ya había consenso en el pueblo de que aunque su pirámide no estuviera lista, había que deshacerse de él. Había que concertarle su cita con Osiris en la constelación de Orión al más breve plazo, nada de momia para la posteridad, y por si acaso, se condenaba toda intención futura de exploración en ese sector del universo.
Y simplemente ocurrió. Para complacencia de los vivos, de los muertos por su causa, y hasta de las generaciones futuras. Ese día además ocurrieron milagros que parecían imposibles. La fidelidad de la casta del poder no atravesaba la muerte. Apenas terminó el funeral y ya la casta demostró tener planes alternativos que incluían la abjuración de su largo servicio al implacable. Con habilidad cortesana dejaban entrever lo útiles que podían ser sus servicios para deshacer la madeja totalitaria. Lo único que suplicaban, aunque sin decirlo, era el poderse sostener en los niveles de influencia. Y ello sin importar que esto fuera claudicar en el otro extremo del espectro político. La casta de los conversos sacó a la luz odas secretas que habían esperado en la clandestinidad por ese día de gracia. Como por encanto, y en el estilo de “como decíamos ayer”, los conversos regresaron con destreza al cauce antiguo, y hasta empezaban a criticar los tiempos del caudillo. La casta de los miméticos sufrió un gran trauma porque la desaparición del caudillo los dejaba sin brújula y en la incertidumbre. Su adaptación y seguimiento del régimen depuesto se había vuelto un instinto, pero nunca había incluido la disposición funeraria. Pero si se juzgaba por la inercia de su costumbre, lo lógico es que en esos momentos, y en lo que se definía el curso de los acontecimientos, ellos tuvieran el deseo de hacerse invisibles como el difunto. La casta de los nirvánicos estaba atónita por aquellos acontecimientos impensables y tan radicales que habrían alterado al mismo Buda. Muchos estaban tan anquilosados en su indiferencia que no comprendían el júbilo de los demás. Y los nacidos dentro del tiempo mesiánico dudaban en creer si aquello sería el fin del mundo o algo ya previsto por Carlos Marx y que les habían ocultado. Los enquistados lloraban de alegría porque volvían a ser ciudadanos, y podían esperar el regreso de la justicia. Por este cambio ellos recuperaban el “sí” que se les había atrofiado en su océano de negaciones, y lo que se escuchara en adelante no necesitaría ser entendido al revés.
Los luchadores activos tenían muchas cicatrices y muchos recuerdos, pero sobre todo mucha satisfacción del deber cumplido. Ahora comprendían un poco lo que sintieron los mambises el 20 de Mayo de 1902. Además recordaban a los hermanos caídos que no pudieron llegar a la victoria, y con quienes se sentían obligados. Había que trabajar arduamente en la paz para demostrar con los hechos que el sacrificio de los caídos no había sido en vano. Pero además sentían orgullo de hombre por haber liberado la patria que se entregaría a las futuras generaciones de la isla.
No hubo que hacer nada especial para regresar a la antigua y sólida verdad, porque todos la habían mantenido escondida en su recinto más íntimo, y bastó abrirle la jaula para que saliera a volar de nuevo. También ocurrieron algunos fenómenos extraños que llamaron la atención de la ciudadanía. Uno de ellos fue la aparición de un perro callejero y sin pedigrí que deambulaba por toda la ciudad, y tenía la peculiaridad de ponerse a aullar en las esquinas concurridas. Pero todos los espiritistas coincidieron en aclarar que se trataba del ánima del mismísimo caudillo, que no encontraba la paz porque nunca la había conocido, y que sus aullidos eran de protesta porque no lo dejaban ladrar por televisión. También desde el extremo oriental llegaron noticias sobre lo acontecido con la imagen de la venerada patrona de la isla. Pues se supo que en el rostro de la imagen había aparecido una sonrisa misteriosa y muy parecida a la de la Mona Lisa.
Se tuvo noticias de que en el otro lado del mar había mucho júbilo, y que la libertad hacía sus maletas para el regreso. Y se pudo confirmar porque los vientos alisios que soplaban desde el estrecho de la Florida, traían los ecos rítmicos de una conga lejana y entusiasta, …Ya el caballo no relincha… (Coro) …Los gusanos se lo comieron, Con el Ché y los Ce-De-eRRe… (Coro) …Los gusanos se lo comieron, Y cuando la libertad llegó por fin y pisó el suelo de la isla, se le aguaron los ojos, mandó al diablo las maletas, y corrió a abrazar a la gente del barrio.
PROGRAMA DE ACCIONES
DE TÚNEZ PARA INTRODUCCIÓN 1. Reconocemos que ha llegado el momento de pasar a la acción, considerando los trabajos que ya se han hecho para aplicar el Plan de Acción de Ginebra e identificar las esferas en las que se han logrado avances, se están logrando avances o aún no se han logrado avances. 2. Reafirmamos los compromisos adquiridos en Ginebra y nos basamos en ellos en Túnez centrándonos en los mecanismos de financiación destinados a reducir la brecha digital, en el gobierno de Internet y en cuestiones conexas, así como en la aplicación y el seguimiento de las decisiones tomadas en Ginebra y Túnez. Mecanismos de financiación para hacer frente a las dificultades que plantea la utilización de las TIC en favor del desarrollo 3. Agradecemos al Secretario General de las Naciones Unidas haber creado el Grupo Especial sobre Mecanismos de Financiación (TFFM) y felicitamos a los miembros de este Grupo por su Informe. 4. Recordamos que el mandato del TFFM consistía en revisar detalladamente la adecuación de los mecanismos de financiación existentes para responder a los desafíos planteados por la utilización de las TIC para el desarrollo. 5. En el Informe del TFFM se pone de relieve la complejidad de los mecanismos en vigor, tanto públicos como privados, para la financiación de las TIC en los países en desarrollo. En éste se identifican los |