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PERIODICO LA OPINION

Sept. de 2002 

ORGANO OFICIAL DE LA COORDINADORA SOCIALDEMOCRATA DE CUBA

Lea en este numero:

1-  La Cuba que fue y la que pudo ser

por Carlos M. Estefania

2-  Cuba entre Revoluciones

por Marifeli Perez-Stable

3- Comienza la Mesa de Reflexion en Cuba su Encuesta Nacional. Van en busca de Una Carta Ciudadana.

 

 

 

La Cuba que fue y la que pudo ser: Comentando el libro "El Proceso Político Cubano y su relación con el exterior"* de Roberto Simeón Ramírez



Carlos Manuel Estefanía Aulet
estefaniaulet@hotmail.com
Jefe de redacción de "CubaNuestra"

Delegado de la Coordinadora Socialdemócrata Cubana
en  Escandinavia

Cuba Nuestra 2002-09-04

 

“ Los hombres de honor cuando mudan de opinión es por un convencimiento, y presentan las razones que les han obligado a hacerlo; pero jamás niegan su antiguo modo de pensar, porque como su conciencia nada les acusa, y siempre han tenido por objeto el bien de su patria, no creen que deben encubrirse. Estos inspiran confianza y mucho más si siempre han tenido igual conducta”

Felix Varela,
(Citado por Roberto Simeón “En el proceso Político Cubano”,  página 17)

 

 


Para un enamorado de la historia  de Cuba, como es mi caso, no existe riqueza material o espiritual equiparable al gozo de la comunicación directa con quienes escriben  bien sobre ella. Roberto Simeón Ramirez es un buen ejemplo.

Me siento pues afortunado por haber compartido innumerables sesiones científicas con ese gran  historiador cubano, marxista, fallecido en el destierro, que fue el MAESTRO,  Manuel Moreno Fraginals, por cierto con sus hijos Carlos y  José (también historiador) he mantenido indestructible amistad desde la adolescencia. No menos me honra  el ser considerado su amigo por el historiador y  CUBANISTA canario, Manuel de Paz, cuyos deliciosos libros [algunos de ellos comentados para Cuba Nuestra, ver por ejemplo Cubanos y venezolanos, Don Manuel de Paz tiene algo que contarnos; comentando “Zona de Guerra: España y La Revolución Cubana (1960-11962)”*  ] muestran el devenir de nuestra patria con una objetividad a prueba de balas, por la que apenas se descubre en sus obras,  la profunda fe católica y compromiso con el progreso social que caracterizan al catedrático isleño.

Otros buenos amigos de los que también me precio han escrito sobre la evolución histórica de Cuba, con  no menos suerte que los anteriores aunque sus trabajos fueran  elaborados el marco, siempre benefactor, de la academia. Me refiero a quienes han debido combinar el historiar con una intensa actividad política y social; tal es el caso del inestimable Carlos Alberto Montaner, presidente de la Unión Liberal Cubana, del agudo, Frank Fernández, activista internacional del Movimiento Libertario Cubano [anarquista]  en el Exilio, y por último, de quien pienso dar cuenta en estas notas,  del inagotable Roberto Simeón Ramírez, secretario general Partido Social Revolucionario Democrático de Cuba.  Todos ellos, el marxista, el católico, el liberal, el anarquista y el social-revolucionario, cada uno a su manera,  han sabido horadar  nuestra historia, con impoluta honestidad intelectual. El resultado  total de estos diversos acercamientos ideológicos nos permite alcanzar una idea de conjunto sobre   como se desarrolló de la nación cubana, lo que pudo ser y lo que podemos esperar de ella.

De alguna u otra manera los amigos mencionados se conocen o se refieren entre sí. Mis primeros contactos con Roberto Simeón, por ejemplo, se realizaron gracias a Carlos Alberto Montaner [en quien un Moreno Fraginals, recién exiliado, encontró plenos; respeto,  respaldo y reconocimiento], al que acudí con el objetivo de ayudar a otro historiador, el doctorante inglés Gary Tennat (otro nombre mas más para la lista en este caso de ideología trotskysta), que a su vez había sido remitido a mí por el anarquista Fernández. 

Tennat se hallaba enfrascado en una tesis sobre el Trotskysmo cubano cuando Frank Fernández  le puso al tanto de que yo había abordado su tema en Cuba Nuestra.  Le pasé al investigador inglés el teléfono de Roberto Simeón,  quien en  condición de hermano de Charles, uno de los más importantes seguidores de Trotsky en Cuba, debía constituir  una fuente sustanciosa para las investigaciones de Tennant.  El resultado final de esta colaboración  fue publicado  por la  revista “Revolutionary History, Volumen 7 bajo el título de:The Hidden Pearl of The Caribbean; Trotskyism in Cuba.  Se trata de un trabajo de suma utilidad para los interesados en conocer una de las corrientes políticas que agitaron al movimiento obrero cubano en la primera mitad del siglo pasado.

Sobre la base de aquel contacto  se iniciaron las colaboraciones entre las páginas del PSRDC y la revista Cuba Nuestra, lo que me permitió conocer la “escritura” de Roberto Simeón. Por ello estaba preparado para lo que me esperaba cuando me enfrentase al libro “El  Proceso Político Cubano y su relación con el Exterior” . En la contraportada del libro se nos ofrece una  síntesis de la trayectoria política y académica del autor. Nacido en matanzas, Cuba en 1929, Roberto Simeón Ramírez, se nos presenta como un destacado luchador social de nivel iberoamericano. Fue dirigente sindical, líder del Partido Aprista de Cuba, responsable de la Sección Obrera del Directorio Revolucionario 13 de Marzo. Así mismo nuestro amigo se ha hecho de una sólida formación  política, económica y jurídica  realizando estudios, en diversas universidades; la de La Habana,  en la Universidad Nacional Masónica y la de ST Thomas University de Miami.

La obra nos conduce  desde el paradigma teórico abstracto, sobre el que proyecta la evolución de Cuba, al entretejido factual de lo que ha sido su vida política. Se repasa con suma penetración los acontecimientos que antecenden el surgimiento de la república tras la intervención norteamericana en la guerra hispanocubana de 1895-1898. para describirnos su lento aniquilamiento los agentes del intervencionismo soviético.

En el preámbulo Simeón define las posiciones de los social revolucionarios, con los que el autor se identifica. Mientras le leo, viene a mi memoria el hecho de fuese esa misma  definición ideológica  la del primer gobernante con vocación auténticamente democrática tuvo Rusia en toda su historia, Alexander Kerensky (1881-1970),  el Primer Ministro del Gobiernos Provisional que sucedió a la abdicación del Zar en febrero del 1917, y que fuese arteramente derrocado por el golpe de estado bolchevique en octubre de ese mismo año. El socialista revolucionario Kerensky, exiliado primeramente en Francia y luego en Estados Unidos, fue enemigo del totalitarismo soviético hasta su muerte. Igualmente emerge en mis recuerdos la imagen de la célebre socialista revolucionaria Fanny Roid Kaplan, quien intentó de salvar a Rusia de la noche dictatorial que se le encimaba. La Roid Kaplan pagó con su vida  la acción del 30 de agosto de 1918 cuando, con un certero disparo, acortó la existencia de Vladimir Ilich Lenin.

Afanado en conjugar para Cuba, lo que hasta el momento no marchan juntos; “socialismo” y “democracia”, Simeón se pronuncia por el establecimiento del “Estado Social de Derecho”, una especie de síntesis entre las aspiraciones  liberales y socialistas libertarias. Este sería el marco en el cual podría realizarse el proyecto nacional cubano. Se trataría de una Estado estructurado a partir del hombre y sus necesidades, donde la persona tenga capacidad política y social para pronunciarse de manera periódica sobre la sociedad, haciendo uso de la contienda electoral y la participación de organizaciones sociales en las decisiones de la comunidad nacional. Es un Estado que, a diferencia del actual, se opondría a la masificación y al igualitarismo infecundo, al aplastamiento de la individualidad, pero a su vez, buscaría la eliminación progresiva de las diferencias de clases, los privilegios y las discriminaciones.

El concepto de “socialismo”  que maneja Simeón resulta problemático para los ideólogos de La Habana pues en nada recuerda lo que se ha entendido por tal en los últimos cuarenta años en Cuba. En este libro el socialismo se comprende como interrelación ética entre sociedad e individuo;

 “actitud ontológica ante la realidad, no para idealizarla o simplemente utilizarla, sino para, comprendiendo su naturaleza cambiante, modificarla al objeto de realizar los valores de libertad, solidaridad y colaboración; es decir, acción de trabajo común, a los efectos de crear condiciones de sociedad que permitan al hombre desarrollar su personalidad plena. El concepto de socialismo no puede estar comprometido con determinadas estructuras económicas o sociales; su compromiso es con la libertad” (pág. 15).

A partir de esta definición doctrinal,  Simeón nos conducirá con agilidad y gracia por la historia de Cuba, “involucrándonos” en  las conspiraciones de todos los tiempos y las influencias que en ellas tuvo el contexto internacional. 

Un buen ejemplo lo tenemos cuando Simeón nos recuerda algo de utilidad para quienes sostienen la imagen un tanto idílica sobre el papel de Estados Unidos en la independización de Cuba) el  boicot norteamericano, bajo el pretexto de evitar una anexión a México, al proyecto sostenido por el presidente Guadalupe Victoria, quien había intentado, con el auspicio de la “Junta Promotora de la Libertad de Cuba” comprometer a Colombia y México en la liberación de la Isla. Nos cuenta el escritor que el propio Bolívar  terminaría por confesar a los revolucionarios de la isla que no podían desafiar al gobierno norteamericano resuelto, en unión con Inglaterra, a mantener la autoridad de España sobre la isla.

Simeón, sin descuidar el signo democrático e independentista que ha guiado a las luchas de los cubanos en los últimos dos siglos, nos descubre paralelamente la olvidada tradición “socialrevolucionaria” isleña. Ella se manifiesta con absoluta claridad en fecha tan temprana como 1875, cuando Miguel A. Bravo Senties elabora su Constitución Socialista, proyecto considerado por el Mayor General Vicente García, como viable para la sociedad cubana que emergería tras la independencia. Resulta interesante el que a pesar del interés de las autoridades cubanas por presentar  su “ revolución socialista” como  resultado inevitable del proceso independentista apenas se haya hecho alusión en las aulas universitarias del país (al menos durante mi etapa estudiantil; años ochentas) a la mencionada constitución y la tendencia  social-revolucionaria que esta simboliza, dentro del independentismo. Sin embargo, doy fe de que, casi subrepticiamente, el asunto se escapó en al cine. Recuerdo perfectamente una escena de la película Baraguá (1986), de José Massip**, en la que se muestra  a Vicente García  un tanto levantisco y contrapuesto a Maceo, dando vivas en plena manigua a algo así como una “ República Social Federal”. Confieso que en aquel momento me quedé en ascuas, pese a los no pocos cursos de historia recibidos en la universidad, ahora, gracias al libro de Simeón “caigo”.

Siguiendo esta trayectoria, Simeón  nos acerca  a otro cuasiolvidado de nuestra historiografía oficial [pero afortunadamente  rescatado por los jóvenes opositores de Corriente Socialista Democrática Cubana a quien le dedican su taller];  Diego Vicente Tejera, el fundador de nuestro primer partido socialista en 1899, quien expresó términos que harían de él un perfecto disidente en la Cuba de hoy:

En verdad,  me mortificaba ver en las escuelas socialistas Europeas la preponderancia que se le daba al Estado, y yo buscaba el modo de emancipar al obrero, sin destruir al ciudadano. Creía yo, que si algo realizó la Revolución francesa fue la creación, digamos así, la consagración de la individualidad, y que sería retrogradar el someternos en cualquier forma a una tutela” (pag. 19).

Sin perderle pié ni pisada al autor, seguimos los intrincados caminos de la historia; de la guerra de independencia a la ocupación norteamericana de esta a la república mediatizada y en ella Machado como principio y fin de una época. Aprendemos con esta obra de los cambios en la política de Norteamérica hacia la incontrolable vecinilla, el significado del gobierno revolucionario encabezado por Grau, la oposición que le hicieran a un tiempo plattistas, reaccionarios y comunistas,  el ascenso de Fulegencio Batista y sus devaneos “izquierdistas”, cuajados en la conformación de “Coalición Socialista Democrática”, alguien a quien Blas Roca, líder de los estalinistas del patio describe como “esta magnifica reserva de la democracia cubana”, poco después del 10 de octubre de 1944 cuando  Batista abandona por la vía democrática el poder para marchar a un exilio dorado.

Para conocer el significado  histórico del Partido Revolucionario Cubano (auténtico) nada mejor que este libro. Aquí se detallan las características este partido que se proclamaba [como hacían todos, ABC, comunistas, batistianos etc] el heredero auténtico de la revolución del 33 y  que se definía en sus orígenes como “socialistas del mismo modo que lo sería el desprendimiento Ortodoxo [definido en su programa como “socialista”, “antiimperialista” y, gracias a Dios, “ democrático”]. Es algo que ni por asomo reconocen muchos viejos militantes del “auténticismo” y ”la ortodoxia” hoy en el exilio, para ellos, como para los que habiendo creído en la utopía comunistas hoy niegan su pasado vale recordarles las palabras de Varela citadas por Simeón: "Los hombres de honor cuando mudan de opinión lo hacen por un convencimiento, y presentan las razones que les han obligado a hacerlo; pero jamás niegan su antiguo modo de pensar..."

Para los que gozan de la dimensión “estética” de los acontecimientos políticos, resultará atractiva la alusión que se hace en la página 191 a las brigadas femeninas de los auténticos, caracterizadas por su amplia representación social,  también aquellas estructuras que preocuparon por igual a la burguesía y a los comunistas, y que de cierta manera crean un precedente a las formas que se verían después en la Cuba de Fidel Castro, me refiero a la existencia de brigadas juveniles completamente disciplinadas y uniformadas. Según el diario “Hoy” del partido Socialista Popular (comunista) estos comandos se diferenciaban de los fascistas solo por el color blanco. Si nos guiamos por lo dicho en este libro, tales brigadas sólo tuvieron una función humanitaria y de defensa civil. En todo caso la política exterior e interna de los “auténticos”, poco o nada tiene de fascista, más bien de un sano nacionalismo, semilla degenerada y explotada hasta la saciedad, por los mecanismos de manipulación comunista décadas después. Sin embargo los “revolucionarios auténticos” a diferencia de los actuales “revolucionarios” comunistas, se dedicaron a combatir “el totalitarismo con  libertad” ***. En Cuba, con evidente respaldo gubernamental se conspiró contra el régimen de Trujillo, la isla acogió a cuanto perseguido por las dictaduras latinoamericanas pudo llegar a sus costas, condenó el golpe de estado en Venezuela, asumió la bandera de la independencia de Indonesia, defendió al Cardenal Midszensky, asilado en la Embajada de Estados Unidos en Budapest, y se pronunció por la liquidación de cualquier régimen de colonias y vasallaje, sobretodo en América Latina, abogó por la defensa  económica de los países subdesarrollados, por la  incorporación de América Latina tanto al Plan Marshall como al Tratado del Atlántico Norte, y sobretodo se convirtió en un paladín de la defensa de los derechos humanos en el ámbito internacional. De tal modo comienza la proyección internacionalista de Cuba, mucho antes de la incorporación de la isla a la órbita comunista.  Nada de esto impidió el desplome del “Estado de Derecho”, en cuyas causas profundiza el autor, ofreciéndonos siempre una visión meridiana de la participación de los Estados Unidos y de los agentes URSS en este proceso.

Capítulos destacados del libro son  los dedicado a dos hermosas figuras de nuestra historia, una más o menos reconocida  Antonio Guiteras Holmes, otra, alevosamente olvidada, tanto en Cuba como en la diáspora; Sandalio Junco. Al primero, blanco (descendiente de irlandéses), socialrevolucionario por excelencia, fue catalaogado por el escritor norteamericano Carleton Beals como; “El John Brown de Cuba”, con mas o menos suerte se le ha dedicado mas de un libro en la Isla****. A la segunda  figura, la de Junco, se le ignora hasta lo indecible, por los mismos que repiten hasta la saciedad a los estudiantes cubanos, la historia del líder obrero negro Jesús Menéndez. Como Menéndez, Sandalio Junco, fue líder, obrero y negro,  y como aquél también, resultó asesinado, sólo que el primero “para su gloria oficial”  pertenecía a las filas estalinistas lo cual no le impedía gozar de inmunidad parlamentaria, el segundo, fundador del Trotskysmo cubano, para su desgracia y olvido, perteneció a quienes desde la izquierda tuvieron el valor de denunciar  la naturaleza del comunismo soviético (al que conoció en carne propia) y morir por ello. Junco cayó el 8 de mayo de 1942,  precisamente, cuando recordaba, el asesinato de Guiteras, allí estaba el hermanos del historiador, Charles Simeón, quien pudo haber caído también ese día sino fuese por el micrófono que le salvó la vida desviando la bala comunista.  La malograda actividad,  sin dudas,  constituía una  bofetada al gobierno de Batista, recordaba la etapa “gorila” del por entonces, democráticamente elegido, presidente. Como en otras ocasiones los estalinistas cubanos le sacarían las castañas del fuego a Batista, el “hombre fuerte” sabría recompenzarlos, como nos demuestra Simeón.

El libro, desde sus inicios esta cargado de detalles y hechos poco divulgados de nuestra historia, por ejemplo; la utilización de la agitación racial, por los conservadores como arma para desestabilizar al gobierno del General José Miguel Gómez. El libro sale a la luz con esta información  precisamente en los momentos en que nuestros hermanos afrocubanos demandan un acercamiento mas objetivo  y menos “olvidadizo” a lo que fue la sublevación del Partido Independiente de Color. Simeón expone sus puntos de vista tan creíbles como sorprendentes, acerca de la  llamada “guerra de los negros” de 1912, viéndola como  el resultado de un plan concertado por la oposición conservadora. Según el autor, la  sacarocracia cubana [que no se caracterizaba precisamente por su amor a los cubanos negros] auspició, protegió jurídicamente y dio cobertura periodística a las arengas racistas por carambola de los lideres de este movimiento, Pedro Ivonet y Evaristo Estenoz. La  curiosa tesis sostenida por el libro, es la de que la “sacarocracia” (termino acuñado por Fraginals y que Simeón retoma a lo largo de su estudio), y posiblemente el capital norteamericano, financiaron el alzamiento. El fin era el de justificar con el miedo que despertaría  la “revolución negra” una intervención o la anexión de Cuba a los Estados Unidos. El gobierno liberal tronchó el proyecto reprimiendo encarnizadamente a los sublevados.
 
La resistencia al “machadato” es uno de los temas mejor tratados en libro. Se nos aclara cuales fueron  las vertientes y personalidades que emergieron en esta etapa y que seguirán marcando la política cubana en las décadas subsiguientes. Dentro de esto se descubre el papel del ABC, un paradigma de lo que sería años después el 26 de julio, por el protagonismo atribuido a su lucha dentro de la revolución. Abordase en este momento también  el surgimiento y fortalecimiento del comunismo en Cuba, el papel de la figura de Mella, cuya expulsión del partido comunista durante su exilio en México se menciona.

Fundamental en esta obra es la definición de la personalidad política de Batista, que al final  y sin el menor intento apologético, nos queda menos a la derecha de lo que nos lo pinta la actual propaganda que se hace en Cuba. Se recogen no solo los contubernios de Batista con el comunismo de entonces y su oposición al nazismo, fascismo y falangismo del patio, sino  también las medidas de corte social que supo respetar o promover (a veces provenientes de gobiernos por él derrocados).

 Pero no por esto deja de resultar sospechosa la misteriosa visita realizada por Batista, pocos días antes del 10 de marzo del 52 a la Embajada Norteamericana, y sobretodo inmediato reconocimiento del gobierno de Estados Unidos a su gobierno,  constituido tras un golpe militar.  Para colmo, las buenas relaciones del gobierno auténtico con el gobiernos norteamericano, no fueron óbice para el trato humillante dado por los agentes del FBI al ex presidente Carlos Prío llegado al exilio, presentado antes las cámaras de la prensa esposado como un vulgar delincuente. Si a esto sumamos la posibilidad de la creación de un eje entre una Cuba (que pese a todas las corruptelas que también Simeón expone) avanzaba en democracia hacia el  desarrollo y la igualdad social, una Argentina “justicialista” (bajo un Perón cada vez menos fascista, y más democrático) y el México nacionalista y populista de Cárdenas,  podemos  preguntamos si no fué, Estados Unidos, una vez mas, quien auspiciara el estancamiento de político Cuba. Ante la disyuntiva de que ese país, sin concesiones al imperialismo soviético, terminara poniendo en crisis la hegemonía estadounidense en el continente.

En este  libro se  esclarece como se desplomó la vieja sociedad, cuales fueron los factores que permitieron el ultimo ascenso de Batista y también su caída definitiva. Se nos anuncia una segunda  una segunda parte que sin dudas no será menos sustanciosa. Como es la propia historia de Cuba, a veces vergonzante, a veces heroica pero siempre, de algún modo deslumbrante. La segunda parte de “El Proceso Político Cubano”, será el libro de la Cuba que “ es “, y de la que podrá ser. Promete ser tan  bueno como el que le precede, no nos lo perderemos pues. Por el momento recomendaré a quienes se encargan en Suecia de recolectar libros para las bibliotecas independientes de Cuba, que no dejen de incorporar en el próximo envío ejemplares de  “El Proceso Político Cubano y su relación con el exterior” de Roberto Simeón Ramírez, todo un regalo para el intelecto del buen lector cubano.

Notas


* Muñoz y Moya editores, Salamanca, España, febrero 2002 (ISBN 84-931192-4-5).

** José Massip descendiente de una celebre estirpe de geógrafos cubanos, intelectual sereno y calmo,  enamorado de filme “Ciudadano Kane”,  con quien tuve el gusto de compartir, junto a su esposa,  la docencia en la Facultad de Radio, Cine y Televisión del Instituto Superior de Arte de la Habana, a principios de los noventa.

*** Como Carlos Prío, el continuador presidencial de Grau en el período auténtico (1944-1952),  ante una sesión especial del Consejo de las Organización de estados Americanos el 9 de diciembre de 1948

****El mejor de todos los libros que he consultado sobre esta figura, hará varios años es “Guiteras” de José A Tabares del Real. Sumo  Tabares a mi colección de historiadores conocidos. Le tuve como profesor de un curso de postgrado  Sobre Economía y desarrollo, impartido por FLACSO y la Universidad de la Habana en 1989. Hombre ameno y conversador Tabares del Real supo echarse en un bolsillo, desde el primer seminario a  los participantes, en su mayoría  graduados y profesionales latinoamericanos y europeos.

 

CUBA ENTRE REVOLUCIONES

por MARIFELI PEREZ-STABLE

profesora de la Universidad Internacional de la Florida

Autora de La Revolucion Cubana: Origenes, curso y desarrollo.

"El pueblo de Cuba es democrático, por su propia naturaleza, por su recóndita e indestructible idiosincracia", decía la revista Bohemia en 1941. En efecto, Cuba en la década del cuarenta era una de las pocas democracias en América Latina. Luego de la revolución de 1933, el entonces coronel Fulgencio Batista dirigió un proceso de reconciliación nacional de impresionante envergadura. Pese a la polaridad política que había marcado a los años anteriores, la asamblea constituyente de 1940 reunió representantes de las principales corrientes, desde antiguos machadistas hasta los comunistas.

La asamblea fue excepcional por haber protagonizado el único pacto político incluyente del siglo XX cubano. En el argot de hoy, diríamos de transición hacia la democracia, como las que se dieron en América Latina a partir de fines de los setenta. A diferencia de éstas, la cubana de aquel entonces no se consolidó y es tarea importantísima apuntar por qué. A Batista le siguieron en la presidencia Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás, procedentes del Partido Revolucionario Cubano (Auténticos).

El autenticismo se fundó sobre los ideales de la revolución de 1933 -democracia, justicia social y soberanía nacional- y, por ello, tenía un fuerte arraigo en la ciudadanía. La elección de Grau en 1944 fue recibida con extraordinaria alegría y altísimas expectativas.

Sin menospreciar los logros de los auténticos, sobre todo en lo que respecta a los derechos políticos que fueron respetados entonces como nunca en nuestra historia, anoto algunos de sus fracasos políticos por considerarlos decisivos en el colapso de la democracia en 1952. La opinión pública aplaudió el triunfo de Grau por su actuación en 1933 y esperaba, por tanto, que los auténticos se desenvolvieran en el poder de manera diferente a sus antecesores. No lo hicieron. La corrupción no menguó durante sus mandatos sino aumentó, dándole pie a Eduardo Chibás, un político con reputación de honesto, surgido de las filas estudiantiles en 1927, que luego rompió con los auténticos y fundó el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) en 1947.

Aunque la responsabilidad no fue sólo suya, el autenticismo presidió al país por ocho de los 12 años regidos por la Constitución de 1940 y el hecho es que sólo se pasaron las leyes complementarias que crearon el Banco Nacional, el Banco de Fomento Agrícola e Industrial, y el Tribunal de Cuentas, y se postergaron otras que le hubieran dado mayor vigencia, cuerpo y vigor al orden constitucional.

Los pactos para retener el poder y las prebendas que lo acompañaban fueron el móvil fundamental de los auténticos, y así fue que descuidaron el poder como medio de afianzar una normalidad democrática. "El espíritu vigilante del pueblo de Cuba", al decir de Carlos Márquez Sterling, no encontró raíles institucionales que alimentaran la confianza entre la ciudadanía y los gobernantes.

Hubo, es justo reconocer, esfuerzos loables. La sociedad civil se fortalecía y multiplicaba sus esfuerzos por fiscalizar al Estado. Durante la segunda guerra mundial, por ejemplo, se formó un Servicio Femenino de Defensa Civil para apoyar a la ORPA (la oficina de control de precios) y a la Policía Nacional.

Los sindicatos jugaban un papel importantísimo en la vida nacional. El campesinado oriental desplegó un abanico de actividades para crear conciencia de sus dificilísimas condiciones de vida. Los industriales hacían campaña permanente por la diversificación de la economía. Los Comités de Acción Cívica demandaban la autonomía municipal y una estricta supervisión de los presupuestos.

En todos éstos se destacaron muchísimos auténticos así como políticos de otros partidos. Pero el partido mismo, su dirigencia nacional, no les infundió el propósito vital de cimentar los vínculos del autenticismo con su base, como sucedía en el México del entonces Partido Revolucionario Institucional (PRI) y los diferentes sectores sociales, a pesar de que ese partido tampoco le daba prioridad a la honestidad administrativa.

De haber sido así en Cuba, quizás Prío hubiera podido movilizar al país y anular el 10 de marzo. En 1952, la ciudadanía -hastiada de la politiquería y la corrupción sin fin- se sintió el golpe de estado en lo más profundo, pero no salió a la calle por iniciativa propia para defender la democracia.

Después del 10 de marzo, auténticos y ortodoxos nunca lograron aunar fuerzas: los primeros se dividieron entre grausistas y priístas, los segundos se vanagloriaban de su independencia política y no eran proclives a pactar. Mientras tanto, Batista intentaba consolidar su poder mediante medidas populistas y unas elecciones (1954) que, aunque fraudulentas, lo colocaron como presidente "electo" y, como tal, levantó la censura y liberó a los presos políticos.

En honor a la verdad, hay que decir que el general nunca se sintió cómodo con el título de dictador, que su ideario político era progresista y que, aún en los cincuentas, diversos sectores de la ciudadanía lo apoyaban.

Su desempeño entre el 1933 y el 1958 fue, sin duda, complejo y no debe caricaturizarse, pero uno de los juicios más severos en su contra es el no haberle aplicado las destrezas políticas que había mostrado con creces a fines de la década del treinta a la búsqueda de una solución nacional después de 1952.

Oportunidad tuvo. Aprovechándose de las disposiciones liberalizadoras del régimen, el venerable Don Cosme de la Torriente y otros políticos de la oposición moderada movilizaron a la opinión pública a partir de junio de 1955 en favor de negociar la restauración constitucional.

Miles de ciudadanos salieron a las calles a lo largo y ancho de la isla para manifestar su respaldo a un desenlace pactado a la crisis provocada por el 10 de marzo. La mirada retrospectiva produce una tristeza inconsolable pues, de haber habido plena voluntad de parte de todos los actores, bien pudiera haberse logrado. Pero no la hubo.

La oposición moderada estaba dividida entre sí y no surgió un liderazgo capaz de darle visión, organización y seguimiento. En noviembre, 100,000 personas de las más variadas tendencias políticas, incluyendo al líder universitario, José Antonio Echevarría y al Directorio Estudiantil, se reunieron en el muelle de la Luz en La Habana.

Desde el exilio en México, Fidel Castro denunciaba con furia el proceso político en Cuba ya que temía quedarse fuera del juego y así, efectivamente, hubiera sido. Pero el momento se atascó en un callejón sin salida.

La oposición moderada -cada uno por su cuenta y cada cual creyéndose la figura cimera- desperdició la fuerza ciudadana y no la enfrentó enérgicamente al régimen hasta convenir la concertación deseada. Conociendo bien las flaquezas de la oposición, Batista fue dilatando una respuesta, confiado en que pasaría lo que pasó. El régimen -y las fuerzas opositoras que abogaban únicamente por la lucha armada- ganaron la ronda.

 

 

 

 

 

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