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La Opinión

ORGANO OFICIAL DE LA
COORDINADORA SOCIAL DEMOCRATA CUBANA

                                    

Enero de 2005

CONTENIDO DE ESTA EDICION:

No a la censura cubana

Declaración del Partido Socialista Frances. PS

por Alejandro Anreus

Tres fantasías y una realidad por Rafael Rojas

Al parecer, resulta inevitable que la política cubana y, sobre todo, la ruidosa y mezquina opinión pública que la acompaña, en la Isla y en el exilio, tenga que ver más con fantasías que con realidades. En Cuba, mientras el ejercicio del poder se vuelve cada vez más racional y realista, como corresponde a su estirpe maquiavélica y leninista, la opinión pública, incluso aquella que se pretende crítica u opositora, se vuelve cada vez más fantasiosa e idealista.

Jugando al retroceso por Carmelo Mesa-Lago

'Castro opta por la recentralización económica antes que ceder un ápice del control político'. Una entrevista con el economista cubano

 

 

 

Tres fantasía y una realidad por Rafael Rojas

Visiones sobre el cambio democrático: ¿Es la política cubana una modalidad de la ficción?

 

 

por RAFAEL ROJAS, México D.F.

 

Al parecer, resulta inevitable que la política cubana y, sobre todo, la ruidosa y mezquina opinión pública que la acompaña, en la Isla y en el exilio, tenga que ver más con fantasías que con realidades. En Cuba, mientras el ejercicio del poder se vuelve cada vez más racional y realista, como corresponde a su estirpe maquiavélica y leninista, la opinión pública, incluso aquella que se pretende crítica u opositora, se vuelve cada vez más fantasiosa e idealista.

'Aquí nada va a cambiar': ¿la más irreal de las fantasías?

 

 

Tres son las  fantasías recurrentes de la política cubana: 1) la fantasía oficial, que asume que en Cuba se está construyendo el comunismo desde hace 45 años y que la "continuidad de la revolución", tras la muerte de Fidel Castro, está asegurada por una nueva generación de líderes y por un "pueblo con una gran cultura política"; 2) la fantasía exiliada, que se aferra al escenario de un levantamiento popular, seguido de represión, guerra civil, "caída del tirano", intervención de Estados Unidos y modernización democrática; y 3) la fantasía opositora, que afirma que la transición ya está en curso y que eventualmente desembocará en un acuerdo entre la intangible élite reformista, la disidencia y el exilio.

Quien se interese en el problema cubano y se arriesgue a participar en su difusa y envilecida esfera pública —impresa, radial, televisiva y, sobre todo, electrónica—, difícilmente podrá eludir una u otra fantasía. Estas tres fábulas del futuro cumplen la función terapéutica de vislumbrar una salida a la crisis cubana y de involucrar a los diversos y hostiles protagonistas de una misma trama en un algún desenlace de consuelo. Cada fantasía, sin embargo, posee un diferente grado de alejamiento de la realidad.

La primera, la oficial, es la que menos contacto hace con el presente de la sociedad cubana. No hay que ser un experto en asuntos cubanos para saber que desde hace décadas Cuba dejó de estar bajo los efectos de una revolución y que lo que existe hoy es un régimen totalitario en descomposición, pero sumamente represivo y soberbio, que administra los conflictos sociales generados por una economía en bancarrota y una política unipartidista y asfixiante.

Las élites castristas han renunciado, de manera inconfesa y hasta cínica, a construir el comunismo en Cuba y se proponen mantener el régimen político intacto mientras viva Fidel Castro, al tiempo en que introducen, sigilosamente, un capitalismo de Estado que les asegure el poder dentro de un esquema autoritario.

Otras ilusiones

La segunda fantasía, la exiliada, se aleja menos de la realidad y hasta podría ser un desenlace posible. Pero es difícil imaginarse al pueblo cubano, como a cualquier otro pueblo latinoamericano, saliendo a las calles a manifestarse contra el gobierno de Fidel Castro. Cuesta trabajo, también, vislumbrar un golpe de Estado, un magnicidio o una insurrección, aunque no un colapso migratorio que podría ser asumido como amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos, sobre todo, en la era de la guerra preventiva, iniciada por la administración Bush.

La oposición cubana, casi todas las organizaciones del exilio y el propio gobierno de Estados Unidos se han pronunciado, desde hace quince años por lo menos, contra cualquier solución violenta. Sin embargo, en una franja de la opinión pública del exilio, especialmente en Miami y en Europa, predomina ese culto a la rudeza, esa guapería típica de las derechas autoritarias, ese machismo anticastrista, que parece más obsesionado con la existencia de voces racionales y moderadas que con la propia permanencia de Castro en el poder.

Ese machismo retórico explica que, aun conscientes de que ni siquiera el gobierno de George W. Bush desea invadir Cuba, algunos exiliados cubanos sigan cultivando la fantasía de la "caída del tirano".

Finalmente, la fantasía opositora, aquella que le apuesta a una transacción que viabilice el cambio democrático, no es, por el momento, más que un buen deseo. Desde 1989, el gobierno de Fidel Castro ha demostrado reiteradamente que su prioridad es la preservación del régimen y que cualquier paso en favor de un mínimo reparto del poder es, a los ojos de su intransigencia, una claudicación o un suicidio. La fantasía opositora tiene en su contra la inagotable soberbia de un artefacto totalitario, concebido para reconstruir perpetuamente su legitimidad y para hacer de la negociación y el acuerdo verdaderos desafíos a una insaciable voluntad de dominio.

Bajo esas tres fantasías políticas transcurre la realidad social de la Isla. En Cuba la política se ha convertido en una esfera ficticia, cuyas posibilidades se resuelven, con cierta autonomía, más allá o más acá de la vida cotidiana y el comportamiento civil. Mientras la política cubana se consolida como una modalidad de la ficción, la sociedad cubana, en la Isla y en el exilio, asimila fuertes contenidos reales: miseria, separación, desigualdad, frustración, intransigencia, mezquindad, simulación, oportunismo, desmemoria, represión, escamoteo.

Lamentablemente, es ahí, en la precariedad moral de la política cubana, donde se decide la calidad de cualquier democracia futura.

 

Jugando al retroceso

 

'Castro opta por la recentralización económica antes que ceder un ápice del control político'. Una entrevista con el economista cubano Carmelo Mesa-Lago.

 

El Banco Central de Cuba (BCC) prohibió en julio a las empresas estatales que usaran dólares para sus operaciones comerciales dentro de la Isla. El denominado peso convertible ha sido impuesto por las autoridades económicas como moneda obligatoria, desatando una oleada de críticas y preocupaciones entre empresarios cubanos y extranjeros.

Buscando un modelo...

Libro más reciente de Mesa-Lago.

 

 

Carmelo Mesa-Lago, economista cubano radicado en Estados Unidos, Profesor Emérito de Economía y Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Pittsburg, conversa con Encuentro en la Red sobre las causas y posibles consecuencias de la iniciativa de La Habana.

El Estado cubano, a través de su ministro de Economía, ha dicho que la medida ha sido adoptada para una mayor transparencia y control de las transacciones. Medios de prensa extranjeros hablan de falta de liquidez de La Habana. En su opinión, ¿a qué se debe este procedimiento?

Considero que la medida tiene como causa principal la falta de liquidez. El gobierno cubano afronta una severa falta de divisas; debe 12.200 millones de dólares al Club de París y su déficit en la balanza comercial es de 3.000 millones anuales. Además de que su ingreso al Acuerdo de Cotonou y el acceso a sus fondos de ayuda han sido suspendidos tras la última escalada represiva, tiene muchísima dificultad para conseguir créditos extranjeros y se ha visto obligado a pagar al contado alimentos por 200 millones de dólares importados de los EE UU. Por todo ello, Fidel Castro necesita un mayor control sobre las divisas.

Según declaraciones de empresarios extranjeros asentados en Cuba, cualquier trámite económico en la Isla es ahora más engorroso. Tal iniciativa, ¿significa menos independencia para las empresas?

La obligación de las empresas de solicitar permiso al Banco Central de Cuba para obtener divisas, centraliza esas decisiones (antes en poder de las empresas) y otorga mayor poder al Estado. Es otro paso atrás en el proceso de reformas del período 1993-1995, que se paralizó y revirtió a partir de 1996. Además, es evidente que la medida es un engorro y resta independencia a las empresas.

Además de quitarles flexibilidad y de implicar la pérdida de numerosas oportunidades, hay otros problemas derivados de la centralización. Como no se han determinado cuáles serán los criterios específicos que se aplicarán por el BCC para aprobar o rechazar una solicitud, habrá un margen amplio de discreción y ocurrirán confusiones y arbitrariedades. La cúpula dirigente tomará decisiones que no serán las mejores desde un punto de vista económico.

¿Entonces puede deducirse que dicha decisión difícilmente provenga de los sectores reformistas del gobierno cubano?

Conociendo la trayectoria del ministro José Luis Rodríguez (arquitecto de las reformas de 1993-1995), no creo que esta medida sea de su agrado. La misma surgió y le fue impuesta por Castro; la posición de Rodríguez se ha debilitado con su salida del Consejo de Estado, el despido de varios de sus viceministros y la salida del ministro de Finanzas y Precios (otro que fue favorable a las reformas). Así que, aunque le desagrade, Rodríguez no tiene otro remedio que apoyar la medida, pues sería impensable su oposición a la misma.

¿Cómo repercutirá tal medida en el futuro de la Isla?

La parálisis de la reforma, en 1996, y varios pasos atrás (incluyendo éste, así como las restricciones al trabajo por cuenta propia, etc.) han contribuido a la desaceleración de la economía en 2001, el virtual estancamiento en 2002 y la muy difícil situación de 2003.

Varios economistas cubanos ya habían advertido que la desaceleración de 1997-1998 había sido influenciada por la paralización de las reformas, y que no habría crecimiento sostenido sin una vuelta al camino reformista. En mi opinión, de no volver a las reformas hacia el mercado, la economía cubana continuará deteriorándose.

Fidel y los duros han optado por la recentralización, a pesar de sus consecuencias nefastas, pues ellos dan prioridad al control político sobre una reforma que si bien produjo efectos positivos, trajo cierta delegación y descentralización económicas.

Además, la Resolución 65 ha creado incertidumbre y desconfianza en el exterior. Compras realizadas y pendientes de pago pueden no ser abonadas. Operaciones que ya estaban cerradas han sido canceladas, provocando pérdidas en empresas extranjeras que no volverán a hacer negocios con Cuba. En otros casos se han paralizado operaciones en trámite.

A partir de ahora el BCC tendrá una labor enorme, para la cual no está preparado, de manera que se demorarán los trámites de autorización o rechazo de las divisas y eso tendrá un efecto negativo sobre las operaciones comerciales. Si una empresa tiene una excelente oportunidad para un negocio, pero no puede esperar a que le autoricen las divisas, probablemente lo perderá. El BCC puede argumentar que una compra se puede hacer con un producto elaborado en Cuba, pero éste puede no tener la calidad requerida y demorar todo el proceso. Las empresas tendrán que pagar un porcentaje del valor de la compra para las gestiones bancarias.

¿Es esta acción una copia de la llevada a cabo por Chávez en Venezuela, cuando decidió no entregarle dólares a las empresas asociadas a la oposición?

En realidad esta medida fue impuesta por Castro en Cuba muchos años antes de la reforma (desde los años sesenta), porque las empresas estatales sólo podían obtener divisas a través del Estado (Banco Central, ministerios centrales, etc.). Con la Ley de Inversiones de 1995, la inversión extranjera y las medidas modestas de descentralización ya mencionadas, se dio más poder de decisión a las empresas con respecto a las divisas. Poder que ahora se ha eliminado. De forma que Castro no copió a Chávez. En todo caso, lo opuesto, salvo que no hay oposición legal en Cuba (ni informal tampoco, después del encarcelamiento de los disidentes).

¿Cuál podría ser el próximo paso del Estado cubano en materia monetaria y económica? Si la crisis persiste y se radicaliza, ¿sería una medida la de prohibirle a los cubanos el uso de dólares en las tiendas, o sea, obligarlos a venderle al banco los dólares de la remesas y a comprar los productos necesarios en pesos convertibles?

La prohibición de usar dólares (recibidos por remesas) en compras en las tiendas de divisas, y la obligación de cambiar dichos dólares por pesos convertibles, aumentaría el poder del Estado para controlar las divisas, pero también afectaría la conducta económica de los que envían las remesas.

Este paso sería un desincentivo para el envío de las mismas desde el exterior, estimado en alrededor de 1.000 millones de dólares anuales, hoy por hoy el mayor ingreso en divisas después del turismo; aunque si se toma el ingreso neto del turismo (descontando el costo de las importaciones), sería el primero.

Si quienes envían las remesas saben que sus familiares serán obligados a cambiarlas por pesos convertibles, habrá una parte de ellos que dejarán de enviarlas, aunque otro sector seguirá haciéndolo para ayudar a sus familiares en grave estado de necesidad. De forma que el envío de remesas no terminaría, pero se reduciría, un efecto contrario al interés del gobierno con dicha medida potencial. Desde un punto de vista económico, lo lógico sería no tomar esta medida, pero Castro actúa cada vez menos racionalmente.

Por ejemplo, los últimos encarcelamientos a disidentes y opositores provocaron la suspensión de la entrada de Cuba en el Acuerdo de Cotonou y el acceso a las ayudas de la Unión Europea, así como el debilitamiento de los grupos que en EE UU hacen lobby por el levantamiento del embargo. No obstante, y a pesar de sus efectos adversos, Castro podría seguir adoptando este tipo de medidas.

 

 

       morm21@yahoo.com