La Cuba que fue y la que pudo ser: Comentando
el libro "El Proceso Político Cubano y su relación con el
exterior"* de Roberto Simeón Ramírez
Carlos Manuel Estefanía Aulet
estefaniaulet@hotmail.com
Jefe de redacción de "CubaNuestra"
Delegado de la Coordinadora Socialdemócrata Cubana
en Escandinavia
Cuba Nuestra 2002-09-04
“ Los hombres de honor cuando mudan de opinión es
por un convencimiento, y presentan las razones que les han obligado
a hacerlo; pero jamás niegan su antiguo modo de pensar, porque como
su conciencia nada les acusa, y siempre han tenido por objeto el
bien de su patria, no creen que deben encubrirse. Estos inspiran
confianza y mucho más si siempre han tenido igual conducta”
Felix Varela,
(Citado por Roberto
Simeón “En el proceso Político Cubano”, página
17)
Para un enamorado de la historia de Cuba, como
es mi caso, no existe riqueza material o espiritual equiparable al
gozo de la comunicación directa con quienes escriben
bien sobre ella. Roberto Simeón Ramirez es un buen ejemplo.
Me siento pues afortunado por haber compartido
innumerables sesiones científicas con ese gran historiador
cubano, marxista, fallecido en el destierro, que fue el MAESTRO,
Manuel Moreno Fraginals, por cierto con sus hijos Carlos y José
(también historiador) he mantenido indestructible amistad desde la
adolescencia. No menos me honra el ser considerado su
amigo por el historiador y CUBANISTA canario, Manuel de Paz,
cuyos deliciosos libros [algunos de ellos comentados para Cuba
Nuestra, ver por ejemplo Cubanos
y venezolanos, Don Manuel de Paz tiene algo que contarnos;
comentando “Zona de Guerra: España y La Revolución Cubana
(1960-11962)”* ] muestran el devenir de
nuestra patria con una objetividad a prueba de balas, por la que
apenas se descubre en sus obras, la profunda fe católica y
compromiso con el progreso social que caracterizan al catedrático
isleño.
Otros buenos amigos de los que también me
precio han escrito sobre la evolución histórica de Cuba, con
no menos suerte que los anteriores aunque sus trabajos fueran
elaborados el marco, siempre benefactor, de la academia. Me refiero
a quienes han debido combinar el historiar con una intensa actividad
política y social; tal es el caso del inestimable Carlos Alberto
Montaner, presidente de la Unión
Liberal Cubana, del agudo, Frank Fernández, activista
internacional del Movimiento Libertario Cubano [anarquista] en
el Exilio, y por último, de quien pienso dar cuenta en estas notas,
del inagotable Roberto Simeón Ramírez, secretario general Partido
Social Revolucionario Democrático de Cuba.
Todos ellos, el marxista, el católico, el liberal, el anarquista y
el social-revolucionario, cada uno a su manera, han sabido
horadar nuestra historia, con impoluta honestidad intelectual.
El resultado total de estos diversos acercamientos ideológicos
nos permite alcanzar una idea de conjunto sobre como se
desarrolló de la nación cubana, lo que pudo ser y lo que podemos
esperar de ella.
De alguna u otra manera los amigos mencionados se
conocen o se refieren entre sí. Mis primeros contactos con Roberto
Simeón, por ejemplo, se realizaron gracias a Carlos Alberto
Montaner [en quien un Moreno Fraginals, recién exiliado, encontró
plenos; respeto, respaldo y reconocimiento], al que acudí con
el objetivo de ayudar a otro historiador, el doctorante inglés Gary
Tennat (otro nombre mas más para la lista en este caso de ideología
trotskysta), que a su vez había sido remitido a mí por el
anarquista Fernández.
Tennat se hallaba enfrascado en una tesis sobre el
Trotskysmo cubano cuando Frank Fernández le puso al tanto de
que yo había abordado su tema en Cuba Nuestra. Le pasé al
investigador inglés el teléfono de Roberto Simeón, quien en
condición de hermano de Charles, uno de los más importantes
seguidores de Trotsky en Cuba, debía constituir una fuente
sustanciosa para las investigaciones de Tennant. El resultado
final de esta colaboración fue publicado por la
revista “Revolutionary
History, Volumen 7 bajo el título de:The Hidden Pearl of The
Caribbean; Trotskyism in Cuba. Se trata de un trabajo de suma
utilidad para los interesados en conocer una de las corrientes políticas
que agitaron al movimiento obrero cubano en la primera mitad del
siglo pasado.
Sobre la base de aquel contacto se iniciaron
las colaboraciones entre las páginas del PSRDC y la revista Cuba
Nuestra, lo que me permitió conocer la “escritura” de Roberto
Simeón. Por ello estaba preparado para lo que me esperaba cuando me
enfrentase al libro “El
Proceso Político Cubano y su relación con el Exterior” .
En la contraportada del libro se nos ofrece una síntesis de
la trayectoria política y académica del autor. Nacido en matanzas,
Cuba en 1929, Roberto Simeón Ramírez, se nos presenta como un
destacado luchador social de nivel iberoamericano. Fue dirigente
sindical, líder del Partido Aprista de Cuba, responsable de la
Sección Obrera del Directorio Revolucionario 13 de Marzo. Así
mismo nuestro amigo se ha hecho de una sólida formación
política,
económica y jurídica realizando estudios, en diversas
universidades; la de La Habana, en la Universidad Nacional Masónica
y la de ST Thomas University de Miami.
La obra nos conduce desde el paradigma teórico
abstracto, sobre el que proyecta la evolución de Cuba, al
entretejido factual de lo que ha sido su vida política. Se repasa
con suma penetración los acontecimientos que antecenden el
surgimiento de la república tras la intervención norteamericana en
la guerra hispanocubana de 1895-1898. para describirnos su lento
aniquilamiento los agentes del intervencionismo soviético.
En el preámbulo Simeón define las posiciones de
los social revolucionarios, con los que el autor se identifica.
Mientras le leo, viene a mi memoria el hecho de fuese esa misma
definición ideológica la del primer gobernante con vocación
auténticamente democrática tuvo Rusia en toda su historia, Alexander
Kerensky (1881-1970), el Primer Ministro del Gobiernos
Provisional que sucedió a la abdicación del Zar en febrero del
1917, y que fuese arteramente derrocado por el golpe de estado
bolchevique en octubre de ese mismo año. El socialista
revolucionario Kerensky, exiliado primeramente en Francia y luego en
Estados Unidos, fue enemigo del totalitarismo soviético hasta su
muerte. Igualmente emerge en mis recuerdos la imagen de la célebre
socialista revolucionaria Fanny Roid Kaplan, quien intentó de
salvar a Rusia de la noche dictatorial que se le encimaba. La Roid
Kaplan pagó con su vida la acción del 30 de agosto de 1918
cuando, con un certero disparo, acortó la existencia de Vladimir
Ilich Lenin.
Afanado en conjugar para Cuba, lo que hasta el
momento no marchan juntos; “socialismo” y “democracia”, Simeón
se pronuncia por el establecimiento del “Estado Social de Derecho”,
una especie de síntesis entre las aspiraciones liberales y socialistas
libertarias. Este sería el marco en el cual podría realizarse el
proyecto nacional cubano. Se trataría de una Estado estructurado a
partir del hombre y sus necesidades, donde la persona tenga
capacidad política y social para pronunciarse de manera periódica
sobre la sociedad, haciendo uso de la contienda electoral y la
participación de organizaciones sociales en las decisiones de la
comunidad nacional. Es un Estado que, a diferencia del actual, se
opondría a la masificación y al igualitarismo infecundo, al
aplastamiento de la individualidad, pero a su vez, buscaría la
eliminación progresiva de las diferencias de clases, los
privilegios y las discriminaciones.
El concepto de “socialismo” que maneja
Simeón resulta problemático para los ideólogos de La Habana pues
en nada recuerda lo que se ha entendido por tal en los últimos
cuarenta años en Cuba. En este libro el socialismo se comprende
como interrelación ética entre sociedad e individuo;
“actitud ontológica ante la
realidad, no para idealizarla o simplemente utilizarla, sino para,
comprendiendo su naturaleza cambiante, modificarla al objeto de
realizar los valores de libertad, solidaridad y colaboración; es
decir, acción de trabajo común, a los efectos de crear condiciones
de sociedad que permitan al hombre desarrollar su personalidad plena.
El concepto de socialismo no puede estar comprometido con
determinadas estructuras económicas o sociales; su compromiso es
con la libertad” (pág. 15).
A partir de esta definición doctrinal, Simeón
nos conducirá con agilidad y gracia por la historia de Cuba,
“involucrándonos” en las conspiraciones de todos los
tiempos y las influencias que en ellas tuvo el contexto
internacional.
Un buen ejemplo lo tenemos cuando Simeón nos
recuerda algo de utilidad para quienes sostienen la imagen un
tanto idílica sobre el papel de Estados Unidos en la independización
de Cuba) el boicot norteamericano, bajo el pretexto de evitar
una anexión a México, al proyecto sostenido por el presidente
Guadalupe Victoria, quien había intentado, con el auspicio de la
“Junta Promotora de la Libertad de Cuba” comprometer a Colombia
y México en la liberación de la Isla. Nos cuenta el escritor que
el propio Bolívar terminaría por confesar a los revolucionarios
de la isla que no podían desafiar al gobierno norteamericano
resuelto, en unión con Inglaterra, a mantener la autoridad de
España sobre la isla.
Simeón, sin descuidar el signo democrático e
independentista que ha guiado a las luchas de los cubanos en los últimos
dos siglos, nos descubre paralelamente la olvidada tradición
“socialrevolucionaria” isleña. Ella se manifiesta con absoluta
claridad en fecha tan temprana como 1875, cuando Miguel A. Bravo
Senties elabora su Constitución Socialista, proyecto considerado
por el Mayor General Vicente García, como viable para la sociedad
cubana que emergería tras la independencia. Resulta interesante el
que a pesar del interés de las autoridades cubanas por presentar
su “ revolución socialista” como resultado inevitable del
proceso independentista apenas se haya hecho alusión en las aulas
universitarias del país (al menos durante mi etapa estudiantil; años
ochentas) a la mencionada constitución y la tendencia social-revolucionaria
que esta simboliza, dentro del independentismo. Sin embargo, doy fe
de que, casi subrepticiamente, el asunto se escapó en al cine.
Recuerdo perfectamente una escena de la película Baraguá
(1986), de José Massip**, en la que se muestra a Vicente
García un tanto levantisco y contrapuesto a Maceo, dando
vivas en plena manigua a algo así como una “ República Social
Federal”. Confieso que en aquel momento me quedé en ascuas, pese
a los no pocos cursos de historia recibidos en la universidad, ahora,
gracias al libro de Simeón “caigo”.
Siguiendo esta trayectoria, Simeón nos
acerca a otro cuasiolvidado de nuestra historiografía oficial
[pero afortunadamente rescatado por los jóvenes opositores de
Corriente
Socialista Democrática Cubana a quien le dedican su taller];
Diego Vicente Tejera, el fundador de nuestro primer partido
socialista en 1899, quien expresó términos que harían de él un
perfecto disidente en la Cuba de hoy:
“En verdad, me mortificaba ver
en las escuelas socialistas Europeas la preponderancia que se le
daba al Estado, y yo buscaba el modo de emancipar al obrero, sin
destruir al ciudadano. Creía yo, que si algo realizó la Revolución
francesa fue la creación, digamos así, la consagración de la
individualidad, y que sería retrogradar el someternos en cualquier
forma a una tutela” (pag. 19).
Sin perderle pié ni pisada al autor, seguimos los
intrincados caminos de la historia; de la guerra de independencia a
la ocupación norteamericana de esta a la república mediatizada y
en ella Machado como principio y fin de una época. Aprendemos con
esta obra de los cambios en la política de Norteamérica hacia
la incontrolable vecinilla, el significado del gobierno
revolucionario encabezado por Grau, la oposición que le hicieran a
un tiempo plattistas, reaccionarios y comunistas, el ascenso de
Fulegencio Batista y sus devaneos “izquierdistas”, cuajados
en la conformación de “Coalición Socialista Democrática”,
alguien a quien Blas Roca, líder de los estalinistas del patio
describe como “esta magnifica reserva de la democracia cubana”,
poco después del 10 de octubre de 1944 cuando Batista
abandona por la vía democrática el poder para marchar a un exilio
dorado.
Para conocer el significado histórico del
Partido Revolucionario Cubano (auténtico) nada mejor que este libro.
Aquí se detallan las características este partido que se
proclamaba [como hacían todos, ABC, comunistas, batistianos etc] el
heredero auténtico de la revolución del 33 y que se definía
en sus orígenes como “socialistas del mismo modo que lo sería el
desprendimiento Ortodoxo [definido en su programa como “socialista”,
“antiimperialista” y, gracias a Dios, “ democrático”]. Es
algo que ni por asomo reconocen muchos viejos militantes del “auténticismo”
y ”la ortodoxia” hoy en el exilio, para ellos, como para los que
habiendo creído en la utopía comunistas hoy niegan su pasado vale
recordarles las palabras de Varela citadas por Simeón: "Los
hombres de honor cuando mudan de opinión lo hacen por un
convencimiento, y presentan las razones que les han obligado a
hacerlo; pero jamás niegan su antiguo modo de pensar..."
Para los que gozan de la dimensión “estética”
de los acontecimientos políticos, resultará atractiva la
alusión que se hace en la página 191 a las brigadas femeninas de
los auténticos, caracterizadas por su amplia representación
social, también aquellas estructuras que preocuparon por
igual a la burguesía y a los comunistas, y que de cierta manera
crean un precedente a las formas que se verían después en la Cuba
de Fidel Castro, me refiero a la existencia de brigadas juveniles
completamente disciplinadas y uniformadas. Según el diario
“Hoy” del partido Socialista Popular (comunista) estos comandos
se diferenciaban de los fascistas solo por el color blanco. Si nos
guiamos por lo dicho en este libro, tales brigadas sólo tuvieron
una función humanitaria y de defensa civil. En todo caso la política
exterior e interna de los “auténticos”, poco o nada tiene de
fascista, más bien de un sano nacionalismo, semilla degenerada y
explotada hasta la saciedad, por los mecanismos de manipulación
comunista décadas después. Sin embargo los “revolucionarios
auténticos” a diferencia de los actuales “revolucionarios”
comunistas, se dedicaron a combatir “el totalitarismo con
libertad” ***. En Cuba, con evidente respaldo gubernamental se
conspiró contra el régimen de Trujillo, la isla acogió a
cuanto perseguido por las dictaduras latinoamericanas pudo llegar a
sus costas, condenó el golpe de estado en Venezuela, asumió la
bandera de la independencia de Indonesia, defendió al Cardenal
Midszensky, asilado en la Embajada de Estados Unidos en
Budapest, y se pronunció por la liquidación de cualquier régimen
de colonias y vasallaje, sobretodo en América Latina, abogó por la
defensa económica de los países subdesarrollados, por la
incorporación de América Latina tanto al Plan Marshall como al Tratado
del Atlántico Norte, y sobretodo se convirtió en un paladín de la
defensa de los derechos humanos en el ámbito internacional. De tal
modo comienza la proyección internacionalista de Cuba, mucho antes
de la incorporación de la isla a la órbita comunista. Nada
de esto impidió el desplome del “Estado de Derecho”, en cuyas
causas profundiza el autor, ofreciéndonos siempre una visión
meridiana de la participación de los Estados Unidos y de los
agentes URSS en este proceso.
Capítulos destacados del libro son los
dedicado a dos hermosas figuras de nuestra historia, una más o
menos reconocida Antonio Guiteras Holmes, otra, alevosamente
olvidada, tanto en Cuba como en la diáspora; Sandalio Junco. Al
primero, blanco (descendiente de irlandéses), socialrevolucionario
por excelencia, fue catalaogado por el escritor norteamericano
Carleton Beals como; “El John Brown de Cuba”, con mas o menos
suerte se le ha dedicado mas de un libro en la Isla****. A la
segunda figura, la de Junco, se le ignora hasta lo
indecible, por los mismos que repiten hasta la saciedad a los
estudiantes cubanos, la historia del líder obrero negro Jesús
Menéndez.
Como Menéndez, Sandalio Junco, fue líder, obrero y negro, y
como aquél también, resultó asesinado, sólo que el primero
“para su gloria oficial” pertenecía a las filas
estalinistas lo cual no le impedía gozar de inmunidad parlamentaria,
el segundo, fundador del Trotskysmo cubano, para su desgracia y
olvido, perteneció a quienes desde la izquierda tuvieron el valor
de denunciar la naturaleza del comunismo soviético (al que
conoció en carne propia) y morir por ello. Junco cayó el 8 de mayo
de 1942, precisamente, cuando recordaba, el asesinato de
Guiteras, allí estaba el hermanos del historiador, Charles Simeón,
quien pudo haber caído también ese día sino fuese por
el micrófono que le salvó la vida desviando la bala comunista.
La malograda actividad, sin dudas, constituía una
bofetada al gobierno de Batista, recordaba la etapa
“gorila” del por entonces, democráticamente elegido, presidente.
Como en otras ocasiones los estalinistas cubanos le sacarían las
castañas del fuego a Batista, el “hombre fuerte” sabría
recompenzarlos, como nos demuestra Simeón.
El libro, desde sus inicios esta cargado de
detalles y hechos poco divulgados de nuestra historia, por ejemplo;
la utilización de la agitación racial, por los conservadores como
arma para desestabilizar al gobierno del General José Miguel Gómez.
El libro sale a la luz con esta información precisamente en
los momentos en que nuestros hermanos afrocubanos demandan un
acercamiento mas objetivo y menos “olvidadizo” a lo
que fue la sublevación del Partido Independiente de Color. Simeón
expone sus puntos de vista tan creíbles como sorprendentes, acerca
de la llamada “guerra de los negros” de 1912, viéndola
como el resultado de un plan concertado por la oposición
conservadora. Según el autor, la sacarocracia cubana [que no
se caracterizaba precisamente por su amor a los cubanos negros]
auspició, protegió jurídicamente y dio cobertura periodística a
las arengas racistas por carambola de los lideres de este
movimiento, Pedro Ivonet y Evaristo Estenoz. La curiosa
tesis sostenida por el libro, es la de que la “sacarocracia” (termino
acuñado por Fraginals y que Simeón retoma a lo largo de su estudio),
y posiblemente el capital norteamericano, financiaron el alzamiento.
El fin era el de justificar con el miedo que despertaría la
“revolución negra” una intervención o la anexión de Cuba a
los Estados Unidos. El gobierno liberal tronchó el proyecto
reprimiendo encarnizadamente a los sublevados.
La resistencia al “machadato” es uno de los temas mejor tratados
en libro. Se nos aclara cuales fueron las vertientes y
personalidades que emergieron en esta etapa y que seguirán marcando
la política cubana en las décadas subsiguientes. Dentro de esto se
descubre el papel del ABC, un paradigma de lo que sería años después
el 26 de julio, por el protagonismo atribuido a su lucha dentro de
la revolución. Abordase en este momento también el
surgimiento y fortalecimiento del comunismo en Cuba, el papel de la
figura de Mella, cuya expulsión del partido comunista durante su
exilio en México se menciona.
Fundamental en esta obra es la definición de la
personalidad política de Batista, que al final y sin el menor
intento apologético, nos queda menos a la derecha de lo que nos lo
pinta la actual propaganda que se hace en Cuba. Se recogen no solo
los contubernios de Batista con el comunismo de entonces y su
oposición al nazismo, fascismo y falangismo del patio, sino también
las medidas de corte social que supo respetar o promover (a veces
provenientes de gobiernos por él derrocados).
Pero no por esto deja de resultar sospechosa
la misteriosa visita realizada por Batista, pocos días antes del
10 de marzo del 52 a la Embajada Norteamericana, y sobretodo
inmediato reconocimiento del gobierno de Estados Unidos a su
gobierno, constituido tras un golpe militar. Para colmo,
las buenas relaciones del gobierno auténtico con el gobiernos
norteamericano, no fueron óbice para el trato humillante dado por
los agentes del FBI al ex presidente Carlos Prío llegado al exilio,
presentado antes las cámaras de la prensa esposado como un vulgar
delincuente. Si a esto sumamos la posibilidad de la creación
de un eje entre una Cuba (que pese a todas las corruptelas que también
Simeón expone) avanzaba en democracia hacia el desarrollo y
la igualdad social, una Argentina “justicialista” (bajo un Perón
cada vez menos fascista, y más democrático) y el México
nacionalista y populista de Cárdenas, podemos
preguntamos si no fué, Estados Unidos, una vez mas, quien
auspiciara el estancamiento de político Cuba. Ante la disyuntiva de
que ese país, sin concesiones al imperialismo soviético, terminara
poniendo en crisis la hegemonía estadounidense en el continente.
En este libro se esclarece como se
desplomó la vieja sociedad, cuales fueron los factores que
permitieron el ultimo ascenso de Batista y también su caída
definitiva. Se nos anuncia una segunda una segunda parte que
sin dudas no será menos sustanciosa. Como es la propia historia de
Cuba, a veces vergonzante, a veces heroica pero siempre, de algún
modo deslumbrante. La segunda parte de “El Proceso Político
Cubano”, será el libro de la Cuba que “ es “, y de la que
podrá ser. Promete ser tan bueno como el que le precede, no
nos lo perderemos pues. Por el momento recomendaré a quienes se
encargan en Suecia de recolectar libros para las bibliotecas
independientes de Cuba, que no dejen de incorporar en el próximo
envío ejemplares de “El Proceso Político Cubano y su
relación con el exterior” de Roberto Simeón Ramírez, todo un
regalo para el intelecto del buen lector cubano.
Notas
* Muñoz
y Moya editores, Salamanca, España, febrero 2002 (ISBN
84-931192-4-5).
** José Massip descendiente de una celebre
estirpe de geógrafos cubanos, intelectual sereno y calmo,
enamorado de filme “Ciudadano Kane”, con quien tuve el
gusto de compartir, junto a su esposa, la docencia en la
Facultad de Radio, Cine y Televisión del Instituto Superior de Arte
de la Habana, a principios de los noventa.
*** Como Carlos Prío, el continuador presidencial
de Grau en el período auténtico (1944-1952), ante una sesión
especial del Consejo de las Organización de estados Americanos el 9
de diciembre de 1948
****El mejor de todos los libros que he consultado
sobre esta figura, hará varios años es “Guiteras” de José A
Tabares del Real. Sumo Tabares a mi colección de
historiadores conocidos. Le tuve como profesor de un curso de
postgrado Sobre Economía y desarrollo, impartido por FLACSO y
la Universidad de la Habana en 1989. Hombre ameno y conversador
Tabares del Real supo echarse en un bolsillo, desde el primer
seminario a los participantes, en su mayoría graduados
y profesionales latinoamericanos y europeos.
CUBA ENTRE
REVOLUCIONES
por MARIFELI
PEREZ-STABLE
profesora de la
Universidad Internacional de la Florida
Autora de La
Revolucion Cubana: Origenes, curso y desarrollo.
"El pueblo de Cuba es democrático, por su
propia naturaleza, por su recóndita e indestructible idiosincracia", decía
la revista Bohemia en 1941. En efecto, Cuba en la década del cuarenta era una
de las pocas democracias en América Latina. Luego de la revolución de 1933,
el entonces coronel Fulgencio Batista dirigió un proceso de reconciliación
nacional de impresionante envergadura. Pese a la polaridad política que había
marcado a los años anteriores, la asamblea constituyente de 1940 reunió
representantes de las principales corrientes, desde antiguos machadistas hasta
los comunistas.
La asamblea fue excepcional por haber
protagonizado el único pacto político incluyente del siglo XX cubano. En el
argot de hoy, diríamos de transición hacia la democracia, como las que se
dieron en América Latina a partir de fines de los setenta. A diferencia de éstas,
la cubana de aquel entonces no se consolidó y es tarea importantísima
apuntar por qué. A Batista le siguieron en la presidencia Ramón Grau San
Martín y Carlos Prío Socarrás, procedentes del Partido Revolucionario
Cubano (Auténticos).
El autenticismo se fundó sobre los ideales de
la revolución de 1933 -democracia, justicia social y soberanía nacional- y,
por ello, tenía un fuerte arraigo en la ciudadanía. La elección de Grau en
1944 fue recibida con extraordinaria alegría y altísimas expectativas.
Sin menospreciar los logros de los auténticos,
sobre todo en lo que respecta a los derechos políticos que fueron respetados
entonces como nunca en nuestra historia, anoto algunos de sus fracasos políticos
por considerarlos decisivos en el colapso de la democracia en 1952. La opinión
pública aplaudió el triunfo de Grau por su actuación en 1933 y esperaba,
por tanto, que los auténticos se desenvolvieran en el poder de manera
diferente a sus antecesores. No lo hicieron. La corrupción no menguó durante
sus mandatos sino aumentó, dándole pie a Eduardo Chibás, un político con
reputación de honesto, surgido de las filas estudiantiles en 1927, que luego
rompió con los auténticos y fundó el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo)
en 1947.
Aunque la responsabilidad no fue sólo suya, el
autenticismo presidió al país por ocho de los 12 años regidos por la
Constitución de 1940 y el hecho es que sólo se pasaron las leyes
complementarias que crearon el Banco Nacional, el Banco de Fomento Agrícola e
Industrial, y el Tribunal de Cuentas, y se postergaron otras que le hubieran
dado mayor vigencia, cuerpo y vigor al orden constitucional.
Los pactos para retener el poder y las
prebendas que lo acompañaban fueron el móvil fundamental de los auténticos,
y así fue que descuidaron el poder como medio de afianzar una normalidad
democrática. "El espíritu vigilante del pueblo de Cuba", al decir
de Carlos Márquez Sterling, no encontró raíles institucionales que
alimentaran la confianza entre la ciudadanía y los gobernantes.
Hubo, es justo reconocer, esfuerzos loables. La
sociedad civil se fortalecía y multiplicaba sus esfuerzos por fiscalizar al
Estado. Durante la segunda guerra mundial, por ejemplo, se formó un Servicio
Femenino de Defensa Civil para apoyar a la ORPA (la oficina de control de
precios) y a la Policía Nacional.
Los sindicatos jugaban un papel importantísimo
en la vida nacional. El campesinado oriental desplegó un abanico de
actividades para crear conciencia de sus dificilísimas condiciones de vida.
Los industriales hacían campaña permanente por la diversificación de la
economía. Los Comités de Acción Cívica demandaban la autonomía municipal
y una estricta supervisión de los presupuestos.
En todos éstos se destacaron muchísimos auténticos
así como políticos de otros partidos. Pero el partido mismo, su dirigencia
nacional, no les infundió el propósito vital de cimentar los vínculos del
autenticismo con su base, como sucedía en el México del entonces Partido
Revolucionario Institucional (PRI) y los diferentes sectores sociales, a pesar
de que ese partido tampoco le daba prioridad a la honestidad administrativa.
De haber sido así en Cuba, quizás Prío
hubiera podido movilizar al país y anular el 10 de marzo. En 1952, la
ciudadanía -hastiada de la politiquería y la corrupción sin fin- se sintió
el golpe de estado en lo más profundo, pero no salió a la calle por
iniciativa propia para defender la democracia.
Después del 10 de marzo, auténticos y
ortodoxos nunca lograron aunar fuerzas: los primeros se dividieron entre
grausistas y priístas, los segundos se vanagloriaban de su independencia política
y no eran proclives a pactar. Mientras tanto, Batista intentaba consolidar su
poder mediante medidas populistas y unas elecciones (1954) que, aunque
fraudulentas, lo colocaron como presidente "electo" y, como tal,
levantó la censura y liberó a los presos políticos.
En honor a la verdad, hay que decir que el
general nunca se sintió cómodo con el título de dictador, que su ideario
político era progresista y que, aún en los cincuentas, diversos sectores de
la ciudadanía lo apoyaban.
Su desempeño entre el 1933 y el 1958 fue, sin
duda, complejo y no debe caricaturizarse, pero uno de los juicios más severos
en su contra es el no haberle aplicado las destrezas políticas que había
mostrado con creces a fines de la década del treinta a la búsqueda de una
solución nacional después de 1952.
Oportunidad tuvo. Aprovechándose de las
disposiciones liberalizadoras del régimen, el venerable Don Cosme de la
Torriente y otros políticos de la oposición moderada movilizaron a la opinión
pública a partir de junio de 1955 en favor de negociar la restauración
constitucional.
Miles de ciudadanos salieron a las calles a lo
largo y ancho de la isla para manifestar su respaldo a un desenlace pactado a
la crisis provocada por el 10 de marzo. La mirada retrospectiva produce una
tristeza inconsolable pues, de haber habido plena voluntad de parte de todos
los actores, bien pudiera haberse logrado. Pero no la hubo.
La oposición moderada estaba dividida entre sí
y no surgió un liderazgo capaz de darle visión, organización y seguimiento.
En noviembre, 100,000 personas de las más variadas tendencias políticas,
incluyendo al líder universitario, José Antonio Echevarría y al Directorio
Estudiantil, se reunieron en el muelle de la Luz en La Habana.
Desde el exilio en México, Fidel Castro
denunciaba con furia el proceso político en Cuba ya que temía quedarse fuera
del juego y así, efectivamente, hubiera sido. Pero el momento se atascó en
un callejón sin salida.
La oposición moderada -cada uno por su cuenta
y cada cual creyéndose la figura cimera- desperdició la fuerza ciudadana y
no la enfrentó enérgicamente al régimen hasta convenir la concertación
deseada. Conociendo bien las flaquezas de la oposición, Batista fue dilatando
una respuesta, confiado en que pasaría lo que pasó. El régimen -y las
fuerzas opositoras que abogaban únicamente por la lucha armada- ganaron la
ronda.